Nnimmo Bassey, compatriota de Ken Saro-Wiwa, visitó las Américas en 1996, al año siguiente del asesinato de su amigo y compañero de lucha. En su diario de viaje, cuenta instructivas historias sobre los gigantes petroleros y sus contribuciones a la felicidad pública.
Curaçao es una isla del mar Caribe. Según dicen, fue llamada así porque sus aires curaban a los enfermos. La empresa Shell erigió, en 1918, una gran refinería que, desde entonces, viene echando humos venenosos sobre esa isla de la salud. En 1983, las autoridades locales mandaron parar. Sin incluir los perjuicios a los habitantes, que son de valor inestimable, los expertos calcularon en 400 millones de dólares la indemnización, mínima, que la empresa debía pagar por los males que la naturaleza había sufrido.
La Shell no pagó nada, y en cambio compró impunidad a un precio de fábula infantil: vendió su refinería al gobierno de Curaçao, por un dólar, mediante un acuerdo que liberó a la empresa de cualquier responsabilidad por los daños que había infligido al medio ambiente en toda su historia.
Eduardo Galeano. Patas Arriba: la escuela del mundo al revés. Siglo XXI, 2008.
Imagen: Refinería de la isla de Curaçao.
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