miércoles, 28 de octubre de 2015

No inútilmente



Contemplo yo a mi vez la diferencia

entre el hombre y su sueño de más vida,

la solidez gremial de la injusticia,

la candidez azul de las palabras.


No hemos llegado lejos, pues con razón me dices

que no son suficientes las palabras

para hacernos más libres.

                                               Te respondo

que todavía no sabemos

hasta cuándo o hasta dónde

puede llegar una palabra,

quién la recogerá ni de qué forma

con suficiente fe

para darle su forma verdadera.


Haber llevado el fuego un solo instante

razón nos da de la esperanza.


Pues más allá de nuestro sueño

las palabras, que no nos pertenecen,

se asocian como nubes

que un día el viento precipita

sobre la tierra

para cambiar, no inútilmente, el mundo.



José Ángel Valente. La memoria y los signos. Revista de Occidente, 1966.

Imagen: Berenice Abbott. Magnetismo y llave.

lunes, 26 de octubre de 2015

Cuando uno va ganando


Cuando uno va ganando
hasta las trancas
hasta arriba de luz  sin concesiones
y el asfalto desliza con el viento en la popa
y las olas se arrastran
a comer de tu quilla 

Cuando uno va ganando
no hay distancias penumbras variaciones
no hay temor o memoria
del suelo que sustenta
de la espuma vencida
de las leyes que arrasan 

Cuando uno va ganando
ya mansas las palabras
se arriman te requiebran
y anidan en tu pecho la belleza inmediata
la verdad dominante 

Cuando uno va ganando
cuando uno va ganando

y sin embargo


Conrado Santamaría. De vivos es nuestro juego. Ruleta Rusa Ediciones, 2015.

Imagen: James Ensor. Los cocineros peligrosos, 1896.


domingo, 25 de octubre de 2015

Ya todos saben para quién trabajan



Traduzco un artículo de Esquire

sobre una hoja de la Kimberly-Clark Corp.,

en una antigua máquina Remington.

Lo que me paguen irá directamente a las arcas

de Gerber, Kellogg´s, Procter and Gamble, Nabisco, Heinz,

General Foods, Colgate-Palmolive, Gillette

y California Packing Corporation.



José Emilio Pacheco. No me preguntes cómo pasa el tiempo, 1964-1968. En No me preguntes cómo pasa el tiempo. Poesía II (1964-1972). Visor, 2010.

Imagen: Inge Morath. Sin título (de la serie Máscara con Saul Steinberg), 1959).

sábado, 24 de octubre de 2015

Fábula



Pobres animalillos.

También la leyenda negra

es su destino:

el pez grande

que se come al chico,

la serpiente,

alcahueta de paraísos;

las moscas,

presas de patas en sus vicios;

cuatrero, el lobo,

el camaleón, político;

pulgas, ratas,

mosquitos;

¡Reíos de las plagas

de Egipto!

El tiburón, implacable;

y los frívolos:

la hiena, el loro, la cotorra,

las gallinas, los periquitos;

sus telas, las arañas,

sus lágrimas, los cocodrilos;

¡y el no va más de lo terrible,

de lo inaudito!:

¡la rebelión en la granja!

Pobres aimalillos…



Jesús Lizano. Héroes. Huerga & Fierro, 1995.

Imagen: Hendrick Goltzius, Mono encadenado, 1592-1602.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Un lugar para no dormir



Hamlet fue ingresado bajo vigilancia en el centro psiquiátrico de Nevermore después de propiciar algunas revoluciones.

Dijeron que temían que la locura lo llevara al suicidio.

La psiquiatría, sin embargo, solo era para ellos una forma de higiene pública, de mantener a salvo todo el orden social:

todas las ideas peligrosas debían ser encerradas.

Por la noche, los partes meteorológicos hacían caer la nieve como en un vídeo del fin del mundo.

El viento sonaba desde lejos en la misma frecuencia que las frecuencias policiales.

Las sombras no eran un estado donde comunicarse con los muertos, una vía para la revelación.

Aplacaron la ira de Hamlet con la ira de las leyes.

Volvieron su odio en un arma disparada en su propia cabeza.

Las descargas eléctricas lo convirtieron en un filósofo de la duda:

dudaba de quién era y de la verdadera naturaleza de lo que estaba fuera de él.

Las traiciones alimentaban el poder.

¿Dónde estaban los justos?, se preguntaba. ¿Dónde en quién confiar?

El dinero era obra de crímenes y de mentiras.

Ser poderoso era una forma de corrupción.

Nadie, excepto los muertos, podía decir que estuviera vivo.

A través de los cristales veía un cielo blanco como un montón de pastillas derramadas encima de la mesa.

El hielo en las ventanas era un fármaco más.

Por la noche iluminaban fuertemente su habitación para que no durmiera.

En la potente claridad veía espectros y mundos invisibles.

En los labios se agrietaba su saliva.

Oía voces que habían dejado de existir.

Sus ojos estaban apresados por enigmas, por la deslealtad al amor.

Dicen que cometió crímenes y provocó catástrofes.

Que nada en el mundo después de él volvió a ser igual.



Diego Doncel. El fin del mundo en las televisiones. Visor, 2015.

Imagen: Raymond Depardon. Manicomio. Italia, 1977-1981