Unas aceitunas arrugaban su verdor bajo la mística luz que no llegaba.
Un alzacuellos ocultaba su impotencia con una sonrisa y decía la nada.
La cocinera de los solitarios ahogó el mal augurio y otra uña cayó sobre el viejo delantal de los siglos.
Caen las uñas, cae el alzacuellos, caen las aceitunas.
Y la luz no llegaba.
Sacha Viveros. La semilla que incendió el invernadero. Cinabrio, 2020.

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