sábado, 9 de abril de 2016

La persistencia (Maternidad en Elne)



Como si quedara adherido a los objetos

algo del enigma del bien

bañando con una luz antigua

este lugar y los ojos que contemplan

la serena belleza que aquí habita,

rescoldo de gestos que aún viven.


Como si lo aquí sucedido

(la nobleza, las risas,

el solícito cuidado),

lo aquí nacido, ocultado,

lo salvado,

volviera siempre en paredes,

en rojo y ladrillo, en tiempo

detenido y fuera jardín, unos columpios,

una verde, dilatada llanura

y se hiciera escalera y ascendiera al alto torreón,

a claridad de cristal y ropa tendida

y viera un horizonte abierto a la esperanza,

una sencilla e inabarcable belleza.


Como si una mujer de nuevo cansada

escalara sombras, desprecio,

negando campos, persecuciones,

como si este espacio ahuyentara

por siempre el hedor del mal,

lo sucedido y lo venidero.


En esta pajarera de cristal,

jaula de luz donde se contempla

el Rosellón, el cercano pueblo, su catedral,

el lejano Canigó, los montes de una patria

inalcanzable. Aquí en lo alto de este torreón,

este castillo encantado hecho de esfuerzo,

tenaz resistencia, una obstinación de luz,

un coraje día a día repetido, hecho blancura,

acogimiento, donde una mujer mira el paisaje

y libre vuela entre cristales, en lo más alto

de la esperanza y anida sus sueños en el mañana.


Ahora asciendo, llevo su ropa,

sus risas, entro en los tibios cuartos,

oigo los gritos, los llantos recién nacidos,

los juegos, las canciones de nuevo cantadas

(qué música de barrio o verbena o infancia),

acompaño su torpe caligrafía, las postales

de una Navidad de mujeres barbudas como reyes,

mínimos juguetes y un baile improvisado

con canciones que lo mismo dicen en muchas lenguas,

con ellas entro en las salas, los limpios cuartos

que son gotas de nostalgia bautizados con nombres

pueblos dejados atrás, las sílabas de lo vivido.

Cuartos para lavar, para dormir, para coser,

para parir, para cantar, para contar, cuartos nombrados

como niños que corrieran libres por las calles de la infancia.


Salvada de la arena del espanto,

de las playas del viento y el frío, de las barracas,

Pepita llamaron a la niña primera aquí nacida

y luego tantos otros nombres

acunados por una terca camaradería

de madres trazando el futuro.

Así llegaron como a un mundo donde hubiera espacio,

a un tiempo que pudiera pertenecerles.

Y como si fuera hijo oculto de un exilio

sin raza, sin patria, como si volviera a la tierra

ingrata que le expulsó, le llamaron Antonio,

y dieron un nombre gentil como cristiano

o sólo derrotado: tú, niño judío

que cobijaron con el engaño de otra lengua

otros niños o niñas confundidos con la luz.


Y todo,

cada gesto mínimo,

cada niña recién nacida,

cada juego, cada risa,

todo permanece,

como si este palacete de blanco y rojo ladrillo,

de escalinatas que ascienden a una azotea

de luz y cristal o bajan a un sótano con acuarelas,

como se esta casa

nos cobijara en el regreso del tiempo

y fuera aún habitada y envolviera

un temblor donde los justos permanecen.


Contemplas

verdad y belleza,

vives el misterio de la bondad:

mujeres hilando, amamantando,

tejiendo risas, acunando lo recién

nacido, lo ahora y siempre salvado.

Este hermoso palacio, esta inmensa llanura,

este azul, este jardín de juegos,

esta azotea donde el tiempo precipita

un vértigo de suave descenso a lo cálido,

lo húmedo, lo recién lavado, cortado,

lo que fue nombrado en las sombras

y permance.


Para que contemples

la bondad y la belleza,

el misterio de su persistencia.




Antonio Crespo Massieu. Obstinada memoria. Amargord, 2015.

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