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sábado, 28 de marzo de 2026

[Casi siempre empieza Polanco:]


 

Casi siempre empieza Polanco: Mirá, soñé que estaba en una plaza y que encontraba un corazón en el suelo. Lo levanté y latía, era un corazón humano y latía, entonces lo llevé a una fuente, lo lavé lo mejor que pude porque estaba lleno de hojas y de polvo, y fui a entregarlo a la comisaría de la rue de l’Abbaye. Es absolutamente falso, dice Marrast. Lo lavaste pero después lo envolviste irrespetuosamente en un diario viejo y te lo echaste al bolsillo del saco. Cómo se lo va a echar al bolsillo del saco si estaba en mangas de camisa, dice Juan. Yo estaba en mangas de camisa, dice Juan. Yo estaba correctamente vestido, dice Polanco, y el corazón lo llevé a la comisaría y me dieron un recibo, eso fue lo más extraordinario del sueño. No lo llevaste, dice Tell, te vimos cuando entrabas en tu casa y escondías el corazón en un placard, ese que tiene un candado de oro. Vos imaginate a Polanco con un candado de oro, se ríe groseramente Calac. Yo el corazón lo porté a la comi, dice Polanco. Bueno, consiente Nicole, a lo mejor ése era el segundo, porque todos sabemos que encontraste por lo menos dos. Bisbis bisbis, dice Feuille Morte. Ahora que lo pienso, dice Polanco, encontré cerca de veinte. Dios de Israel, me había olvidado de la segunda parte del sueño. Los encontraste en la Place Maubert debajo de una montaña de basura, dice mi paredro, te vi desde el café Les Matelots. Y todos latían, dice Polanco entusiasmado. Encontré veinte corazones, veintiuno con el que ya había llevado a la policía, y todos estaban latiendo como locos. No lo llevaste a la policía, dice Tell, yo te vi cuando lo escondías en el placard. En todo caso latía, concede mi paredro. Puede ser, dice Tell, el latido me tiene por completo sin cuidado. No hay como las mujeres, dice Marrast, que un corazón esté latiendo o no lo único que ven es un candado de oro. No te pongas misógino, dice mi paredro. Toda la ciudad estaba cubierta de corazones, dice Polanco, me acuerdo muy bien, era rarísimo. Y pensar que al principio solamente me acordaba de un corazón. Por algo se empieza, dice Juan. Y todos latían, dice Polanco. De qué les podía servir, dice Tell.

 

Julio Cortázar. 62/modelo para armar. Bruguera, 1982.

Imagen: Tilly Kettle. Doctor Daniel Lysons, DCL, MD (1727–1800), 1759.

lunes, 7 de febrero de 2022

PARA LEER EN FORMA INTERROGATIVA


 

Has visto

verdaderamente has visto

la nieve los astros los pasos afelpados de la brisa

Has tocado

de verdad has tocado

el plato el pan la cara de esa mujer que tanto amás

Has vivido

como un golpe en la frente

el instante el jadeo la caída la fuga

Has sabido

con cada poro de la piel sabido

que tus ojos tus manos tu sexo tu blando corazón

había que tirarlos

había que llorarlos

había que inventarlos otra vez.

 

 

Julio Cortázar. Salvo el crepúsculo. Alfaguara, 1985.

Imagen: Ingmar Bergman. El manantial de la doncella, 1960.

sábado, 26 de junio de 2021

SUEÑE SIN MIEDO, AMIGO


 

Poco le quedaría al corazón si le quitáramos su pobre

noche manual en la que juega a tener casa,

comida, agua caliente,

y cine los domingos.

Hay que dejarle la huertita donde cultiva las legumbres;

ya le quitamos los ángeles, esas pinturas doradas,

y la mayoría de los libros que le gustaron,

y la satisfacción de las creencias.

Le cortamos el pelo del llanto,

las uñas del banquete, las pestañas del sueño,

lo hicimos duro, bien criollo,

y no lo comerá ni el gato

ni vendrán a buscarlo entre oraciones

las señoritas de la Acción Católica.

Así es nomás: sus duelos

no se despiden por tarjeta,

lo hicimos a imagen de su día y él lo sabe.

 

Todo está bien, pero dejarle un poco

de eso que sobra cuando nos atamos

los zapatos lustrados de cada día;

una placita con estrellas, lápices de colores,

y ese gusto en bajarse a contemplar un sapo o un pastito

por nada, por el gusto,

 

a la hora exacta en que Hiroshima

o el gobierno de Bonn o la ofensiva

Viet Mihn Viet Nam.

 

 

Julio Cortázar. Salvo el crepúsculo, 1984. En Algunos pameos y otros prosemas. Plaza & Janés, 1998.

Imagen: Arturo Rivera

sábado, 25 de abril de 2020

DISTRIBUCIÓN DEL TIEMPO


Cada vez somos más los que creemos menos

en tantas cosas que llenaron nuestras vidas,

los más altos, indiscutibles valores vía Platón o Goethe,

el verbo, su paloma sobre el arca de la historia,

la pervivencia de la obra, la filiación y la heredad.


No por eso caemos con el celo del neófito

en esa ciencia que ya pone sus robots en la luna;

en verdad, en verdad, nos es bastante indiferente,

y si el doctor Barnard transplanta un corazón

preferiríamos mil veces que la felicidad de cada cual

fuese el exacto, necesario reflejo de la vida

hasta que el corazón insustituible dijera dulcemente basta.


Cada vez somos más los que creemos menos

en la utilización del humanismo

para el nirvana estereofónico

de mandarines y de estetas.


Sin que eso signifique

que cuando hay un momento de respiro

no leamos a Rilke, a Verlaine o a Platón,

o escuchemos los claros clarines,

o miremos los trémulos ángeles

del Angélico.


Así es y sigue siendo, por suerte; en estos días alterno la lectura y difusión de documentos de la CADHU sobre los campos de terror en la Argentina con los últimos cuentos de Izak Dinesen y una admirable revista californiana de poesía, Invisible City. Esta última me hace pensar, un poco sorprendido, que en los poemas que voy sumando aquí hay pocas presencias anglosajonas, siempre tan advertibles en mis cuentos y novelas. Pensar que Keats, que los isabelinos, que T. S. Eliot… Y justamente entonces asoma un mapa de nostalgia amorosa que resbalando por praderas inglesas va a parar a los campos de algodón sureños, al recuerdo de Lionel Hampton tocando Save it, pretty mama como nadie lo tocó salvo Louis Armstrong. Los tres hablamos a nuestra manera de una mujer querida, salvo que ellos lo hacen para llamarla y yo porque ya se ha ido.



Julio Cortázar. Salvo el crepúsculo. Alfaguara, 1985.

Imagen: André Kertesz. París, 1929.

sábado, 21 de marzo de 2020

A UN GENERAL


Región de manos sucias de pinceles sin pelo

de niños boca abajo de cepillos de dientes


Zona donde la rata se ennoblece

y hay banderas innúmeras y cantan himnos

y alguien te prende, hijo de puta,

una medalla sobre el pecho


Y te pudres lo mismo.





Julio Cortázar. Divertimento, 1950. En Algunos pameos y otros prosemas. Plaza & Janés, 1998.

Imagen: George Grosz