martes, 14 de octubre de 2014

De "Aullido de licántropo", II



Érase una vez - contaron

a mi niñez sin problemas -

un señor muy bondadoso

que era el amo de esta tierra.

Todo le pertenecía:

las hormigas, las estrellas,

los trigales y los hombres,

sus vidas y sus haciendas.

Y el señor era tan bueno,

y era tanta la obediencia

de los que a sus pies vivían,

que nunca usó de su fuerza

contra su pueblo, ni nunca

bebió más sangre de aquélla

que estrictamente calmara

la sed que con él naciera.


Vive en este pueblo ahora

- me dijeron a la vuelta

de unos años - un cacique

que, a quien levanta cabeza,

se la parte con el bastos,

con la espada la cercena,

pone la copa de oros

debajo y de sangre llena,

se la bebe, y nuevamente

vuelve a buscar la manera


de que nunca falte vino,

para que la gente sepa

que el señor está borracho

y no hay que darle más vueltas.


Vendrá un tiempo - le dirán

a mi máscara decrépita -

cuando el tiempo que decías

que iba a ser tiempo de siega

se ponga al rojo más vivo,

y Frank Stein se convenza

con su inocente simpleza,

en que Drácula o Lacuard,

von Urdalac o quien sea,

con tal de seguir teniendo

por el mango la cazuela,

se olvidará de lo dicho,

se quitará la careta,

y a todos los Larry Talbot

pondrá camisas de fuerza.


Carlos Álvarez. Aullido de licántropo. Bartleby, 2014.

Imagen: George Waggner. El hombre lobo, 1941.

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