viernes, 30 de agosto de 2013

La máscara de la Anarquía. Percy Bysshe Shelley


Cuando me encontraba dormido en Italia
Del Mar una voz llegó hasta la orilla,
Con fuerte poder allí me arrastraba
Hacia las visiones de la Poesía. 

En este camino al Crimen hallé –
Llevaba una máscara como Castlereagh –
Aunque tenebroso, muy dulce miraba;
Y siete sabuesos en sangre tras él: 

Todos bien lustrosos; y bien que podían
De tal admirable aspecto gozar,
Pues uno tras otro, y de dos en dos,
A sus fauces lanzaba corazones humanos
Que iba sacando de su ancho gabán.

Vino luego el Fraude, que llevaba puesto,
Igual que Lord Eldon, un traje de armiño;
Sus lágrimas grandes, pues tanto lloraba,
Al caer se hacían piedras de molino. 

Y los pequeñuelos, que en torno a sus pies
Alegres jugaban de aquí para allá,
Creyendo que joyas las lágrimas eran,
Sus cerebros perdían de golpe por ellas. 

Vestida de Biblia, cual si fuera luz,
Y de puras sombras de la noche oscura,
Al igual que Sidmouth, ya la Hipocresía
Venía a caballo sobre un cocodrilo. 

Y más Destrucciones, muchas más marchaban
En este espantoso desfile de máscaras,
Disfrazadas todas, incluso en los ojos,
Obispos y jueces, espías y pares. 

Y al fin la Anarquía: venía montando
Un blanco caballo, manchado de sangre;
Muy pálida estaba incluso en los labios,
Igual que la Muerte del Apocalipsis. 

Y llevaba puesta una real corona;
Su mano agarraba un cetro brillante;
Y sobre su frente este lema vi:
“¡YO SOY DIOS, Y LA REINA, Y LA LEY!” 

Con paso imponente y rápido ritmo
Por la tierra inglesa marchaba a caballo,
Hollando, aplastando, en charcas de sangre
A la muchedumbre que la idolatraba. 

Y con recia tropa a su alrededor
Sacudió la tierra con su pisoteo,
Y todos blandiendo su sangrienta espada,
Al servicio puesta de su cruel Señora. 

Con triunfo glorioso así desfilaban
Altivos y alegres por toda Inglaterra,
Igual que borrachos que se embriagaran
Con el vino malo de la destrucción. 

Por tierras y pueblos, de una costa a otra,
Marchaba el Desfile veloz y sin freno,
Aquí destrozando, allá devastando;
Hasta que llegaron a Londres al fin. 

Y cada vecino, de miedo aturdido,
Sintió el corazón de terror enfermo
Al tiempo que oía el grito inclemente
De aquella victoria de la Anarquía. 

A verla vinieron con gran ceremonia,
En traje de armas como sangre y fuego,
Todos los sicarios, los cuales cantaban
“Tú eres Dios, y la Ley, y la Reina. 

Hemos esperado débiles y solos
A que tú llegaras, ¡todopoderosa!
Vacías las bolsas, las espadas frías,
Danos tú la gloria, la sangre y el oro”. 

Curas y abogados, caterva surtida,
A tierra inclinaban sus pálidas frentes;
Como una plegaria malvada y ahogada
Así susurraban – “Tú eres Dios y la Ley.” –  

Y luego gemían de común acuerdo,
“Eres tú la Reina, y Dios, y la Dueña;
Ante ti, Anarquía, nos arrodillamos,
¡Y santificado sea al fin tu nombre!” 

Y allí la Anarquía, allí el Esqueleto,
Con una sonrisa se inclinó ante todos,
Con tal cortesía cual si sus modales
Millones costaran a todo el país. 

Pues bien conocía que todo Palacio
De los Reyes nuestros también era de ella;
Y suyo era el cetro, y el orbe y corona,
Y suyo era el manto recamado en oro. 

