221.536 nutrias y zorros y visones masacrados y despellejados
145.389 vacas y una en camino
167.827 perros rabiando por ser comidos calientes
834.055 pollos fritos o asados o en pepitoria o churrasco
Con un limón o naranja o menestra dentro o fuera
295.038 pavos reales
Bajo una nube de tenedores y cuchillos
322.543 codornices patos y faisanes
Durmiendo calentitos en sus bandejas
421.296 marranos y cochinillos bien aseados
Despidiéndose de sus huesos
Entre las babas del depredador
190.084 chotos y corderos
Abiertos en canal
Y frita su sangre con un picadillo de ajos y finas yerbas
III.III.III crías de pez mal llamando chanquete
9.999.999 almejas mejillones y ostras
De mar y de río y de estanque y de criadero
19.651,102 atunes salmones pulpos y calamares y sepias
emperadores pescadillas truchas boquerones bacalaos besugos
bonitos melvas camarones angulas y tiburones
Ahogados de tanto aire
51.386.534 quisquillas berberechos gambas langostas y
langostinos centollos cangrejos de agua dulce y salada
nécoras y percebes
Mudos
1.357.530 y un caracol con un pie en la tumba
Les desean
Felices Fiestas
Colectivo Manuel. Tabernaria Tour. Casa de Fieras. Grupo Ranacol, 2014.
Imagen: Alonso de Escobar. Bodegón, c. 1625.

New York - Federico García Lorca
ResponderEliminarDebajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero;
debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas. Lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría.
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre.
La sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos,
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías,
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas,
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones,
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando, en su pureza
como los niños de las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancias inasibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer? ¿Ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
-
De la misma estirpe, Juan. Solo que ahora el Capitalismo ha plantado pequeñas nuevayorkes por todo el mundo. Salud!
EliminarFeroces fiestas. Verdades muy incómodas que espantan el apetito.
ResponderEliminarLas fiestas del despropósito, a cinco metros del abismo. Salud, Juan José!
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