miércoles, 5 de marzo de 2025

Haikus de ayer (3)


 

Tu identidad,

un nombre en el papel,

solo unas letras.

 

 

Amalia García Fuertes. Todavía no somos piedras. Ediciones Cimarrón, 2024.

Imagen: Henri Michaux. Sans titre, 1950-51.

martes, 4 de marzo de 2025

Midnight insight


 

Hora vaga en que

un chasquido anuncia

que en algún lugar

la cadena de la verdad

se ha interrumpido

y oscuramente sentimos

que ya podemos mentir.

 

 

Ricardo Pochtar. Beneficio del asombro. Tigres de papel, 2017.

Imagen: Vilhelm Hammershøi. Five Portraits, 1901–02.

lunes, 3 de marzo de 2025

He nacido muerta


 

Yo, aunque no lo creáis,

he nacido muerta,

y decía mi padre

que hubo un tiempo

en el que los niños y los hombres,

las mujeres, las niñas,

las personas mayores

-casi siempre-

nacíamos muertas.

Luego resucitábamos,

-o no-

pero algunas,

se seguían muriendo poco a poco,

de ciudad en ciudad,

de llanto en llanto,

de laberinto en laberinto.

Se morían de pie o de rodillas,

en el bosque, en la plaza,

en las trincheras.

Se morían de muerte artificial,

de tristeza congénita,

de repente,

de sobrarles la boca y el estómago,

de seguir vivas.

 

Yo, aunque no lo creáis,

he nacido muerta,

pero aquí me tenéis,

aún sigo viva,

intentando

no quererme morir

hasta el último aliento

del reloj.

 

 

Nieves Álvarez Martín. Desde todos los nombres (Abecedario del olvido). Cuadernos del Laberinto, 2014.

Imagen: Xavier Miserachs. Barcelona, 1966.

domingo, 2 de marzo de 2025

LA BIENAVENTURADA


 

Un fórceps de nikelado impecable hundió la blanda cabeza del niño en la locura. Creció deforme, muengo, paralítico. Hombre ya, mira débil y alelado el espacio vacío, mientras le cuelga el labio inferior que jamás ha sentido la cálida moldeadura de las palabras. Emite sonidos raros, se irrita, manoteando con el aire, o se queda quieto como un niño, blusa marinera, los ojos de papalote en lo azul.

La madre, de ojos arruinados por el esfuerzo de sonreírle a toda hora, juega con él, sostiene conversaciones inexplicables, lo carga fingiéndole que es él el que mueve las piernas inválidas, hazaña que le encanta, agarrándolo fuertemente por detrás. Ella tocaba el violín, en otro tiempo, asistía a fiestas y conciertos, alegre y diligente, pero ahora, ¿quién piensa en ausentarse, ni siquiera al fondo de la casa un momento, ante su reclamo incesante? Los movimientos con que sube y baja las escaleras, atiende sin cesar a todo, sirve sin ruido, son ligeros, graciosos, leves.

La hija, sonriente en el retrato, muy bella, se fue al Norte, donde formó familia sana y feliz. El padre trabaja todo el tiempo posible afuera y regresa al hogar, destruido, esforzándose en vano por olvidar que su casa alberga desde hace tantos años, como un pariente que no se quiere ir, a la desgracia.

Pero ella, ella, se mueve en el dolor como un pájaro en el denso ramaje, carga el pesado cuerpo, no desfallece nunca. Lo entiende y sobrentiende. Admira a su pequeño. “Sabe mucho”, “Está contento hoy”, “Está enamorado de usted”, “No quiere que se vaya porque está lloviendo y usted se va a mojar”. Yo miro su cara de esfinge alelada, para mí idéntica siempre, que para ella se irisa con todos los colores: el del sobresalto, el de la pena, el de la malicia, el del goce. Y los dos, como enamorados, como tartamudos, se hablan con las miradas toda la tarde, se asisten, ya no se sabe quién a quién, desposeídos, pequeñitos, tristísimos, felices.

 

Fina García Marruz. Habana del centro, 1997. En El instante raro. (Antología poética). Edición, selección y prólogo: Milena Rodríguez Gutiérrez. Pre-textos, 2010.

Imagen: Roger Ballen

sábado, 1 de marzo de 2025

INICIACIÓN


 

Hace años defendí a un muchacho inseguro y muy frágil, acusado de un crimen preterintencional. Era un basurero. Impaciente, en su situación de prisión, una mañana que le visitaba me dijo: Qué ganas tengo de que me saque usted en libertad, para volver a la basura.

Aquel día comprendí el abismo que existe entre la realidad y la poesía, entre las metáforas dolorosas y el maravilloso sentido de lo mágico; y también entendí que la poesía duele. Y, como quien escapa por un laberinto de fortuna, huí y me refugié en el otro.

 

Rafael Pérez Estrada. El levitador y su vértigo, 1999. En La palabra destino. Antología. Prólogo, selección y edición: Juan Carlos Mestre y Miguel Ángel Muñoz Sanjuan. Hiperión, 2001.

Imagen: Gordon Parks