viernes, 7 de julio de 2017

IMPERIO



A veces imaginas un milagro, la mayor revolución de la faz de la Tierra; la información sobre derechos humanos y crimen internacional que trabajosamente puede rastrearse en archivos casi secretos llega a toda la gente.

Sueñas que alguno de los medios poderosos, transfigurado, decide informarnos de la situación real del mundo, y que quedan al descubierto las manos invisibles que mueven el guiñol.

Podríamos saber entonces cómo, dónde y por qué se cultiva la blanca o roja amapola que produce gran parte del dolor y la delincuencia, y uno de los mayores negocios del planeta. Sabríamos que ha habido otras guerras del opio y las han ganado, cómo se mueven los hilos desde arriba.

Y entenderíamos la importancia de los paraísos fiscales que vigilan Norteamérica, que salpican Europa, santuarios inviolables, el secreto alquímico de cómo se transforma allí toda la suciedad del mundo en lingotes dorados.

Veríamos cómo el coste de extracción de los diamantes se reduce notablemente a base de guerras tribales, esclavitud y genocidio; cómo las piedras más bellas llegan a los cuellos más seductores impregnadas de sangre y sufrimiento.

Y podríamos sentir toda la tragedia de esos niños soldados cuya vida es un extraño juego de matar y morir, y estaríamos cerca de los adultos extenuados que llevan a sus hijos en brazos. Veríamos todo el dolor y toda la muerte que existen sólo porque alguien gana dinero con ellos.

Veríamos mercancías. Veríamos gente. Y veríamos gente que son mercancías, engañados, arrastrados y aniquilados por los caminos del mundo.

Sabríamos que no existe ley porque a los que gobiernan no les interesa la ley, les interesa la ganancia. Sabríamos por qué no existe esperanza, por qué no existe ningún lugar donde esconderse.

Quedaría al descubierto la densa maraña de mentiras, los grandes nombres que sirven como coartadas siniestras, la criminal codicia que atenaza al planeta, la dimensión y profundidad del océano de ignorancia y estupidez que nos envuelve.

Cómo el colapso del sistema educativo y la publicidad desactivan nuestro cerebro y lo convierten en rosada gelatina comestible.

Veríamos que no somos nosotros los que estamos aquí, que suplanta nuestra identidad una versátil colección de mascotas amaestradas cuya voz es una selección de baladas e himnos patrióticos.

Veríamos que nuestros huesos y nuestras vísceras son ignorancia cobarde.




Jesús Aller. Recuerda. LLibros del Pexe, 2004.

Imagen: Ann Veronica Janssens. Mist room, 1999.

No hay comentarios:

Publicar un comentario