domingo, 4 de noviembre de 2012

Está echada la cuenta, la balanza

registra el peso exacto,
y a las puertas los persas con sus armas
amagan. Ya no hay tiempo.
Oigo la crepitación de mi piel
como un calambre negro. Se derriten
los muros en las sombras
y exudan alcanfor, la angustia vieja
de la semilla estéril.
Han cosido mis párpados
con cáñamo y el grito se retuerce
en la garganta: ¡Tiempo,
ya no hay tiempo! Me tiro
de la cama y a tientas voy buscando
debajo de la mesa las cortezas
del queso enmohecido, mi mejilla
aún caliente del bofetón paterno,
el talento enterrado en las raíces
finísimas del miedo. Voy buscando
las manos amputadas, el cuchillo,
el vómito y la sangre:
la borra insacudible
de la culpa y sus nombres, los escombros
de todo y la viscosa
escoria de la desesperación. 

Pero no hay tiempo,
han llegado los persas y ardo con el silencio.
Conrado Santamaría. La noche ardida.
Imagen: Rembrandt. El festín de Baltasar.

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