viernes, 13 de diciembre de 2013

[Siempre de nuevo, desde que trabajamos entre varios]



Siempre de nuevo, desde que trabajamos entre varios,

con enormes esfuerzos de largo aliento y destinados a muchos,

desaparece alguno de nuestra comunidad

para no volver.


Lo adularon,

le pusieron un traje fino,

le firmaron un contrato por una suma importante.


Y él se ha transformado de un día para otro.

Se sienta en su sillón de siempre como una visita.

Ya no tiene tiempo para tareas de largo aliento.

En las discusiones ya no contradice

(para que no se alargue el tiempo.)

Es más, se entusiasma rápidamente.

Adopta un aire entrañable.

Se ofende con facilidad.

Por un tiempo, hará bromas

sobre su traje a medida,

un par de veces

dirá que piensa traicionar a sus benefactores

(es gente corrupta).

Pero sabemos que sus días con nosotros están contados.


Así desaparece un hombre de nuestra comunidad.

Nos deja solos con el trabajo pesado

y sigue el camino habitual.




Bertolt Brecht. 80 poemas y canciones. Adriana Hidalgo editora, 2011. Traducción: Jorge Hacker.
Imagen: Brassaï. La banda del Gran Albert. París, 1931.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Veinte gramos de resistencia



Veinte gramos de resistencia.

Sólo es una golondrina

en el cable del funambulista.


No será preciso ningún disparo:

Es un excedente de la cuadrilla,

el obstáculo interno de las fábricas.


No está hecha de excesos,

como el gran albatros,

ni son superfluas sus alas.

Sólo parece exagerado su impávido mirar.

Sobrantes sus horas extras de equilibrio.


A ratos mira el rastro de los que huyeron

y a veces, escucha en los tapiales

un clamor de loza o huesecillos

que repica en su tambor del pecho.


Con el pasado es fácil perder pie

y ella parece esperar algo

que aún tiene que dar la cara.


De vez en cuando ladea el cuello

y mira como si no llevara nada encima,

como quien ya no se pregunta

por dónde ha llegado a esto.


Sabe que no será preciso ningún disparo:

Bastará un simple dedo del pie dormido,

una trampa más del horizonte por acercarse

y la gota contenida en el lagrimal

será una tonelada. No asomará.


Así te alcanza su canción

de apenas veinte gramos.

Así, en las descargas eléctricas del mutismo,

se moverán los labios de quien ya no ves.


María Ángeles Maeso. ¿Quién crees que eres yo? Huerga y Fierro, 2012.
Imagen: David Seymour. Terezka, niña en un centro infantil para trastornos mentales. Polonia, 1948

domingo, 8 de diciembre de 2013

Strada dell’abbondanza



A fuerza de explotar a los esclavos

y robarse dinero público,

hubo auge en los negocios. Así los ricos

se volvieron más ricos, mientras los pobres

redoblaban su hambre y su miseria. La ciudad

desbordó sus antiguos límites, perdió sus rasgos

originales, fue construida

según los lineamientos del imperio. También el habla

se corrompió con los hablantes. Y el lujo

entró como la hiedra en muchas partes.

Combatieron el tedio con la droga.

Nos legaron imágenes de sus actos sexuales

como extraño presentimiento

de su fragilidad. Y entre robos

y asesinatos por dondequiera, el terror

extendió su dominio. Miedo en la alcoba

y pánico en la calle. Furias y penas.

Sobre todo odio

proliferante. Porque el bien camina

pero el Mal corre (y no se sacia nunca).

Todo esto sucedió en Pompeya, la víspera

del estallido del Vesubio.




José Emilio Pacheco. Los trabajos del mar. ERA, 1984.
Imagen: Víctima de la erupción del Vesubio en Pompeya.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Vuestros estudios



Vuestros estudios,

arpegios, himnos de gracias

son como para cansarse

y no salen de lo puramente local.


