domingo, 20 de enero de 2013

Moneda obsidional



Mira esa moneda que ocupa casi
la palma de tu mano,
la distancia secreta
entre tu voz y tu pupila, entre
tu amor y el llanto.
Moneda, ay, tan contante
y sonante que en silencio recorre,
como un escalofrío,
con su cara de niña y con su cruz
de tragedia, la extensión
de tu sueño, el vuelo de tu angustia.
Mírala bien y observa
el brillo de su terco metal, ya gastado y aún bello,
su efigie conocida,
la cifra que veneras.
Y no tiembles y muerde
con tus dientes curtidos
su dura devoción,
prueba su ley, y ahora,
apretados los ojos
y el aliento
en suspenso como el rodar de un mundo,
lánzala al aire, arriba,
arriba y por encima
del alcázar que en soledad habitas,
del jardín que te envuelve,
del halcón que te honra,
más arriba del muro
de tu ciudad sitiada, más arriba
del grito y del incendio,
del fragor de las armas,
del humo de ti mismo.
Y, al fin, cuando el tañido
del golpe del metal contra la piedra,
menos dura que un corazón apenas,
te anuncie el veredicto,
ya no dudes.
Una última vez vuélvete y mira
tu señorío en llamas,
la tarde ensordecida,
la oquedad estéril que acuña el horizonte.

Conrado Santamaría. La noche ardida.
Imagen: Alberto Durero. El caballero, el diablo y la muerte.

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