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viernes, 29 de mayo de 2026

Mi abuelo, meteorólogo


 

Y siempre creí

que dios también era el hombre del tiempo,

como Mariano Medina,

o mi abuelo

cuando barruntaba la llegada de las lluvias

por el temblor de su pierna mala.

-¡Va a cambiar, me lo dice esta pata!

 

Obedecían las nubes.

Cambiaba el tiempo, cambiaba.

El atardecer, sin remedio, dibujaba un horizonte disciplinado.

 

 

Tomás-Néstor Martínez Álvarez. Mascarones de proa en el océano. Primer festival de poesía Puebla. Casa de Hydra Editores, 2026.

Imagen: Mariana Yampolsky

jueves, 24 de agosto de 2023

¡¡ OKUPA LA GRAMÁTICA Y… VERÁS !!


 

“gentes veloces voces coches furgo   netas   autob   uses   bicis”

 

            La puerta, abierta. Pasen y lean, o no. La Gramática, casa de la lengua o del lenguaje, espacio siempre del común, “ha sido okupada por una poesía dispuesta a destartalar la norma”, a “crear conflictos dentro de la lengua”. Llega hasta aquí poesía otra para explorar los sentidos ocultos de la palabra tras la negación de estructuras establecidas. La escritura poética se desenvuelve y madura en y con la mayor “cota de libertad” para adentrarse en cualquier territorio del alma, territorio difícil de situar en mapa físico alguno: “Ahora que no estás quiero contarte mi paisaje interior” (De El paisaje interior).

            Comenta César Vallejo en su libro El arte y la revolución que en la poesía carece de razón de ser la gramática como norma colectiva. “Cada poeta forja su gramática personal e intransferible… El poeta puede hasta cambiar, en cierto modo, la estructura literal y fonética de una misma palabra”. Y Luz Pichel lo sabía: -las donicelas son saltaparedes son salta son sal so sobre lo sal obre (//catorce.uno, de Alén Alén)

            Aunque en campos poéticos y circunstancias muy distantes, Nicolás Guillén –La mericana te buca / y tú la tiene que huí: / tu inglé era de etrái guan, / de etrái guan y guan tu tri (“Tú no sabe inglé”, de Motivos de son)– o Gloria Fuertes –No me catalogues / no me catafalco / no me catadiñes / -sería desfalco- (De Sola en la sala), entre otros, indagaron posibilidades lingüístico-literarias con mirada distinta de la que proyecta nuestra poeta.

            Recuerda la poeta que la lengua que aprendió en Alén, su aldea, era la de los pobres, un «galego castrapeiro» o «galego mal falado» decían los académicos; el castellano, lengua de los ricos, “la hablábamos en raras ocasiones y no muy académicamente”, despectivamente la llamábamos «castrapo», “convencidos de nuestra torpeza”. En lo que los académicos consideraron «castrapeiro» y «castrapo», la poeta gallega indagó hasta hallar un lenguaje poético “con extrañas apariciones que la poesía puede incendiar para que salte la chispa de otra armonía”, musicalidad escondida en las palabras «mal faladas». La noche dona agua de abundancia, / todo lo deja enlloviznando: / … / cabecitas pobres cabecitas el pasamiento / de los astros de la luz a lo neghro. / Parece que quiere saír el sol, / los gatos vanse enjugar / a brincos. (“No se sabe casi nada”). No puede haber poesía sin agitación lingüística; si no se exprimen las palabras terminan por adormecerse hasta secarse en la esterilidad. Luz Pichel sabe cómo tratarlas desde su “entrelenguas”, un grano para el hijo de mirada lista     una co una coooorteza para el guapo animal que guía a un ciego     a un siego     un cegho” (De Alén Alén).

