viernes, 7 de marzo de 2014

El canto de lo que repta



La que, después de muerta, se demora en morir, repta

la que tarda, simplemente, en morir repta

y deja un rastro de babas entre casas y hechos como signo

de la vida que arrastra; es

perezosa y lenta la vida de lo que repta. Y así

tu recuerdo en el fondo de mi alma repta

y su contacto de piel viscosa y muerta me

produce algo así como un escalofrío

algo como terror. Y también yo repto, me

arrastro entre los vidrios dispersos de tu espejo, entre los harapos de ti que aún quedan

absurdamente en el

cubo de basura de mi memoria,

espectros en la casa abandonada

en la casa abandonada que yo soy. Y repto

al fondo de mí, como si fuera

yo mi recuerdo tan sólo, como si estuviera

dormido al fondo de mí, como una vivencia olvidada. Y me desenvuelvo entre las ruinas somnolientas y a través

del palacio en el que no puedo entrar, como

una hábil serpiente. Me queda sólo la ebriedad

dolorosa que produce

la idea del suicidio; estoy a solas

con la idea del suicidio, con la idea de aplastarme como a un reptil.

Todo hombre es un rey entre almenas que sienten

todo hombre es castillo de una princesa muerta

todo hombre, una máscara rodeada de tenedores

y un cadáver que escupe la boca de un fauno.

Lloran mis ojos en la frente

mis enemigos han muerto,

sólo queda

la vergüenza de la vida.

De mí sólo queda la vida,

las manos que se mueven,

los ojos en la frente,

las lágrimas sin dueño:

mientras los hombres mueren

la barba crece.

Guárdate, amor, de cruzar el río

que nos separa,

la vida es sólo un árbol

un árbol

que crece.

Crece el poema como un árbol

y entre sus ramas, como niebla densa,

alabando a la noche,

mi padre

se ahorca.


Leopoldo María Panero. Últimos poemas. En Poesía 1970 – 1985. Visor, 1986.

Imagen: Edward Weston. Ciprés en Point Lobos, 1946.

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