miércoles, 29 de octubre de 2014

Un pobre es un milagro



Un pobre es un milagro.

(Es un milagro de sostenimiento).

Mientras la Banca segrega millones

de sus millones, él produce lágrimas

que dedica a sus hijos, con amor.


El pobre es un insulto

contra el ornato público.

                                               Le barren y le barren,

a cada hora, con tenacidad

municipal. Mas él se agarra al palo

de su desgracia, a ver si es que consigue

morir con cierta dignidad al menos.


Pasaba un Catedrático: “¿Quién puso

esta ignorancia en medio? ¿Acaso

no hay subvenciones para las escuelas?”


Pasaba un clérigo: “Defienda sus derechos”.

“Iten más digo, que esto es obstrucción

ilegal, del camino hacia la Iglesia”.


Pasaba un pobre menos pobre, y vino

a hacer ostentación de su menor desgracia:

su honor menos herido, su camisa

menos vieja…

                                   Aquello eran las honras

fúnebres celebradas por un hombre

aún de pie. Honras por un estorbo

necesario, que nadie se ocupa

de quitar ni enterrar.

                                      Así habrá siempre

un duro término que sirva a los grandes

como comparación: Yo soy el rico,

el egregio, el que triunfa; y ese, el pobre

del que, por más que barro, no me limpio.


Gaspar Moisés Gómez. Sinfonías concretas. Diputación de León, 1970.

Imagen: Lorenzo Viani. París, el patio de la Ruche, 1923-1925.

martes, 28 de octubre de 2014

Para quién escribo

I

¿Para quién escribo?, me pregunta el cronista, el periodista o simplemente el curioso.

No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni para su bigote enfadado, ni siquiera para su alzado índice admonitorio entre las tristes ondas de música.

Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora (entre vidrios, como un rayo frío, el brillo de los impertinentes).

Escribo acaso para los que nunca me leen. Esa mujer que corre por la calle como si fuera a abrir las puertas a la aurora.

O ese viejo que se duerme en el banco de esa plaza chiquita, mientras el sol poniente con amor le toma, le rodea y le deslíe suavemente en sus luces.

Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de mí, pero de mí se cuidan (aunque me ignoren).

Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi aventura, viviendo en el mundo.

Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida, paridora de muchas vidas, y manos cansadas.

Escribo para el enamorado; para el que pasó con su angustia en los ojos; para el que le oyó; para el que al pasar no miró; para el que finalmente cayó cuando preguntó y no le oyeron.

Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin oírme, está mi palabra.


II

Pero escribo también para el asesino. Para el que con los ojos cerrados se arrojó sobre un pecho y comió muerte y se alimentó, y se levantó enloquecido.

Para el que se irguió como torre de indignación, y se desplomó sobre el mundo.

Y para las mujeres muertas y para los niños muertos, y para los hombres agonizantes.

Y para el que sigilosamente abrió las llaves del gas y la ciudad entera pereció, y amaneció un montón de cadáveres.

Y para la muchacha inocente, con su sonrisa, su corazón, su tierna medalla, y por allí pasó un ejército de depredadores.

Y para el ejército de depredadores, que en una galopada final fue a hundirse en las aguas.

Y para esas aguas, para el mar infinito.

Oh, no para el infinito. Para el finito mar, con su limitación casi humana, como un pecho vivido.

(Un niño ahora entra, un niño se baña, y el mar, el corazón del mar, está en ese pulso.)

Y para la mirada final, para la limitadísima Mirada Final, en cuyo seno alguien duerme.

Todos duermen. El asesino y el injusticiado, el regulador y el naciente, el finado y el húmedo, el seco de voluntad y el híspido como torre.

Para el amenazador y el amenazado, para el bueno y el triste, para la voz sin materia y para toda la materia del mundo.

Para ti, hombre sin deificación que, sin quererlas mirar, estás leyendo estas letras.

Para ti y todo lo que en ti vive, yo estoy escribiendo.


Vicente Aleixandre. En un vasto dominio, 1962. Diario Público, 2010.

Imagen: René Burri. Vendedor de diarios. Buenos Aires, 1960.

domingo, 26 de octubre de 2014

Sapo Tragabanda



vive entre afiliados

y todas las mañanas

baja al alcantarillado.


Cándido Sapo Tragabanda

comisiona trapos bándidos

comitraga bandos patrios

traga sapo tragabanda

come sapo tragabanda

devora sapo tragabanda

cándido sapo tragabanda


siempre en busca

de asalariados

se los come crudos1

sin convenios

ni manifestaciones

y mientras los devora

vende negociaciones.


Cándido Sapo Tragabanda

comitragado Sapo Tragabanda


los fines de semana

invita a sus veinte comisionados

revolcándose entre esputos y almorranas

a un gran lodazal de pacto adulterado


porque sapo tragabanda

traga comevora sapo

tragabanda cándido

sapo tragabanda

tiene en su nevera congelados

obreros a millones

y en las noches

que no hay luna

se desliza entre las naves

del polígono y pone trampas

en las máquinas:

que no se escape ni uno.


Sapo tragabanda

traga comevora sapo

tragabanda cándido

sapo tragabanda.


Después de cada comida

se acerca a mi cama

predispuesto favorable

y susurra con tan sólo

un fino hilo de conciencia:

“Porque pienso en los trabajadores

y sólo en los trabajadores

es por eso que me los como

tan a gusto por su interés

y sólo por su interés”.


Sapo tragabanda come

sólo por interés devora sapo

tragabanda por interés cándido

sapo tragabanda por interés

comisionado comitraga

ugeteado de tragabanda

sapo sapo tragabanda

come sapo ugeteccoomibanda

come sapo ugeteccoomibanda

come sapo ugeteccoomibanda

solo come por SU interés

solo come por SU interés

solo come por SU interés.


1 Canción Comeranas, de Seguridad Social.


Pedro L. Verdejo. Crisis sistémica. Germanía, 2011.

Imagen: El Roto.

jueves, 23 de octubre de 2014

Tu noche



Es esta una partitura de notas delirantes

la que hace sonar un réquiem trasnochado.

No son pianos. No son violines ni oboes.

Son las sirenas que recorren las calles

de tu silencio, de tu noche despierta,

de tu melancolía, alerta, en un sueño de mentiras vencidas

y un toque de queda denostado.

No son tus besos ni tus labios

los que sustentan el alma de tu nombre.

Ni son tus encantos los que alimentan las miradas de otros

pueblos.

Son tus balas quienes hablan,

quienes tienen la promesa herida

del futuro incierto, de tu olvido,

y en el fondo sé que no son mis palabras las que te salvan.


María Carvajal. En Ni una más. Poemas por Ciudad Juárez. Amargord, 2014.

Imagen: Ana Mendieta. Sin título (Vidrio sobre cuerpo), 1972-1997.