miércoles, 10 de septiembre de 2014

Oh materia materia



Somos los pálidos inconformes

los perpetuamente ofendidos

los lujuriosos de la sinceridad

Somos los derrotados más inmortales

los antiquísimos que no desaparecen

los victoriosos más maltrechos

Somos la canción más horrenda

Somos ese rostro espantoso

que ninguna máscara encubre

Somos una mirada voraz y aborrecida

desde el origen de las comunidades

Cuanto oculta a lo oculto nos mancilla

Una mentira nos desazona

Somos los enemigos extraños


Desde el origen de las comunidades

nos vienen arrojando al fuego

Nuestra palabra favorita es no

por ella nos aíslan nos torturan

nos asesinan como a perros


Hace miles de años alguno de nosotros

fue sacrificado en la tribu

Aquel áspero antepasado

arrancó la máscara al brujo

y vociferó: ¡Vedlo

le aterra la naturaleza

su magia es de horror y mentira!

Señaló al patriarca y proclamó

que su poder estaba formado

por la sumisión y el terror

de la congregación    Hizo un gesto

que abarcaba la tribu entera

y mordió estas albas palabras:

¡Vuestra superstición y vuestra cobardía

sólo merecen lo que os proporcionan

obediencia penuria y cadenas!

Le empujaron hasta la hoguera

y su alarido restableció el orden

de la tribu y del universo

-durante el tiempo que tardó en arder


En el curso de los milenios

los lujuriosos de la sinceridad

fuimos odiados perseguidos

cazados como ratas

Las religiones y el poder

no toleraban nuestro desprecio

ni nuestro coraje suicida

Hostigados, hemos optado

por extremar nuestra iracundia

hasta llegar a denunciar

el pánico en el fondo del placer

la ofuscación en medio del trabajo

el miedo a las fauces del tiempo

en la paternidad    Hoy ya no hay nada

que amortigüe nuestra locura

A los serenos les llamamos cómplices

cualquier concesión nos infama

y apostrofamos al olvido

Somos llamas de orgullo    Somos

llamas de algo orgulloso    Somos

fogonazos de apocalipsis


(Pero cuando alguien nos invita

a mencionar una solución

algo que acabe con el pánico

algo que transforme a las turbas

y sus guardianes en una armonía

definitivamente humana


entonces


nos refugiamos en nuestra cueva

lloramos con humildad abominable

mordemos nuestra lengua hasta vaciarla

de sus gallardas acusaciones

escupimos sobre nuestros espejos

y arañando a la oscuridad

reconocemos al terror

en nuestro propio corazón    Más tarde

ovillados como los fetos

crujimos de silencio y de espanto

con la cabeza embadurnada

en interrogaciones inútiles)


Oh materia materia qué ominoso castigo

tu propia ceremonia innombrable!


Félix Grande. Las rubáiyátas de Horacio Martín. Lumen, 1978.

Imagen: Nikolái Yaroshenko. La estudiante, 1880.

No hay comentarios:

Publicar un comentario