martes, 16 de mayo de 2017

Bailando bajo la lluvia



Por estancias inmaculadas,

por cableados subterráneos,

por bulevares trasparentes

de neón y cobalto,

yo tenía una sombra,

un corazón,

no me toques.


Mientras bailábamos

a las puertas de los cines de estreno

entre los soldados imperiales,

una lluvia finísima

de datos y algoritmos

empapaba nuestros sentidos y diluía

poco a poco

nuestras opciones.

                                               ¡Cómo nos dejábamos seducir!

¿Cómo no vimos que los procesos

y los implantes nos ahormaban la memoria

y los ojos

con falsillas de purpurina?

                                               No me toques.


Cada vez con menos palabras,

nos veíamos entre interferencias y latidos

de máquina

contra la luz parpadeante

de las pantallas, y nos sonreíamos

a través de las ondas, a través

del espacio y del tiempo,

con una sonrisa que había dejado de ser

ambivalente.

                                   ¿Qué sentías?

¿Quién calculaba todas

mis emociones? ¿Qué turbia

geometría organizaba nuestros deseos?

                                                                                              No me toques.


Al atardecer oíamos cómo

estallaban sin tregua las alarmas,

los altavoces,

los golpes de los cuerpos

cayendo por el aire,

las descargas eléctricas

en las alambradas bajo la lluvia.


Y seguimos bailando

entre los soldados imperiales,

como medusas volátiles

en peceras iluminadas,

empapados de vibraciones,

cadenciosos,

imperturbables,

sin contrasentidos,

bailando y bailando en un bucle

absoluto

en el que nuestras siluetas sin sombra

– yo tenía una sombra,

un corazón,

no me toques –

se hundían en un mar de mercurio

expansivo

que empavonaba y sintetizaba

definitivamente

todos nuestros delirios.





Conrado Santamaría

Imagen: Alex Garland. Ex_Machina, 2015.

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