miércoles, 19 de marzo de 2014

Telas graciosas de colores alegres


Según el ABC de hoy Johnson ha motivado

un nuevo agonizante en la capital de Malasia

(se ve un caído junto a la bota de un policía

y la bandera norteamericana en un ángulo de la derecha.)


Caminando por la acera de Alenza en busca del kiosko

recordé moderadamente a una amante que tuve en Málaga.


Aquel soldado castellano que se llamó Jorge Manrique

escribió sobre esto palabras permanentes. Cuán presto

se va el placer, cómo se pasa la vida, aquellos días

de Málaga o del medievo qué fueron sino verduras de las eras.


Vuelvo a casa silbando una melodía de Fats Waller.

También aquella época de jazz comienza a ser prehistoria:

algunos artistas negros de nuestros días atomizados

desprecian a Louis Amstrong sus reverencias a los altos yanquis

y soplan sobre sus trompetas con la furia de un juramento.

Y mientras, Charlie Parker sigue muriendo ay sigue muriendo

y Vallejo se extiende en la conciencia de los jóvenes

que leen poesía y que esperan el veredicto de lord Russell

y Sartre y muchos más contra los importantes del país

más poderoso de la tierra (de estos hay señales inequívocas).

Paca viste a la niña con colores alegres:

tal vez vengan hoy los abuelos, esa pareja de casi ancianos

que han sufrido bastante y trabajado como bestias de carga.

Ella tuvo ocho hijos, enterró tres, atendió enfermedades,

y zurció ropa de los otros cinco; él, ah cómo lo amo,

hombre de precisas palabras, nos educó con su conducta,

perdió una guerra, enterró a sus padres, soportó

desesperación económica y separación de los suyos

y hambre y frío y calor y fatiga e insomnio,

todo cuanto nuestro país reserva a los matrimonios miserables.

Pon a Lupe los pendientes de oro y repite conmigo:

si alguna vez exiliamos a esos dos viejos de nuestro corazón

seremos unos hijos de perra, unos bastardos. Paca,

viste a la niña con colores alegres. Señores:

agoniza un manifestante en la capital de Malasia.


Y va desfalleciendo la mañana debajo debajo de un sol casi baldío

mientras pasa mi juventud, las justas y los torneos,

paramentos, bordaduras, qué fueron sino rocío de los prados.

Y mientras caen bombas y muertos sobre las junglas de Vietnam.


Ahora recuerdo una travesía solitaria y paciente

por calles de París. Era una madrugada de septiembre,

venía de amar a una mujer, iba a dormir a casa de un amigo

en la calle Maurice Ripoche; y caminaba y caminaba

rememorando al mismo tiempo mis insustituibles y pequeños sucesos de hombre

y la Revolución Francesa; y calculaba de memoria mis francos

bajo una amable lluvia que mojaba

mis sucios cabellos, mis manos; que resbalaba

sobre mi fervor de vivir y la calamidad del mundo.


Escribo para vosotros, testarudos, calamitosos seres

que deambuláis en este laberinto agrietado de nuestro siglo.

Os mando cartas porque creo en el fenómeno poético,

lenguaje enloquecido y apesadumbrado que se derrite de calor

ante un malasio que agoniza entre el plomo y la rabia.

Escribo porque amo atrozmente lo que aún no ha sido todavía,

como lo amáis vosotros, gente, que vais por las ciudades

recordando y deseando, con un periódico arrugado

y un corazón que se hincha como un aullido en un barranco.

Escribo esta carta mientras oigo los ruidos de la cocina

y veo pasar el tiempo como un megaterio por la dulce ventana .

Escribo porque no soy un degenerado, porque estoy muy en deuda

con dos viejos que languidecen en la edad al borde de su nieta,

con una persona pequeña vestida con telas graciosas,

con seres que me dieron o me dan, con gentes que pasan,

con años que transcurren camino de los siglos,

con un sueño de amistad popular que cruza solitario

como un viejo vehículo del mar por el mar de la historia.


Félix Grande. Blanco spirituals. La Habana, Casa de las Américas, 1967.

Imagen: Philip Jones Griffiths. Delta del Mekong, 1967.

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