jueves, 30 de abril de 2026

Sabiduría popular


 

Nos dicen

que si el egoísmo,

que si la ambición,

el espacio vital y

los elegidos,

que la condición humana.

 

Que no te engañen:

El paraíso

son siempre

los otros.

 

 

Amalia García Fuertes. En Poetry Planetariat. Kathmandu / Medellín. Vol. 11. Worl Poetry Movement. Febrero, 2026.

Imagen: Cathleen Clarke. Troublesome Waters, 2025.

5 comentarios:

  1. Si buscas mi nombre en Google, no encontrarás absolutamente nada. Tengo 82 años. Vivo en una vieja caravana alquilada de 1974. Mi patrimonio neto, si contamos las monedas sueltas que hay en el cenicero de mi camioneta, es de unos 42 dólares. No tengo propiedades. No tengo un plan de jubilación. Nunca he sido gerente, director ni jefe de nadie. Según los criterios que utiliza esta sociedad para evaluar la vida humana, soy un catastrófico e irredimible fracaso. Y, sin embargo, tal vez sea el hombre más agraciado que hayáis conocido.

    Es probable que al verme sintáis lástima y penséis: "Pobre hombre. Seguro que cometió tremendos errores en su vida". Pero no, no cometí ningún error de esos que pensáis. Lo que hice fue a propósito. Os contaré algo, un secreto que aquellos que dirigen este mundo, los que os pagan, están absolutamente aterrorizados de que lleguéis a descubrir. Os voy a decir por qué ser un perdedor es la única forma de sobrevivir en esta sociedad. [...]

    ResponderEliminar
  2. Probablemente penséis que no soy más que un pobre vagabundo ignorante, ¿verdad? Un tipo que no dio la talla. Pues bien, en 1961, yo tenía 22 años y una beca completa para la facultad de derecho de una prestigiosa universidad. Yo, según decían, era un prodigio, el mejor de mi clase. El primer día que entré en ese enorme e imponente edificio, observé a los demás alumnos elegantemente vestidos, pero en lo que más me fijé fue en sus miradas. Y, la verdad, parecían ganado entrando en un matadero. Estaban aterrorizados. Aterrorizados ante la perspectiva de no alcanzar a ser ya los mejores. Aterrorizados de lo que pudieran pensar sus allegados y vecinos si no llegaban a ser lo que todos esperaban de ellos. Ya estaban hiperventilando y la carrera ni siquiera había comenzado. Me senté en aquel pupitre de madera durante exactamente 14 minutos, y me percaté de algo crucial: Si me quedaba allí, les estaría dando el cheque en blanco de mi vida para siempre. Así que me levanté. Sorteé las pesadas puertas de madera. Arrojé mi corbata a una papelera pública y me alejé de allí haciendo autostop. Mis padres no me hablaron durante 10 años. Le decían a todo el mundo que había echado mi vida a perder, pero no fue así. La salvé.

    Pasé los siguientes 60 años volteando hamburguesas, tocando la guitarra en las calles y sirviendo copas en pueblos costeros. Ganaba justo lo suficiente para comer y degustar una cerveza barata. Pero al despertar cada mañana, mi tiempo era mío de verdad. Os hablaré sobre mi compañero de cuarto de aquel primer y único día en la universidad, un muchacho llamado Ricardo. Ricardo se quedó, apostó de lleno al juego. Se convirtió en abogado corporativo, ganó millones, compró una lujosa mansión y una casa en la costa para veranear. Tenía una hermosa esposa y un jet privado. Ricardo era un ganador, y Ricardo murió a los 52 años de un fulminante infarto provocado por el estrés. Cayó muerto en el suelo de su oficina, rodeado de madera de caoba y elegante cuero italiano. Su hermosa esposa ya lo había abandonado con anterioridad porque Ricardo trabajaba 80 horas a la semana y casi no lo veía. Triste es decirlo, pero sus hijos ni siquiera lloraron en su funeral, apenas lo conocían. Ricardo pasó 30 años de su esclavizada vida cargando una roca de 1000 kilos montaña arriba sólo para que la sociedad lo aplaudiera. Fue eso lo que lo mató. [...]

