martes, 14 de junio de 2016

Brotan orquídeas de las cenizas. Enrique Sadornil. Texto de presentación del poemario "De vivos es nuestro juego" en Burgos

Llegan
y bañan de luz la noche
hogueras en los escombros.
Amanece y parten.
Brotan orquídeas de las cenizas.

Presentar un libro, y de poemas. ¡Hostia tú! Y uno de alguien al que ha reseñado Antonio Crespo, poeta valiente como nadie en la denuncia del olvido, indagador en la memoria. Presentar un libro de alguien al que ha prologado Antonio Orihuela, cuya obra socava y agrieta los discursos dominantes. Que entiende la poesía como incendio que "no da para comer da para arder". Y Conrado hace eso y "arde en ella". El "Cancionero (de escombros con hoguera)" ya era para Orihuela "el lugar donde las gargantas se descubren compañeras (...) donde se encienden los corazones para gritar a una contra la injusticia, contra el silencio y la explotación que nos hacen los de arriba". "De vivos es nuestro juego" continúa la convocatoria.

Ahora que parece que nos quieren ausentes, encerrados, mudos. Que parece que nos quieran arrojar a un pozo y alimentarnos con un cigoñal dulce pero de hiel. Ahora que "desde el fondo del pozo solo se ve un pedazo de cielo a veces gris a veces negro"*es necesario salir, dejarnos las uñas y la piel, saltar el brocal y partir sin miedo, con coraje y acudir a la llamada de Conrado. Porque es nuestro juego, el de los vivos. No es su juego.

En el prólogo, José Antonio Cerdán declara el libro útil "para curarnos de la cobardía." El libro herramienta, el libro arma. ¿No escuchabais en las plazas "estas son nuestras armas", manos abiertas alzadas al aire y se cantaban versos frente a la indignidad? Conrado sí escuchó y en cada plaza vio una trinchera, en cada plaza un horno. Escuchó, no solo entonces, ya de siempre, al débil y al infame, al perseguido y al cobarde, a las golpeadas y a los usureros. Escuchó, nos lo viene contando desde hace años y nos lo viene a contar ahora...

"A veces uno piensa,
y se percata"

...nos lo viene a contar ahora con una poesía que surge no sé si de la necesidad, pero que se hace inevitable. No sé si de la urgencia, pero que espolea, pues

"Se acabó la fanfarria"

Estos poemas tocan todas las puertas, llaman a las cosas por su nombre, golpean donde duele y sin temor. Y no al tuntún. Sí, Conrado "devuelve el valor a las palabras", y con ello él mismo es el valiente y nos llama a serlo. Se enfrenta. Se sitúa cara a cara, hace frente al enemigo.

Porque lo hace llamando a las cosas por su nombre. Señala. Claro que es más fácil decir que la culpa es de los mercados, que la culpa es de Europa. Conrado no. Conrado lo dice con todas las letras, y como un hierro que marca una res, él con el verso acusador, con el verso denuncia, los marca, como lo que son, sin esconderse, poniéndose delante: Yo.

"Yo me cago en Botín".

Ya véis cómo utiliza la palabra justa. La palabra exacta, la que no tiene ni más ni menos que lo que debe tener 

"Yo me cago en Botín" mierda; 

la palabra debida, la que obliga a corresponder 

"Yo me cago en Botín" toma;

la palabra adecuada, con la que iguala

"Yo me cago en Botín" es lo que eres. 

"Yo me cago en Botín"

o lo que es lo mismo: Botín: eres un mierda.

La palabra adecuada. Un inciso. Para quien no lo sepa, Conrado sabe latín y lo enseña. Adecuada procede del latín ad aequo, hacia lo igual. Y al igualar, al nivelar el fiel de la balanza, hace justicia. La palabra justa.

Y nos llama de nuevo, esta vez desde otra piel, desde otros ojos, desde otro lugar, allí, que si era lejano, desconocido en el Cancionero...

"No dejéis que se parta,
mi dulce amigo,
a riberas extrañas,
quede conmigo.

No dejéis que se zarpe,
mi enamorado,
a los extraños mares,
quede a mi lado."

...si ese allí, era lejano, desconocido, ese allí está ahora más cerca. Ese allí es aquí ahora. Y esos versos de entonces, devienen tragedia por lo inevitable.

"Justo al borde,
ahora que hemos llegado justo al borde"

exactamente aquí, en el sitio justo, reclamamos lo justo, lo que nos corresponde, por justicia, por que somos iguales. Porque nadie más que nadie.

Y aquí, estos hombres, estas mujeres, estas niñas, los hijos de nuestra barbarie, sí, nuestra barbarie, con miles de kilómetros a las espaldas, con llagas en los pies, con la piel quemada, con los ojos ardidos por el escándalo, piden que se abran las puertas, que se suprima el borde, el límite, el extremo. El borde en el que de nuevo contemplan la sinrazón, la vergüenza, el desamparo, el desdén, el olvido

"...y nuestra mano,

justo al borde,

busca otra mano, otra
en que ampararse,

justo al borde

y no hay lugar."

No hay lugar para la justicia, no hay lugar para el compromiso y los de este lado somos en desmesura injustos al borde porque solo entrarán los justos, el número exacto. Ni uno más ni uno menos. Despojados de nombre. Números.

Por eso, a esa mano que busca otra mano, ¿que mano ofreceremos a los que 

"Ya no duermen tranquilos (...) en la tierra de nadie"

a los que 

"pronto llámarán a nuestra puerta"?

¿Pronto? Ya están llamando, pero no estamos. O sí estamos, quizás sordos.

Conrado sí escucha, sí está y nos exhorta de nuevo quizás, eso habrá de decirlo él,

"más cansado que las ratas de un gato

(...)

que el viento de las hojas"

"a abrir la cancela del miedo"

y continuar como ya hiciera antes

"frente a un poder,"

frente a la barbarie en este caso,

"la mirada sostener
y no cejar."

Y ofrece su mano. Y con su mano, ofrece su esperanza, y no se rinde, 

"que sin pausa sigo y sigo".

¿Y nosotros, a esa mano que busca otra mano, qué mano ofreceremos?

Desearía que fuese al menos una mano como la de la "orquídea silvestre", una mano que dice nadie más que nadie.

No te canses, Conrado. No te canses de llamar. No te canses de luchar. Gracias.




* Así comienza Plop de Rafael Pinedo (1954-2006). 160 páginas de gran potecia y uno de los vértices de su tríada sobre “la destrucción de la cultura” junto a Frío y Subte.



Enrique Sadornil
 


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