Y pronto a sus siervos envió delante
Para apoderarse del Banco y la Torre,
Y esto lo hacía por luego atender
Las jubilaciones de su Parlamento. 

Cuando pasó huyendo una joven loca,
Dijo que su nombre Esperanza era:
Aunque parecía Desesperación,
Y al aire lanzaba la joven sus gritos: 

“Ay, mi padre el Tiempo flojo y gris está,
Esperando siempre por días mejores;
¡Ved cómo se para igual que un idiota,
Sus tullidas manos temblando inseguras! 

Sin pausa ha tenido un hijo tras otro,
Y a un hijo tras otro, de la muerte el polvo
Los ha ido cubriendo, a excepción de mí –
¡Miseria, Miseria! ¡Desdicha, Desdicha!” 

Y luego la joven se tendió en la calle,
Ante los caballos, al pie de sus patas,
Y esperaba allí, con ojo paciente,
Al Crimen y al Fraude, y a la Anarquía. 

Y cuando entre ella y sus enemigos
Se elevó una especie de niebla y de luz,
Pequeña al principio, y débil y frágil
Igual que vapor en una vaguada: 

Y creció cual nubes en una explosión,
Gigantes en cumbres a grandes zancadas,
Que vuelan y ojean, y relampaguean,
Y hablan en truenos hasta al mismo cielo. 

Y surgió – un Forma en cota de malla
Más resplandeciente que escama de víbora,
Y elevada en alas cuyas fibras eran
Igual que la luz de un sol que lloviera. 

Y sobre su casco, visto desde lejos,
Un lucero había, el de la Mañana;
Y todas sus plumas su luz derramaban
Como una llovizna rocío escarlata. 

Cruzó con un paso más suave que brisa
Encima de todos – tan rápidamente
Que solo sintieron allí la presencia,
Miraban,- y aire vacío solo encontraban. 

Cual flores que al paso de mayo despiertan,
Cual astros que bullen de noche en melena,
Cual olas que se alzan al grito del viento,
Ideas brotaban do el paso caía. 

Y la muchedumbre descorazonada
Miraba – y allí, la Esperanza, en sangre
Hasta los tobillos, serena doncella,
Allí caminaba con manso ademán: 

Y la Anarquía, el horrible parto,
Tierra muerta echaba encima de tierra;
De Muerte el Caballo sin doma cual viento
Huyó, y con sus cascos a polvo redujo
A los asesinos detrás agolpados. 

En tromba una luz de nubes brillantes,
Evocación tierna para despertar
Fue oída y sentida – y cuando acabó
Temibles palabras y alegres surgieron 

Como si en sus hijos la Tierra indignada
Que dio nacimiento a tantos ingleses
Sintiera la sangre en su propia frente,
Y estremecida con dolor de madre 

Hubiese mudado las gotas de sangre
Con las que su rostro se había perlado
En una expresión ya no soportable,-
Cual si un alarido de su corazón: 

“Hombres de Inglaterra, herencia de Gloria,
Héroes de crónicas que no están escritas,
Cachorros de madre de fuerte poder,
Su propia esperanza, y también la vuestra; 

Alzaos cual leones tras un breve sueño
Y en tal abundancia que sea invencible.
Librad a la tierra de vuestras cadenas,
De ese rocío que anoche os cayera.
Vosotros sois muchos y pocos son ellos. 

¿Qué es la Libertad? -bien podéis decir
Que lo mismo es que la esclavitud-
Pues su propio nombre ha crecido tanto
Hasta ser un eco de vosotros mismos. 

Es ir al trabajo y tener tal sueldo
Que os mantenga apenas para el día a día
Sobre vuestras piernas, igual que vivir
A merced de tiranos en una prisión. 

Vosotros así, os volvéis para ellos
Telares, y arados, y espadas, y palas,
Lo queráis o no, agacháis el lomo
Para su defensa y manutención. 

Es a vuestros hijos verlos desnutridos
Mientras que sus madres venga abracadabras,
Cuando tan sombrío el viento en invierno,-
Ellos van muriendo, mientras voy hablando. 

