domingo, 27 de octubre de 2013

Vivimos sin sentir el país bajo nuestros pies,



nuestras voces a diez pasos no se oyen.

Y cuando osamos hablar a medias,

al montañés del Kremlin siempre evocamos.

Sus gordos dedos son sebosos gusanos

y sus seguras palabras, pesadas pesas.

De sus bigotes se carcajean las cucarachas,

y relucen las cañas de sus botas.


Una taifa de pescozudos jefes le rodea,

con los hombrecillos juega a los favores:

uno silba, otro maúlla, un tercero gime.

Y sólo él parlotea y a todos, a golpes,

un decreto tras otro, como herraduras, clava:

en la ingle, en la frente, en la ceja, en el ojo.

Y cada ejecución es una dicha

para el recio pecho del oseta.


Noviembre de 1933


Ósip Mandelshtam. Tristia y otros poemas. Igitur, 1998.
Traducción: Jesús García Gabaldón
Imagen: Yuri Pímenov. Esperando, 1959.

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