            Sus poemarios –El pájaro mudo (1990), La marca de los potros (2004), Casa pechada (2006), Tra(n)shumancias (2015), Din din don y más Hortensias azuis (2021), Alén, Alén (2021)– nacen de la necesidad de hablar, de no olvidar, de tumbar la frontera social y lingüística entre lengua de ricos y lengua de pobres, de defender la dignidad y respeto académico a manifestaciones literarias otras. En la diversidad es más fértil la creatividad.

            Teníamos que contarles a los críos que el reportaje que estaban viendo no era un cuento aunque ocupara el lugar de los cuentos eran gentes de un lugar que iban hacia otro lugar buscando buscando y huyendo huyendo como habían hecho antes todas las gentes que se habían ido de cada casa alguna se habían ido las gentes /… /

entonces los niños y bueno las niñas también preguntaron muchísimas cosas y como no sabíamos contestarles nos miraron con los ojitos llenos de compasión y se fueron a jugar

                        con los ojitos (//dieciocho.dos, de Alén Alén).

A Luz Pichel, escribe Sergio C. Fanjul, “le gustan las «malas» lenguas, las que se mezclan, las que se amoldan a la gente antes que a las normas. Le gusta romper las palabras, quebrar la sintaxis”. Le viene bien a la poesía, entre otras cosas, avanzar hacia lo (des)conocido, adentrarse en lo real que alguna vez fue imaginado.

En los poemarios de la poeta de Alén se reencuentran palabras y silencios, recuerdos y ausencias, memoria: partitura sinfónica para voces no armonizadas y coro; voces y coro aparecen sin anunciarse, invitados tiempo ha por la voz memoriosa de Luz. Se presentan y saltan al poema entreverados los lugares –Alén, Barquisimeto, Londres, Madrid, Alén– con aquel tiempo “de trenzas y de olor a castañas”. Conversan los versos en monólogos dialogados, ecos y resonancias los textos que Luz nos entrega, los molinos de agua pertenecen al tiempo pertenecen a las zarzas a la infancia y a los cuentos  descansa ¿sí? ¿para esto te levantas de la tumba? (De Alén Alén). Poliédrico es cada poema pues incorpora otros     poemas abiertos desde el ahora al tiempo ido, con la infancia al fondo, a la escucha. Como escribe Olvido García Valdés, los poemas son ese “lugar raro en el que se guarda la vida”.

…una carta de México la madrecita allá eso no pudre eso no se al paso no se corrompe se esa no letra no el recuerdo es incorruptible si de madre es recuerdo de madre incorruptible incluso dentro del os mantillos de los hongos la descabezada (//nueve, de Alén Alén)

Abiertas la casa y sus puertas. Al lado la ventana tan cerca de la tierra a una distancia del suelo de salto vertical de caracol. Ahí mismo, a una mirada de distancia una hoja del ál amo cae sin alas sin culpa sin lengua sin odio del árbol para el prado para el jardín

después otra otra otra verde blanco verde palma rep alma palma

no hay p eso no hay p risa

                                               (De Alén Alén)

            A esta casa de la poesía, la de Luz Pichel, se accede sin trabas. Sus versos no han quedado varados, siguen “en fuga permanente”. El encuentro entre lenguas y palabras no es juego fugaz ni vacuo; en ellas, sin prisa, nos va la vida.

 

 

Tomás-Néstor Martínez Álvarez. En Luz Pichel. Poesía a Orillas del Órbigo. Veguellina de Órbigo. Ayuntamiento de Villarejo de Órbigo, 2023.

Imagen: Paul Klee. Sparse foliage, 1934.

lunes, 5 de julio de 2021

“SE ME CAEN DE LAS MANOS LAS PALABRAS”


 

…Caerán, no lo dudes, en terreno fértil, en surcos atentos a los brotes; ya aguardan su (re)nacer tras otra primavera más, estación del año ¿fija o ya variable?; nunca estará en almoneda.

