martes, 21 de octubre de 2014

A un tirano



Venía por aquí, aún sin entorchados:

con abrigo de paño; taciturno, cargado de hombros.

Luego, cuando arrestó a los asiduos del café,

poniendo fin a la cultura entera,

dio la impresión de estar vengándose (no de los clientes,

sino del Tiempo) por la pobreza, las humillaciones,

tanto café, tan malo, el tedio y las batallas

al veintiuno que perdía siempre.


Y el Tiempo encajó la venganza.

El local está lleno, ahora; carcajadas,

discos atronadores. Pero antes de sentarse

tiene uno el impulso de mirar en torno.

Plástico todo, niquelados, nada que guste;

y los pasteles saben a bromuro.

De vez en cuando, antes del cierre, a la salida del teatro,

se da una vuelta por aquí, pero sin pompa.


Todos se levantan al verlo entrar.

Unos por obligación y otros por gusto.

Con un gesto cansino de la mano

devuelve su sosiego a la noche.

Se toma su café -mejor que entonces-

y, bien acomodado en el sillón, mordisquea

una pasta tan rica, que los muertos

no gritan “¡oh!” porque no resucitan.


1972


Joseph Brodsky. Parte de la oración y otros poemas. Versal, 1991. Traducción: Amaya Lacasa y Ramón Buenaventura.

Imagen: George Grosz. Traficantes de brillantes, 1920.

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