domingo, 27 de octubre de 2024

Salgo afuera


 

Salgo afuera, al aire de los pinos

una mañana de enero en Nuevo México.

Parada justo entre el confort del hogar

y el rostro rocoso de mi montaña

mis ojos se lavan en la familiaridad y el asombro.

Cada rama de pluma de apache

cada flor de cactus está iluminada.

Me acarician todos los colores del invierno.

 

Lentamente, me doy cuenta de mi respiración,

de afuera hacia adentro, de adentro hacia afuera,

tal inmensidad expandiendo y contrayendo los pulmones

en un ritmo fácil.

Pero de pronto el paisaje se torna

las calles llenas de humo de Bagdad.

Y una mujer, quizás de mi misma edad,

quizás idéntica a mí en temperamento y esperanzas,

lucha para respirar mientras corre.

 

Pero no existe para ella lugar seguro.

No existe en esa ciudad de mezquitas boca arriba,

como blanco recientemente pintado,

junto a las aguas del Tigris.

En Bagdad, donde mira la mujer

el humo negro que tose en las puertas

las llamas que succionan las aristas de los edificios

que ya dejaron de ser edificios,

que ya dejaron de ser hogares,

donde el llanto de un niño no se apaga.

 

En el resplandor de esta mañana en Nuevo México

otra vez respiro.

No puedo comprender cómo ni por qué

soy capaz de inhalar este aire

y exhalarlo de nuevo.

No lo puedo comprender.

¿Cómo es posible que mi gobierno

en este preciso instante continúe aplastando

a un pueblo a medio mundo de distancia?

Más de 15.000 ataques

es la contabilidad de una noche de noticias.

Más de 22.000. Más de 55.0000.

Ahora ni siquiera publican los números

porque los números y el daño no concuerdan.

 

Y yo acá, entera,

respiro este aire frío y limpio.

Al menos, debería quemarme con esta contaminación

que viaja como el sonido

a su punto de origen.

 

La mujer a quien me asemejo,

siento su mano sobre la mía.

¿Qué mirarán sus ojos ahora?

¿Algún día seremos hermanas?

 

 

Margaret Randall. En Poesía social y revolucionaria del Siglo XX. Selección y notas: Jorge Brega. Versión del poema: Margaret Randall. Editorial Ágora, 2012.

Imagen: Dawoud Abu Alkas. Gaza, 2024.

sábado, 26 de octubre de 2024

MANERAS DE RESPIRAR


 

Varias son las maneras

De respirar en este nuestro tiempo.

 

En la libre corriente

De libertad y paz bien se respira.

Común el aire en que nos afirmamos

Cada uno entre todos.

 

Si nos domina a todos poderío

De Tirano o de Estado,

El Estado se impone como cárcel.

Experiencia de muchos.

¡Qué difícil pasar por la frontera!

Funcionó la razón, ahora dogma.

Teoría dogmática reprime,

Censura el pensamiento disidente,

Otra vez Santo Oficio, ya sin llamas.

Hay muy gentiles métodos científicos.

¿Y cómo respirar? Con gran ahogo,

A no ser que se mienta o se comparta

La brisa del Poder.

 

– “¡Yo quiero  respirar!”

                                               Unánimes pulmones.

 

 

Jorge Guillén. Final. Edición de Antonio Piedra. Castalia, 1987.

Imagen: Paul Klee. La máquina de trinar, 1922.

viernes, 25 de octubre de 2024

CARNE DE PROCESIÓN / CARNE DE PROCISSÃO


 

Fueron tiempos de hechizos y deslocalizaciones,

de estiércol y fuegos artificiales.

No sé si os acordáis.

 

Nosotros,

 

encorvados y alegres,

 

procesionábamos delante de las oficinas del paro vestidos de nazarenos,

procesionábamos por la mañana y por la tarde,

entre el redoble de los tambores y el estruendo de las cornetas,

procesionábamos por las noches también,

cuando las puertas de las oficinas habían sido clausuradas

y en sueños sudorosos nos empeñábamos en procesionar.

 

Bajo la lluvia, bajo la nieve, bajo los arduos rayos del sol

procesionábamos.

 

Procesionábamos

con nuestros propios pies, que descalzos arrastraban las cadenas,

procesionábamos

con nuestras propias manos, que ensangrentadas manejaban la disciplina,

procesionábamos

con nuestra propia canción, que silenciada se adhería a la polvareda.