            Entre tantas palabras se escurre una letrilla de Lope de Vega que el poeta atrapa al vuelo como aviso a viandantes, “Quien duerme, quien duerme, / quien duerme, despierte”. No ignora que, en tiempo de engaños y trampantojos, de adormecimiento social, de cultura banal y vaciada, la vida la presentan colorida, jaranera y alocada a quienes se dejen colocar mordaza y venda, y así, solapar silencios de lo visto y oído cada día. Obligación del poeta y, en general, de cualquier creador o gente de bien ha de ser enfrentarse al olvido y a cuantos procuran como meta la desmemoria; la poesía y la creación artística servirán de parapeto ante tanto charlatán y profeta de niquelada modernidad. “La literatura, recuerda la escritora portuguesa Lídia Jorge, lava con lágrimas ardientes los ojos de la historia”.

            La poesía, como sucede en los poemas de Conrado Santamaría (Haro, 1962), busca intensidad y fuerza en la expresión, lingüística o no, también provocación con un lenguaje cuya carga expresiva no ha de coincidir con el lenguaje convencional, propio del Poder y los poderes. Las palabras nos delatan, nos acorralan; y añade acertadamente el poeta riojano, “…estamos hechos de palabras, y las palabras nos significan, aunque muchas veces en contra de nuestra propia voluntad”; conocen “derroteros secretos”; si las seguimos, nos adentrarán en “territorios bastante inquietantes”. Nadie ignora el magnetismo, la amplitud significativa y la fuerza de la palabra, tanto la ya dicha como la que está por decir.

            Uno de los poemarios pilares de nuestro poeta, Cancionero de escombros con hoguera (2014), retiene cierta sintonía con Rafael Alberti y su Coplas de Juan Panadero, poesía en la calle a la que recurrir, “mientras el pueblo se llame Juan” y reclame en sus canciones y coplas “ese sentido justiciero que nunca deja de cantar en ellas”, asegura el autor de Marinero en tierra. En el aire de Cancionero de escombros… el poeta respira la recuperada atmósfera de los cancioneros y romanceros, de las canciones de amigo, “No dejéis que se vaya, / mi amante mío, / sola queda la casa, / con sombra y frío”; de las canciones de amor, de romances y letrillas, “¡A la fresa, temporeros, / que es febrero / … / ¡A la feria, temporeros, / del barateo”. Crítico y combativo, nunca neutral, denuncia con el martilleo de la rima la explotación humana, injusticias, el silencio bastardo y la complicidad de los otros. Los poemas y la poesía, también en este caso, otorgan voz y presencia al ser humano, algo que la historia le ha negado y olvida en sus páginas.

            Con tono juglaresco invita al lector, presente al otro lado de la página, a ponerse a la escucha, “Dadme oídos, compañero, / compañera, / que aquí os doy mi cancionero, / mi bandera”.

            Innegable el compromiso ético de Cancionero… con cuantos (des)aparecen, invisibles, día tras día, en esta sociedad consumista, tan festiva y frívola como negligente. El poeta no se rinde, continúa decidido a no enmudecer. “De escombros son mis canciones / como el mundo / que nos hacen, de ilusiones / moribundo. / Mas yo espero, compañero, / compañera, / hacer de escombros sendero / y alta hoguera”. A pesar de ilusiones quebradas, de “exquisitos incendios”, de proyectos desvaídos, en este morimundo aún se abren sendas y caminos hacia una esperanza nunca perdida, porque quedamos y “Somos / los que dicen NO como una afirmación hacia adelante. / Somos / aquí y ahora”.

            Que nadie busque en los poemarios de Conrado Santamaría floripondios inútiles ni poesía meramente ornamental, ya arrinconada en desvanes y desvaríos literarios. No obstante, entreverados en la escritura de sus poemas, hay lirismo, emoción y rabia, hay belleza, “Palmera, juegan tus palmas / al corro con las estrellas / como juegan con la luna / las palmeras de mi tierra. / … / Si he muerto o estoy soñando, / palmera, yo no lo sé. / ¿Sabes, palmera, por qué?” (“En el limbo legal”). En todo caso, la escritura poética, además de emocionar, mover o conmover, ha de revelar la belleza latente en la expresividad de las palabras.