    Dirán que soy un fracasado, pero tengo 82 años. Respiro. Cada atardecer contemplo la puesta de sol y mi corazón late lenta y suavemente. Ricardo triunfó en ese siniestro juego. ¿Pero qué demonios ganó? Cambió su vida por unos papeles, un título en una puerta y unos bienes que por falta de tiempo no pudo disfrutar. Esta sociedad nos juega una mala pasada. Nos convence de que la riqueza consiste en acumular un montón de cosas, pero todas esas cosas pesan. Compramos una mansión, pero en realidad no somos dueños de ella. La mansión nos posee. Hemos de mantenerla y asegurarla. Hemos de aferrarnos a un trabajo que odiamos tan solo para pagar la hipoteca de una mansión que nunca disfrutamos porque siempre estamos trabajando. Una locura total.

    Yo vivo en una lata de conserva ambulante. Si no me gusta el paisaje, la engancho a mi camioneta y me voy a otro lugar. Cuando no tienes absolutamente nada, lo tienes todo. Es la parábola de la mochila vacía. Subiendo una empinada montaña, ¿quién disfrutará de la caminata? ¿El tipo que carga 45 kilos de oro a la espalda, jadeante, sudando y quejándose sin cesar, o el que tan solo lleva una cantimplora de agua y va silbandole a los pájaros? No, gracias. Yo dejé caer el oro ese día de 1961 y desde entonces he caminado ligero. [...]

    ResponderEliminar
  3. Y hoy, miro a vuestra generación y verdaderamente se me rompe el corazón. Porque ya no sólo tienes la presión de tus allegados y vecinos. Llevas una máquina en el bolsillo que compra tu vida y la de otros 8 mil millones de personas cada segundo del día. Ahí tenéis a todos estos “influencers”, toda esta muchachada de internet que de lo único que hablan es de optimizar. Monitorean su sueño y sus constantes vitales con ordenadores en sus muñecas. Loa hay que se levantan a las 4:00 de la mañana para tomar baños de hielo o practicar meditación “trascendental”. Intentan denodadamente fabricarse una identidad o marca personal, ¡una marca personal! ¡Por favor, eres un ser humano, no una caja de detergente! Se castigan intentando convertir su vida humana, orgánica, hermosa y caótica, en una máquina perfecta y eficiente. Pero lo único que consiguen es ser una batería alimentando la matriz del sistema que los reduce a autómatas. ¿Y para qué? Para que al final de tu vida puedas decir: "Vale, no disfruté ni un solo día, pero vaya, mis índices de productividad estaban por las nubes". Es una enfermedad. Corres vertiginosamente cual hamster por una cinta que se mueve a toda velocidad y de la que te aterra caerte. [...]

    ResponderEliminar
  4. Os diré algo sobre la verdadera riqueza, algo que no se aprende en ninguna facultad o academia. La riqueza es no temer al lunes por la mañana. La riqueza es despertar y saber que nadie en este planeta te exige que hagas nada que no quieras hacer. La riqueza es la ausencia de ese atosigante nudo en el estómago. No tengo un plan de jubilación, pero he pasado buena parte de mi vida leyendo libros bajo los árboles. He sostenido largas conversaciones con desconocidos. He contemplado embelesado la lluvia sin sentirme culpable por no estar trabajando. ¿Creéis que el fracaso es lo peor que os puede pasar? ¿Creéis que si no conseguís ascender o exhibir los símbolos del éxito no valéis nada? No, amigos. El fracaso es solo un término demonizado que esta sociedad utiliza deliberadamente para referirse a aquellas personas que no puede controlar. Cuando el estatus social no te importa, tu jefe no puede amenazarte. Cuando no tienes absolutamente nada que guardar bajo llave, te vuelves invulnerable. Aquí me tenéis, sentado en una lata oxidada en medio del desierto.

    Os haré un gran regalo: ¡Fracasar!. Dejad de perseguir quimeras impuestas. Dejad de intentar impresionar a toda esa gente que en realidad está tan miserablemente aterrorizada como vosotros. Renunciad a ese lucrativo trabajo que os oprime el pecho cada domingo por la noche. Mudaros a un lugar más humano, despojaos del pesado excedente, trabajar en lo necesario, rescatar vuestra vida. Os llamarán perdedores, fracasados. Murmurarán recelosos a vuestras espaldas. Allá ellos. ¡Que se queden con la oficina. Que se queden con la presión arterial alta. Que se queden con los infartos a los 52. Que se hundan en su éxito! Nosotros, hermanas y hermanos, nos vemos acá abajo, en el fracaso. Os aseguro que desde aquí la vista es espectacular. Salud.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. "Intentarlo otra vez, fracasar otra vez, fracasar mejor", ya nos decía Samuel Beckett. Salud y vida, Juan!

      Eliminar