Y es desvivirse por una comida
Que los hombres ricos en sus francachelas
Les dan a sus perros que al pie de su mesa,
Bajo su mirada, rollizos se atracan; 

Es tolerar que el Fantasma del Oro
Tome del Trabajo incluso mil veces
Más de lo que habría su pompa podido
En las tiranías de los viejos tiempos. 

Y el papel moneda  – falsificación
De las escrituras, mas al que vosotros
Bien le concedéis algo del valor
De herencia de bienes como el de la Tierra. 

Es ser un esclavo en el alma propia
Y no mantener dominio ninguno
Del propio albedrío, sino ser tan solo
Aquello que otros hagan de vosotros. 

Y para acabar, cuando os lamentáis
Con unos murmullos débiles y vanos,
Es ver al Tirano, su gente a caballo,
Cómo os atropellan y a vuestras mujeres.
La sangre en la hierba es como rocío. 

Es sentir entonces la sed de venganza
Que implacablemente ansía cambiar
La sangre por sangre – y el mal por el mal –
Mas esto no hagáis cuando seáis fuertes. 

Encuentran las aves descanso en su nido
Cuando están cansadas de su alada brega;
Las bestias comida en antros del bosque
Cuando la tormenta y la nieve amenazan. 

Caballos y bueyes tienen un cobijo,
Siempre que regresan del trabajo diario.
Los perros domésticos, cuando aúlla el viento,
Encuentran cobijo bajo un tibio techo. 

Al burro y al cerdo ruin cubil les hacen
Y con ración propia se les alimenta;
Y todas las cosas tienen un hogar –
¡Inglés, menos tú, que ninguno tienes! 

Tal Esclavitud – los hombres salvajes,
Las bestias feroces, en una guarida
No la sufrirían igual que vosotros –
Pero tales abusos nunca conocieron. 

Libertad, ¿qué eres? Desde sus vivientes
Tumbas los esclavos si a pregunta tal
Contestar pudieran, los tiranos luego
Huirían lejos, tal visos de un sueño: 

Tú sí que no eres, cual dice el falsario,
Sombra que en seguida se va para siempre,
Superstición pura, simplemente nombre
Que la Fama en su cueva cual eco repite. 

Para los obreros tú eres su pan,
Y también el hermoso mantel de una mesa
Que solo procede del trabajo diario
En una morada feliz y aseada. 

Y tú eres la ropa, el fuego, el sustento
Para las legiones de gente oprimida –
No – en las naciones que se dicen libres
Tal hambre y miseria, no, no pueden ser
Como en Inglaterra las vemos ahora. 

Y para los ricos un freno tú eres,
Cuando está su pie encima del cuello
De víctimas suyas, tú realmente haces
Que esté caminando sobre una serpiente. 

Tú eres la Justicia – nunca por el oro
Tus íntegras leyes pueden ser vendidas
Como son las leyes aquí en Inglaterra –
Tú lo mismo amparas a ricos y a pobres. 

Tú eres la Razón – nunca un hombre libre
Podría soñar que Dios para siempre
Vaya a condenar al que cree falsas
Las pamplinas todas que predica un Cura. 

Y tú eres la Paz – en tu nombre nunca
Se derramaría ni sangre ni erario
Como los tiranos hicieron en Galia
Cuando se aliaron a apagar tu llama. 

¿Y cuando el sudor y la inglesa sangre
Fluyeron lo mismo que en una riada?
Oh, mi Libertad, apenas sirvió
Para mitigarte, no para extinguirte. 

Y tú eres Amor – los ricos besaron
Tus pies, y como si a Cristo siguieran,
Le entregan sus almas a la libertad
Y en pos de ti van por el mundo cruel. 

O vuelven sus bienes en armas y hacen
La guerra en tu nombre querido. Del lujo,
La guerra y el fraude – de donde sacaron
Todo el poder suyo, el cual es su presa. 