            Otros poemarios de Conrado Santamaría, sin abandonar la poesía escrita a conciencia, hurgando en tantos porqués sin respuesta, avanzan con De vivos es nuestro juego (2015), La noche ardida (2017), el divertido y genial Canciones y revuelos de Pillín Pilluelos (2018), de poesía ¿infantil? o, más bien, sin edad precisa, “Mi bolita de cristal / ve cosas de maravilla / que son mentira… o verdad”; “Dime, niño, por favor, / ¿para ir a la estación? / - Tovarich, blini, nadiushka, / kosako, chatka, katiuska, / ¡casachó! / - ¡Uy qué niño más guasón!”. Y desembocan en Lóbiter (Archivo de crisis) (2019), libro coral interpretado a muchas voces mixtas. “Hoy he dejado los zapatos y la política / y tengo dos años para aguantar esta mierda. / Ya hablamos”. En Lóbiter da rienda suelta a las palabras; “Erradicado… todo trazo de yo personal dejaba que las palabras y los enunciados jugaran solos, se mezclaran y agruparan siguiendo sus propios fueros de afinidad y repulsión”, explica Conrado. A pesar de la vida y libertad de movimiento de que gozan las palabras, el lector encontrará ingenio, ironía nunca saturada, un humor licuado, crítica social en lo que calla y en lo que solo despunta, ajuntamientos lingüísticos ¿casuales?, casi imposibles, pero sugerentes; a la vuelta de cualquier esquina versal, como sin pretenderlo, asomará de modo ¿espontáneo? todo eso. “Es como su padre, buenísimo, / no se queja de nada. / Ya verás cuando le amputen el dedo. / ¡Jacinto, ponte más tieso! / Gracias a Dalí / estamos vendiendo más calamares”. No hay que olvidar, así lo reconoce el poeta de Haro, que las palabras conocen rendijas y hendiduras por las que semánticamente sabrán colarse. “Otra vez otro lío: / diez troyanos y un espartano. / Como si algo no tuviera moraleja”.

            Escuchando a la gente y con expresividad nunca impostada, -“¡Ay, granuja, granuja! / Te traigo / unas piernas de los chinos, / que las venden / baratas”-, como disimulado oyente, ha tomado nota de “esperanzas y decepciones”, de sueños y fracasos; reunido todo en palabras, que han urgido su salida; las ha soltado a volar. Conrado sabe que aquellas y los silencios, cuando hablamos o callamos, nos describen; son nuestro mejor y más completo autorretrato, apenas retocado. “No le toques los cojones a la leona. / Si no te vendes tú, no te vende nadie, / perdona que te lo diga. / Yo es por hacer las cuentas bien. / Y si tardo como si no tardo. / Hace cincuenta años también tenía viñas”. Entre la sorpresa y lo inesperado, “Los versos y poemas de este libro, a la manera de almazuelas, están hechos con hilvanes y retales de conversaciones oídas al azar”, de autoría múltiple y anónima voz con poeta al fondo.

            Numerosas son las etiquetas, válidas, ¡cómo no!, que se han colgado para definir la poesía de nuestro poeta. Puede calificarse, creo, como poesía radical; la escritura ahonda su raíz en la existencia y en la condición humanas, en un mapa emocional y libre que no siempre permiten trazar, por el que no toleran caminar en libertad cuantos intentan someter como esclavos y mover como títeres articulados a quienes consideran mercancía.

            Aquí, los poemas y sus versos, la Palabra, se convierten en un acto de revelación y de creación, también sedición verbal desarmada.

            “Y pronto llamarán a nuestra puerta”: quien aún duerma, despierte; ¡ya es hora!

 

 

Tomás-Néstor Martínez Álvarez. Conrado Santamaría Bastida. Poesía a Orillas del Órbigo. In memoriam Elena Santiago. Veguellina de Órbigo, julio 2021.

Imagen: Nueva York, c. 1910.