 

Éramos carne de procesión.

 

Nuestros capirotes señalaban arrogantes el cielo,

mas la luz les huía,

nuestros cirios encendidos apenas iluminaban,

nuestros sambenitos devolvían su amarillo festivo a los ojos agradecidos de los espectadores,

que deslumbrados apartaban la mirada.

 

Procesionábamos interminablemente,

 

delante de las oficinas del paro,

delante de los estadios,

delante de los cuarteles,

delante de las catedrales,

delante de los patíbulos,

delante de las grandes superficies,

delante de los cementerios,

delante de los concesionarios,

delante de los parlamentos,

delante de las fundaciones,

delante de los hospitales,

delante de las cajas de ahorro,

delante de las cárceles,

delante de las administraciones de lotería,

delante de las escuelas,

delante de los parques temáticos,

delante de los manicomios,

delante de las redacciones,

delante de los urinarios,

delante de los zoológicos,

delante de los paraninfos,

delante de las comisarías,

delante de los solares en construcción.

 

Y procesionábamos delante de nosotros mismos

que nos mirábamos galvanizados y sonrientes por debajo del capirote

sin querer comprender.

 

Sonámbulos durante el día

y durante la noche sonámbulos.

 

Procesionábamos y procesionábamos

y a nuestras espaldas

no se derrumbaban edificios en llamas,

ni las nubes descargaban torrentes de sangre,

ni surgían del fondo del mar serpientes emplumadas,

ni las mujeres parían entre gritos niños decapitados.

 

Éramos carne de procesión.

 

Aquellos tiempos

de  verbenas y capitulaciones.

 

No sé si os acordáis.

 

CARNE DE PROCISSÃO

 

Foram tempos de feitiços e deslocalizações,

de esterco e foguetes.

Não sei se vos lembrais.

 

Nós,

 

corcundas e alegres,

 

processionávamos diante dos centros de desemprego vestidos de nazarenos,

passávamos de manhã e à tarde,

entre o redobrar dos tambores e o ruido das cornetas,

também passávamos durante a noite,

quando as portas desses serviços já tinham sido fechadas

e em sonhos suados nos empenhávamos na procissão.

 

Debaixo de chuva, debaixo de neve, debaixo dos árduos raios do sol

passávamos em procissão.

 

Passávamos em procissão

com os nossos próprios pés, que descalzos arrastravam as correntes,

passávamos em procissão

com as nossas próprias mãos, que ensanguentadas manejavam a disciplina,

passávamos em procissão

com a nossa própria canção, que silenciada aderia ao polvorinho.

 

Éramos carne de procissão.

 

Os nossos capuzes assinalavam arrogantes o céu,

mas a luz fugia-lhes,

os nossos círios acesos apenas iluminavam,

os nossos capotes devolviam o seu amarelo festivo aos olhos agradecidos dos espectadores,

que deslumbrados desviavam o olhar.

 

Passávamos em procissão interminável,

 

diante dos centros de desemprego,

diante dos estádios,

diante dos quartéis,

diante das catedrais,

diante dos patíbulos,

diante das grandes superfícies,

diante dos cemitérios,

diante dos concessionários,

diante dos parlamentos,

diante das fundações,

diante dos hospitais,

diante das caixas de depósitos,

diante das cadeias,

diante das casas de lotaria,

diante das escolas,

diante dos parques temáticos,

diante dos manicómios,

diante das redações dos jornais,

diante dos urinóis,

diante dos jardins zoológicos,

diante das aulas magnas,

diante das esquadras de polícia,

diante dos solares em construção.

 

E passávamos em procissão diante de nós mesmos

que nos olhávamos galvanizados e sorridentes por baixo do capuz

sem querer compreender.

 

Sonâmbulos durante o dia

e durante a noite sonâmbulos.

 

Passávamos em procissão

e nas nossas costas

não caíam edifícios em chamas,

nem as nuvens descarregavam torrentes de sangue,

nem surgiam do fundo do mar serpentes emplumadas,

nem as mulheres pariam entre gritos meninos decapitados.

 

Éramos carne de procissão.

 

Tempos aqueles

de verbenas e capitulações.

 

Não sei se vos lembrais.

 

 

Conrado Santamaría Bastida. De vivos es nuestro juego, 2015.  En Y no cejar / E nâo recuar. Antología (2011-2021). Traducción Carlos d`Abreu. Caraba Ibérica, 2022.

Imagen: Misha Gordin