Poesía y Ciencia, y hasta el Pensamiento
Son tus lamparillas; forman el conjunto
De los moradores en una chabola
Así de tranquila, nunca la maldicen. 

Paciencia y Espíritu, Consideración:
Tú eres lo que adorna y también bendice –
Que expresen los hechos y no las palabras
Toda tu belleza, que a todo aventaja. 

Asamblea grande celébrese ahora
De hombres sin miedo y espíritus libres
En algún paraje de la tierra inglesa
Donde las llanuras en torno se extiendan. 

El azul del cielo en todo lo alto,
La verde campiña por la que pisáis;
Todo cuanto debe por siempre existir,
Sean los testigos de esta ceremonia. 

Desde los extremos, los más alejados,
Desde las fronteras de la costa inglesa;
De cada cabaña, villorrio o ciudad,
Donde quienes viven y sufren pesar
Por toda desdicha, la suya o la ajena, 

Desde los penales y cárceles donde,
Blancos como muertos recién revividos,
Mujeres y niños, jóvenes y viejos
Gimen de dolor y lloran de frío – 


Desde las guaridas de la vida diaria

En donde se libra la diaria batalla
Con ansias comunes y comunes cuitas
Que a los corazones siembran de cizaña. 

Y por fin también, desde los palacios,
Donde los murmullos de tanta aflicción
Resuenan igual que el silbo lejano
De un vendaval vivo todo alrededor. 

Aquellos salones, igual que prisiones
De lujo y de moda, donde algunos sienten
Dolor por aquellos que bregan y gimen
Como gemir deben sus hermanos pálidos. 

Vosotros, que males sufrís indecibles,
O bien al sentir o bien al mirar
A vuestro país, comprado y vendido
A un precio y un coste de sangre y de oro – 

Asamblea plena celébrese ahora,
Y con ceremonia solemne y grandiosa,
Con justas palabras declare que todos,
Cual Dios os ha hecho, hombres libres sois. 

Que simples y fuertes las palabras sean,
Las vuestras, hirientes como espada aguda,
Que sean también anchas como escudos,
Para que su sombra os defienda bien. 

Por doquier se esparzan todos los tiranos
Con un estallido portentoso y raudo,
Cual desbordamiento de todos los mares,
Tropas y escuadrones de heráldicas armas. 

Que la artillería cargada acometa
Hasta hacer que el aire bien vivo parezca
Con sus trompicones de ruedas tonantes
Y con sus caballos de casco estruendoso. 

Que las bayonetas caladas y agudas
Relumbren con ansias para humedecer
Sus puntas brillantes en la sangre inglesa,
Voraces cual alguien dispuesto a comer. 

Que las cimitarras de los caballeros
Giren y destellen, cual desorbitadas
Estrellas que ansían su fuego eclipsar
En mares de muerte, en mares de duelo. 

Vosotros plantaos tranquilos, resueltos,
Como un bosque espeso que guarda silencio,
Los brazos cruzados y con la mirada
Como un armamento de guerra invencible. 

Y que pase el Pánico, que en velocidad
Excede en carrera a armados corceles,
Igual que la sombra más indiferente
Por vuestras falanges que nunca desmayan. 

Que también las leyes de la tierra vuestra,
O buenas o malas, estén con vosotros,
Mano junto a mano, pie con pie también,
Al modo de árbitros en cualquier disputa. 

Y las viejas leyes de vuestra Inglaterra,
Cuyas nobles testas con la edad son grises,
Chiquillas entonces de días más sabios;
Cuya voz solemne debería ser
eco de la tuya – ¡alta Libertad! 

Sobre quienes puedan primero violar
Los santos heraldos, en su condición,
Descanse la sangre que vaya a brotar,
Y sobre vosotros no descansará. 

Y si los tiranos entonces se atreven,
Dejadles que monten allí entre vosotros,
Que rajen, que puncen, que sajen, que hieran, -
Lo que quieran ellos, que todo lo hagan. 

