miércoles, 9 de julio de 2014

De "Los abanicos del Caudillo"



VIII


Del ring a las maromas vírgenes

de nuestro salmantino recinto universitario.


Como no iba a las clases

supongo que serían muy buenos los catedráticos.

Pero como leía mucho la prensa

a brincos de caracol me fui educando.

Agonizante yo y amigo de no más de dos difuntos subinstruidos

fui tan autodidacta que tuve que descubrir

hasta la Hoja del Lunes de mi páramo.

Como leía sólo capuchinos

porque me estaba especializando

me enteré de que existía Góngora

a mis quinientos treinta limacos.

Descubriré a Baudelaire

en mi tercera putrefacción de franciscano.


Por haber dormido tanto de joven tengo la sensación de nutria

de ignorar casi todo y me atraviesa el escalofrío feliz

de desconocer absolutamente el trabajo.

Sé que existe

por confidencias de amigos íntimos que han viajado.

Soy un miserable, soy un miserable

que se siente morir en el instante mismo

en que deja de hacer su capricho, mis queridos hermanos.


Todo lo que sé lo aprendí del amor y de la traducción

y de los baños verdes de los veranos.


Ramón Irigoyen. Los abanicos del Caudillo. Visor, 1982.

Imagen: Manuel Barriopedro. Madrid, 1979.

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