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domingo, 25 de mayo de 2025

Descreación


 

Hecho el mundo

llegó el hombre

con un hacha

con un arco

con un fusil

con un arpón

con una bomba

y armado de pies y manos

de malas intenciones y de dientes

mató al conejo

mató al águila

mató al tigre

mató a la ballena

mató al hombre

 

 

Homero Aridjis. Imágenes para el fin del milenio & Nueva expulsión del paraíso, 2005. En El consumo de lo que somos. Muestra de poesía ecológica hispánica contemporánea. (Ed. Steven F. White). Amargord, 2014.

Imagen: Bo Bartlett. Young Life, 1994.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Lago Ohrid


 

Vinieron los bárbaros al omfalos del mundo,

aunque el mundo tiene muchos omfalos.

 

Tomaron posesión de las aguas arrugadas

y erigieron la profecía de sí mismos que querían oír.

 

Pusieron fronteras en el agua, como si el agua

pudiese ser dividida. El lago permaneció inasible.

 

El sol como un ojo ebrio bailó sobre sus ondas,

delante de los bárbaros y su omfalos del mundo.

 

Hubo entonces una blancura más blanca que el blanco.

Y todos los árboles de la orilla miraron esa luz.

 

 

Homero Aridjis. Los poemas solares, 2005. En El consumo de lo que somos. Muestra de poesía ecológica hispánica contemporánea. (Ed. Steven F. White). Amargord, 2014.

Imagen: Hengki Koentjoro

miércoles, 2 de junio de 2021

Profecía del hombre


Las nubes colgaron como hollejos

los ríos se estancaron muertos

se extinguieron las aves y los peces

en las montañas se secaron los árboles

la última ballena se hundió

en las aguas como una catedral

el elefante sucumbió

en el zoológico de una ciudad sin aire

el sol pareció una yema arrojada en el lodo

los hombres se enmascararon

sin noche y sin día

caminaron solitarios por el jardín negro

 

 

Homero Aridjis. Quemar las naves, 1975. En El consumo de lo que somos. Muestra de poesía ecológica hispánica contemporánea. Ed. Steven F. White. Amargord, 2014.

Imagen: Arnau Alemany

 

jueves, 26 de septiembre de 2019

El ángel del poniente


Él caminaba por la selva perturbada,

oía la fragancia de las plantas suprimidas,

palpaba el gorjeo de los pájaros extintos,

veía los follajes de las vegetaciones calcinadas,

porque en su memoria todo tiempo era presente

y había visiones que no se iban de sus ojos.


Sus pies se hundían en el fango caliente

como si fuera pisando sapos reventados,

sus manos tocaban las aguas estancadas

como si se sumergieran en sus miasmas.

El calor del mediodía se le pegaba

a la cara como una tela sucia.


Por doquiera se escuchaba la música fría del árbol muerto,

por doquiera asomaban los tocones endurecidos

de los árboles que se negaban a ser arrancados del suelo,

por doquiera corrían las aguas de los ríos desaparecidos

como fantasmas reprochando al hombre su muerte.

En todas partes él pisaba la sombra de los ausentes.


Los antepasados salían a su paso, le preguntaban:

“¿Qué has hecho de los animales?”, “¿Por qué mataste el mar?”

“El aire ha cambiado. ¿Adónde se han ido las aves?”

“Este año no ha habido primavera y no habrá invierno.

El Sol, como un ojo sin párpados,

está mirando furiosamente a la Tierra.”


Él, parado en el cerro del Poniente,

vestido de amarillo, las alas refulgentes,

no tenía palabras para contestar,

solamente les mostraba con las manos

los pedazos azules y los jirones verdes

del paisaje de su infancia desgarrado.





Homero Aridjis. Tiempo de ángeles, 1994. En El consumo de lo que somos. Muestra de poesía ecológica hispánica contemporánea. (Ed. Steven F. White). Amargord, 2014.

Imagen: Joédson Alves

viernes, 15 de marzo de 2019

Ángel ecológico


La ventana de su cuarto daba al estío.

El estío daba a todas partes.

La ciudad no tenía agua

y la multitud era un delirio.

Nadie sabía de dónde salía tanta gente.

Todos venían a ver el fin del mundo.

Pero el fin del mundo no llegaba.

Llegaba el calor, llegaba la sed,

llegaba la muchedumbre.

Con los ojos llenos de tiempo.

Más allá de las casas grises

corría el río desaparecido.

Parado delante de la ventana,

el ángel se asomaba a la noche,

el más misterioso de los océanos.

Allá debía aparecer la señal. Allá.

Pasaron las horas, los días y los meses

y el fin del mundo no llegó.

Sólo se acabó el mundo para unos cuantos.


II

La Amazonía era el desierto más grande del mundo,

la habitaban millones de moscas y hormigas.

Los políticos y los militares, invocando soberanía,

proclamaban su derecho a destruirla.

Una guacamaya escarlata la recorría

desde hacía meses buscando árboles donde posarse.

Pero sólo encontraba piedras y tocones ardientes.

La tierra, como un ojo sin párpados, recibía

el sol que, abrasador, la quemaba en todas partes.

El ángel, parado al borde de una barranca,

veía, sediento, el fin del día sanguinolento.


III

La selva era un desierto. Brillaba una luz triste

sobre esa inmensidad de harapos verdes.

Los animales habían muerto. En un estanque

el hombre se miraba como en un espejo negro.

Los amantes habían procreado espectros.

En la almohada, sus cabezas habían dejado

cabellos cenicientos. La tarde ya no era azul.

Los ojos se quedaban ciegos si miraban el cielo.

Un sol falso engañaba a los pájaros de la primavera,

que cantaban delante de sus rayos turbios.

No engañaba a los ángeles, esperando

en las azoteas el alba verdadera.

El último jaguar corría entre los tocones.

La muerte armada lo perseguía,

le disparaba con una escopeta

hormigas rojas y moscas fosforescentes.

La mañana era un paraíso en ruinas.





Homero Aridjis. Tiempo de ángeles, 1994. En El consumo de lo que somos. Muestra de poesía ecológica hispánica contemporánea. (Ed. Steven F. White). Amargord, 2014.

Imagen: Jayaprakash Joghee Bojan