Los brazos cruzados y los ojos firmes,
Y miedo muy poco, y menos sorpresa,
Miradles a ellos, ved cómo asesinan
Hasta que su rabia se haya consumido. 

Volverán entonces con mucha vergüenza
Hasta el mismo sitio de donde salieron,
Y hablará la sangre derramada así
Con rubor ardiente sobre sus mejillas. 

Todas las mujeres del país entero,
Los señalarán allí donde estén –
Y no osarán ellos saludar siquiera
A sus conocidos incluso en la calle. 

Y los verdaderos, audaces guerreros,
Que han abrazado el Peligro en las guerras
Volverán a aquellos, que serían libres,
Con la gran vergüenza de tal compañía. 

Y esta escabechina para la Nación
Hervirá con humo como inspiración,
Vapor elocuente, humo oracular;
Igual que un volcán que se oye de lejos. 

Las palabras estas se convertirán
En tumba estruendosa para la Opresión
Resonando en cada corazón y mente.
Oídlas mil veces y mil y otras mil. 

Alzaos cual leones tras un breve sueño
Y en tal abundancia que sea invencible.
Librad a la tierra de vuestras cadenas,
De ese rocío que anoche os cayera.
Vosotros sois muchos y pocos son ellos. 

Traducción: Conrado Santamaría y Amalia García Fuertes
Imagen: Alfred Clint. Retrato de Percy Bysshe Shelley

miércoles, 28 de agosto de 2013

Manual de herrería


Se comercializaba
entre la alta burguesía
la extraña creencia
de que el HIERRO FRÍO
espantaba a los obreros. 

Francisco Javier Barrera. Las canciones de Jeff Goblin. Mundotrapo, 2012
Imagen: Ramon Casas. Garrote vil, 1984.

viernes, 23 de agosto de 2013

Cáscaras


1
El nombre de las cosas que es mentira
y es caridad, el traje
que cubre el cuerpo amado
para que no muramos por la calle
ante él, las cuatro copas
que nos alegran al entrar en esos
edificios donde hay sangre y hay llanto,
hay vino y carcajadas,
el precinto y los cascos,
la cautela del sobre que protege
traición o amor, dinero o trampa,
la inmensa cicatriz que oculta la honda herida,
son nuestro ruin amparo.
Los sindicatos, las cooperativas,
los montepíos, los concursos;
ese prieto vendaje
de la costumbre, que nos tapa el ojo
para que no ceguemos,
la vana golosina de un día y otro día
templándonos la boca
para que el diente no busque la pulpa
fatal, son un engaño
venenoso y piadoso. Centinelas
vigilan. Nunca, nunca
darán la contraseña que conduce
a la terrible munición, a la verdad que mata. 

 2
Entre la empresa, el empresario, entre
prosperidad y goce,
entre un error prometedor y otra
ciencia a destiempo,
con el duro consuelo
de la palabra, que termina en burla
o en provecho o defensa,
o en viento
enerizo, o en pura
mutilación, no en canto;
entre gente que sólo
es muchedumbre, no
pueblo, ¿dónde
la oportunidad del amor,
de la contemplación libre o, al menos,
de la honda tristeza, del dolor verdadero?
La cáscara y la máscara,
los cuarteles, los foros y los claustros,
diplomas y patentes, halos, galas,
las más burdas mentiras:
la de la libertad mientras se dobla
la vigilancia,
¿han de dar vida a tanta
juventud macerada, tanta fe corrompida? 

Pero tú quema, quema
todas las cartas, todos los retratos,
los pajares del tiempo, la avena de la infancia.
El más seco terreno
es el de la renuncia. Quién pudiera
modelar con la lluvia esta de junio
un rostro, dices. Calla
y persevera aunque
ese rostro sea lluvia,
muerde la dura cáscara,
muerde aunque nunca llegues
hasta la celda donde cuaja el fruto. 

Claudio Rodríguez. Alianza y condena. Revista de Occidente, 1965.
Imagen: Andréi Tarkovski. El espejo, 1975