El graznido de los cuervos

también es una pieza – 

ser necio y tener trabajo:

eso es la felicidad.


Lo sacramental –

hermoso, quien lo oye y lo ve;

sin embargo, también los perros

y los chacales tienen su canción.


Ah, un clarín,

pero sin posarlo sobre la boca,

para que yo descubra

dónde está el fondo de todos los sonidos.



Gottfried Benn. En Gottfried Benn. José Manuel López de Abiada. Júcar, 1983.

Imagen: Robert Doisneau

domingo, 1 de diciembre de 2013

Los policías y los guardias



Siempre vieron al pueblo

como un montón de espaldas que corrían para allá

como un campo para dejar caer con odio los garrotes.


Siempre vieron al pueblo con el ojo de afinar la puntería

y entre el pueblo y el ojo

la mira de la pistola o la del fusil.


(Un día ellos también fueron pueblo

pero con la excusa del hambre y del desempleo

aceptaron un arma

un garrote y un sueldo mensual

para defender a los hambreados y a los desempleadores.)


Siempre vieron al pueblo aguantando

sudando

vociferando

levantando carteles

levantando puños

y cuando más diciéndoles:

"Chuchos hijos de puta el día les va a llegar".

(Y cada día que pasaba 

ellos creían que habían hecho el gran negocio

al traicionar al pueblo del que nacieron :

"El pueblo es un montón de débiles y pendejos --pensaban--

qué bien hicimos al pasarnos del lado de los vivos y de los fuertes.")


Y entonces era de apretar el gatillo

y las balas iban de la orilla de los policías a los guardias

contra la orilla del pueblo

así iban siempre

de allá para acá

y el pueblo caía desangrándose

semana tras semana año tras año

quebrantando de huesos

lloraba por los ojos de las mujeres y los niños

huía espantado

dejaba de ser pueblo para ser tropel en guinda

desaparecía en forma de cada quién que se salvó para su casa

y luego nada más

soló que los Bomberos lavaban la sangre de las calles.


(Los coroneles los acababan de convencer:

"Eso es muchachos --les decían--

duro y a la cabeza con los civiles

fuego con el populacho

ustedes también son pilares uniformados de la Nación

sacerdotes de primera fila

en el culto a la bandera el escudo el himno los próceres

la democracia representativa el partido oficial y el mundo libre 

cuyos sacrificios no olvidará la gente decente de este país

aunque por hoy no les podamos subir el sueldo

como desde luego es nuestro deseo".)

Siempre vieron al pueblo

crispado en el cuarto de las torturas

colgado

apaleado

fracturado

tumefacto

asfixiado

violado

pinchado con agujas en los oídos y los ojos

electrificado

ahogado en orines y mierda

escupido

arrastrado

echando espumitas de humo sus últimos restos

en el infierno de la cal viva.


(Cuando resultó muerto el décimo Guardia Nacional. Muerto por el pueblo

y el quinto cuilio bien despeinado por la guerrilla urbana 

los cuilios y los Guardias Nacionales comenzaron a pensar 

sobre todo porque los coroneles ya cambiaron de tono

y hoy de cada fracaso le echan la culpa

a "los elementos de tropa tan muelas que tenemos".)


El hecho es que los policías y los Guardias

siempre vieron al pueblo de allá para acá

y las balas sólo caminaban de allá para acá.

Que lo piensen mucho

que ellos mismos decidan si es demasiado tarde

para buscar la orilla del pueblo

y disparar desde allí

codo a codo junto a nosotros.


Que lo piensen mucho

pero entre tanto

que no se muestren sorprendidos

ni mucho menos pongan cara de ofendidos

hoy que ya algunas balas

comienzan a llegarles desde este lado

donde sigue estando el mismo pueblo de siempre

sólo que a estas alturas ya viene de pecho 

y trae cada vez más fusiles.



Roque Dalton. Poemas clandestinos. En Antología. Visor, 2000.
Imagen: EFE. Represión policial en Barcelona, 1976.