viernes, 29 de noviembre de 2013

La educación




En las cercanías de la Universidad de Stanford, pude conocer otra universidad, más chiquita, que dicta cursos de obediencia. Los alumnos, perros de todas las razas, colores y tamaños, aprenden a no ser perros. Cuando ladran, la profesora los castiga apretándoles el hocico con el puño y pegando un doloroso tirón al collar de pinchos de acero. Cuando callan, la profesora les recompensa el silencio con golosinas. Así se enseña el olvido de ladrar.

Eduardo Galeano. Patas Arriba: la escuela del mundo al revés. Siglo XXI, 2008.
Imagen: Henri Cartier-Bresson. Valencia, 1933.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Seguidillas



   Anda la muerte lista

con su guadaña;

aquí corta, allí trincha,

y acá rebaña;

   que es tan ceñuda,

que ni cetros respeta

ni caperuzas.

[…]

   Quéjanse, mas sin causa,

los necios ricos,

porque a ellos les piden

lo que es preciso;

   justo es que paguen,

que los pobres no tienen

qué dar a nadie.

   Llora mucho un Don Lindo

porque trabaja;

¡quién acá lo cogiera

con una azada!;

   ya viera entonces

lo que son los trabajos

de aldea y corte.

[…]

   A buscar delincuentes

sale un ministro,

y los delitos tapa

con sus delitos;

   y es el dinero

el que de juez le hace

malvado reo.

[…]

   Si mi albergue se quema,

se pierde poco;

que con cuatro espadañas

levanto otro;

   ¡ay del palacio

a quien rondan los vientos,

truenos y rayos!

   Un tesoro escondido

descubre el pobre

y al descubierto salen

muchos ladrones;

   ellos lo pescan,

y él encuentra en el oro

mayor miseria.

[…]

   Contristado se mira

un gran ministro,

porque ya son tragedias

sus regocijos;

   padezca y sufra,
 
que no puede ser todo

buena ventura.


Diego de Torres Villarroel. En Poesía española del siglo XVIII. Edición de Rogelio Reyes. Cátedra, 1988.
Imagen: Goya. Caprichos. Tu que no puedes, 1797

lunes, 18 de noviembre de 2013

Viena revisited



Entró en el Café Central y tomó asiento en su antigua mesa. Mármoles, espejos, conversaciones: todo era igual y todo diferente. Cuando el camarero le sirvió el té y el Apfelstrudel, dejó de sonreír. Vio el tren, las alambradas, el látigo, la alta chimenea del humo ignominioso. Ese té en el Central era el sentido que se obligó a forjarse para sobrevivir durante los tres años. Había perdido todo: posición, amigos, familia, pasado y futuro. No pudo tocar la taza. Desesperadamente solo, recriminó a su dios que la muerte le hubiera postergado.

Conrado Santamaría
Imagen: Egon Schiele. Los videntes de sí mismos (La muerte y el hombre), 1911.

viernes, 15 de noviembre de 2013

El pueblo



No es esta muchedumbre la que creo…

No son estos vaqueros ni éstos que aran,

ni son éstos que cobran un jornal,

ni éste que lleva un asno lo que creo


pueblo… Es algo que está más adentro, abro

esa gente, atasajo ese vaquero,

al que ara, al jornalero, al que conduce

un asno, les abro en canal, les cuelgo


de un clavo. Sangran, han sangrado.

Ya tan solo son vísceras y sin dolor siquiera.

Ay, vísceras ahí, colgadas, mudas.

Eso es lo que yo creo pueblo: ¡el resto!


                                                           ¡entrañas!


Francisco Pino. Cuaderno salvaje. Hiperión, 1983.
Imagen: Anónimo. Bodegón de carne. Siglo XVII.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Mañana sin amo (13.)



13.


Vosotros que os creéis

al margen de esto extraños al sentir

que enturbia el aire


espectadores de nuestro malestar

vosotros


que tragáis con mansa indiferencia

el parte diario de la contienda ajena

y ensayáis la irónica sonrisa

el comentario cínico


vosotros que veis caer los cuerpos

pero obviáis los precipicios:


cuando ya no queden líneas

de fuga ni argumentos

¿cómo justificaréis

vuestro propio desconcierto?


Juako Escaso. Mañana sin amo. La oveja roja, 2013.
Imagen: Henri Cartier-Bresson. El Cairo, 1950.