sábado, 7 de marzo de 2015

El pulpo



Una noche soñé que un pulpo me quería.

¡Oh la indecible angustia de aquella aberración!

Nunca he sufrido tanto; cuando amaneció el día

dijérase que había perdido la razón.


¿Alguien ha visto un pulpo acercársele quedo,

asqueroso y lascivo, monstruoso y feroz?

Por vez primera supe qué es ser presa del miedo,

qué es hundirse en la sima de una demencia atroz.


Él caminaba siempre, y yo huía, yo huía;

sus tentáculos eran como una maldición

caída del infierno sobre la carne mía

que crispaba el espanto de la alucinación.


¡Qué terror! Se me helaban los gritos en la boca.

¡Qué terror! No acertaba ni auxilio a demandar.

Y él avanzaba siempre, y yo, como una loca,

ni siquiera sabía hacia dónde escapar.


Un tentáculo horrible sobre mí iba a caer

como una helada mano blancuzca y amarilla,

cuando al fin dando un grito que sacudió mi ser

desperté sollozando de aquella pesadilla

que me hizo conocer el infierno del pánico,

el dolor de lo innoble, el terror de lo infecto

encarnado en lo inmundo de aquel pulpo satánico,

tenebroso y maldito, misterioso y abyecto.


Si en mis ojos a veces un terror pavoroso

refleja la impotencia de un grito silencioso,

si parece que miro una horrenda visión,

si a veces en mis labios hay un temblor de agonía,

es desde que soñé que un pulpo me quería.

¿Cómo olvidar la angustia de aquella aberración?


Elisabeth Mulder. Sinfonía en rojo, 1929. En Peces en la tierra. Vandalia, 2010.

Imagen: Katsushika Hokusai. El sueño de la esposa del pescador, 1814.

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