miércoles, 3 de julio de 2013

A cielo descubierto


No te vuelvas, amigo, continúa
tu derrota, no escuches mis palabras
tendidas como heridas
a cielo descubierto. Abiertamente,
no me importa la lluvia, los detalles
desdeñables del cielo,
como el frío o la niebla, que se van
como vienen, no me importa tampoco
la soberbia del viento
hinchándose insufrible de soledad y hastío
en plena primavera
de escaparates rotos,
no me importa el estruendo
del tráfico y sus humos,
tan desfiguradores
con su máscara turbia y sus ajadas
cenefas, excrecencia
de un día, no me importan
los ojos de la gente, siempre esquivos,
su paso apresurado por si acaso
en una esquina, de repente, los llama
una palabra
y no encuentran respuesta o calderilla
que respalde su fe o su desespero,
no me importa el olor
de la miseria, a veces bien calzada,
bien peinada y vestida, tan honesta
y versátil que no se reconoce
a simple vista, con su pan
bajo el brazo y el hijo de la mano
y el reloj tan valioso del tendero,
no me importa el amor
que se compra y se vende,
como un par de zapatos en rebajas
o una lata de anchoas o una silla
de ruedas que acarree
el cansancio de un día y otro día
hasta volverse féretro.
Amigo,
no te vuelvas, tú sigue
tu derrota tranquilo calle abajo,
no escuches mis palabras, tú a lo tuyo,
que mi lucha,
aunque nadie me suelte una moneda,
aunque sea invisible ahora en este margen,
mi lucha, ya te advierto,
no está nada perdida y debe continuar. 

Conrado Santamaría. La noche ardida.
Imagen: Lee Jeffries. Homeless.

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