Mostrando entradas con la etiqueta Theodor W. Adorno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Theodor W. Adorno. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de enero de 2024

El párrafo


 

Lo que los nazis hicieron a los judíos era indecible: los idiomas no tenían palabras para ello, pues ante lo planificado, sistemático y total, incluso un asesinato en masa habría sonado como algo de la vieja y buena época del maestro de Degerloch. Pero había que encontrar una expresión, si no se quería hacer a las víctimas, que son demasiadas para que sus nombres puedan ser recordados, objeto de la maldición del «no hay que acordarse de ellos». Y así se ha acuñado en inglés el término genocide. Pero la codificación impuesta en la Declaración Internacional de los Derechos Humanos, ha hecho a la vez, en interés de la protesta, lo indecible conmensurable. Al ser elevada a concepto, la posibilidad queda en cierto modo reconocida: una institución que prohíbe, rechaza, discute. Un día podrán tener lugar ante el foro de las United Nations sesiones en las que se debata sobre si cualquier otra atrocidad cae bajo la definición de genocide, sobre si las naciones tienen el derecho, del que de todos modos no querrán hacer uso, a intervenir, y sobre si, a la vista de dificultades imprevistas en su aplicación a la praxis, el término genocide no ha de ser excluido de los estatutos. Poco después se leerán titulares en letra mediana y lenguaje periodístico: en el Turquestán oriental casi se han aplicado medidas genocidas.

 

 

Theodor W. Adorno. Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada. Traducción: Joaquín Chamorro Mielke. Akal, 2004.

Imagen: Reuters. Gaza, 2023.

martes, 19 de diciembre de 2023

Hombres que te miran


 

La indignación por las atrocidades cometidas se hace menor cuanto menos parecidos son los afectados al lector normal, cuanto más oscuros, «sucios», dagos. Esto dice tanto del crimen en sí como de los que lo presencian. En los antisemitas quizá el esquema social de la percepción esté configurado de tal modo que no les permite ver a los judíos como hombres. La tan oída afirmación de que los salvajes, los negros o los japoneses parecen animales, casi monos, contiene ya la clave del pogrom. Su posibilidad queda ya establecida desde el momento en que el ojo de un animal mortalmente herido da con el hombre. El empeño que éste pone en evitar esa mirada –«no es más que un animal»– se repite irresistiblemente en las crueldades infligidas a los propios hombres, en las que los ejecutores tienen continuamente que persuadirse del «sólo es un animal» porque ni en el caso del animal podían ya creérselo. En la sociedad represiva, el propio concepto del hombre es una parodia de la semejanza humana. El hecho de que los detentadores del poder vean como hombres lo que es sólo su propia imagen reflejada, en lugar de ver reflejado lo humano como lo distinto, se debe al mecanismo de la «proyección pática». El crimen es entonces el intento reiterado de ajustar a la razón el trastorno de esa falsa percepción mediante un trastorno mayor: lo que no se ha visto como hombre, siendo así que lo es, es convertido en cosa para que no pueda ya contradecir mediante movimiento alguno la mánica visión.

 

 

Theodor W. Adorno. Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada. Traducción: Joaquín Chamorro Mielke. Akal, 2004.

Imagen: Mahmud Hams. A wounded Palestinian woman from the Baraka family is surrounded by her children upon their arrival at Nasser Hospital in Khan Yunis in the southern Gaza Strip following Israeli air strikes that hit their building.

domingo, 17 de diciembre de 2023

Gazuza


 

Oponer el argot de los trabajadores al lenguaje culto es reaccionario. El ocio, y aun el orgullo y la arrogancia, han prestado al lenguaje del estrato superior algo de independencia y autodisciplina. De ese modo entra en contradicción con su propio ámbito cultural. Al querer dar órdenes, se vuelve contra los señores que lo utilizan para ordenar y dimite del servicio a sus intereses. Pero en el lenguaje de los sometidos sólo el dominio ha dejado su expresión, arrebatándoles incluso la justicia que la palabra autónoma y no mutilada promete a cuantos son lo bastante libres para pronunciarla sin rencor. El lenguaje proletario obedece al dictado del hambre. El pobre mastica las palabras para saciarse con ellas. Espera obtener de su espíritu objetivo el poderoso alimento que la sociedad le niega; llena de ellas una boca que nada tiene que morder. Se venga así en el lenguaje. Ultraja el cuerpo de la lengua que no le dejan amar repitiendo con sorda violencia el ultraje que a él mismo se le hizo. Incluso lo mejor de las jergas del norte berlinés o de los cockneys, la facundia y la gracia natural, se resiente del efecto de, para poder sobreponerse sin desesperación a situaciones desesperadas, reírse, a la vez que del enemigo, de sí mismo, dando así la razón al curso del mundo. Si el lenguaje culto codifica la alienación de las clases, ésta no puede eliminarse con la regresión al lenguaje hablado, sino sólo como consecuencia de la más rigurosa objetividad del lenguaje. Sólo el hablar que conserva en sí el lenguaje escrito libera al habla humana de la mentira de que ésta es ya humana.

 

 

Theodor W. Adorno. Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada. Traducción: Joaquín Chamorro Mielke. Akal, 2004.

Imagen: “Escribimos libertad con mano encadenada”, Penal de Burgos, 1964.