viernes, 19 de diciembre de 2025

NO TIENE NOMBRE


 

221.536 nutrias y zorros y visones masacrados y despellejados

145.389 vacas y una en camino

167.827 perros rabiando por ser comidos calientes

834.055 pollos fritos o asados o en pepitoria o churrasco

                        Con un limón o naranja o menestra dentro o fuera

295.038 pavos reales

                                   Bajo una nube de tenedores y cuchillos

322.543 codornices patos y faisanes

                        Durmiendo calentitos en sus bandejas

421.296 marranos y cochinillos bien aseados

                        Despidiéndose de sus huesos

                        Entre las babas del depredador

190.084 chotos y corderos

                                   Abiertos en canal

                                   Y frita su sangre con un picadillo de ajos y finas yerbas

III.III.III crías de pez mal llamando chanquete

9.999.999 almejas mejillones y ostras

                        De mar y de río y de estanque y de criadero

19.651,102 atunes salmones pulpos y calamares y sepias

emperadores pescadillas truchas boquerones bacalaos besugos

bonitos melvas camarones angulas y tiburones

                        Ahogados de tanto aire

51.386.534 quisquillas berberechos gambas langostas y

            langostinos centollos cangrejos de agua dulce y salada

            nécoras y percebes

                        Mudos

1.357.530 y un caracol con un pie en la tumba

 

Les desean

Felices Fiestas

 

 

Colectivo Manuel. Tabernaria Tour. Casa de Fieras. Grupo Ranacol, 2014.

Imagen: Alonso de Escobar. Bodegón, c. 1625.

4 comentarios:

  1. New York - Federico García Lorca

    Debajo de las multiplicaciones
    hay una gota de sangre de pato;
    debajo de las divisiones
    hay una gota de sangre de marinero;
    debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
    Un río que viene cantando
    por los dormitorios de los arrabales,
    y es plata, cemento o brisa
    en el alba mentida de New York.
    Existen las montañas. Lo sé.
    Y los anteojos para la sabiduría.
    Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
    Yo he venido para ver la turbia sangre.
    La sangre que lleva las máquinas a las cataratas
    y el espíritu a la lengua de la cobra.
    Todos los días se matan en New York
    cuatro millones de patos,
    cinco millones de cerdos,
    dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
    un millón de vacas,
    un millón de corderos
    y dos millones de gallos,
    que dejan los cielos hechos añicos.
    Más vale sollozar afilando la navaja
    o asesinar a los perros
    en las alucinantes cacerías,
    que resistir en la madrugada
    los interminables trenes de leche,
    los interminables trenes de sangre
    y los trenes de rosas maniatadas
    por los comerciantes de perfumes.
    Los patos y las palomas,
    y los cerdos y los corderos
    ponen sus gotas de sangre
    debajo de las multiplicaciones,
    y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
    llenan de dolor el valle
    donde el Hudson se emborracha con aceite.
    Yo denuncio a toda la gente
    que ignora la otra mitad,
    la mitad irredimible
    que levanta sus montes de cemento
    donde laten los corazones
    de los animalitos que se olvidan
    y donde caeremos todos
    en la última fiesta de los taladros.
    Os escupo en la cara.
    La otra mitad me escucha
    devorando, orinando, volando, en su pureza
    como los niños de las porterías
    que llevan frágiles palitos
    a los huecos donde se oxidan
    las antenas de los insectos.
    No es el infierno, es la calle.
    No es la muerte, es la tienda de frutas.
    Hay un mundo de ríos quebrados
    y distancias inasibles
    en la patita de ese gato
    quebrada por el automóvil,
    y yo oigo el canto de la lombriz
    en el corazón de muchas niñas.
    Óxido, fermento, tierra estremecida.
    Tierra tú mismo que nadas
    por los números de la oficina.
    ¿Qué voy a hacer? ¿Ordenar los paisajes?
    ¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
    que luego son pedazos de madera
    y bocanadas de sangre?
    San Ignacio de Loyola
    asesinó un pequeño conejo
    y todavía sus labios gimen
    por las torres de las iglesias.
    No, no, no, no; yo denuncio.
    Yo denuncio la conjura
    de estas desiertas oficinas
    que no radian las agonías,
    que borran los programas de la selva,
    y me ofrezco a ser comido
    por las vacas estrujadas
    cuando sus gritos llenan el valle
    donde el Hudson se emborracha con aceite.

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    1. De la misma estirpe, Juan. Solo que ahora el Capitalismo ha plantado pequeñas nuevayorkes por todo el mundo. Salud!

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  2. Feroces fiestas. Verdades muy incómodas que espantan el apetito.

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    1. Las fiestas del despropósito, a cinco metros del abismo. Salud, Juan José!

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