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miércoles, 23 de diciembre de 2020

SINFONÍA HEROICA


 

Mentiría si no reconociera

que Shakespeare más que Marx me ha conmovido,

y que Lenin no habita donde Mozart

se acerca a lo que amo.

Pero si en Petrogrado un pueblo en armas

destruye los esquemas de la Historia,

y la Comuna de París resiste

sólo un momento acaso

más del tiempo que fuera razonable,

se me olvida Beethoven, y las coplas

de La Internacional es lo que canto.

 

 

Carlos Álvarez. Cantos y cuentos oscuros, 1980. En Seguiremos sembrando. (Antología 1984 – 2010). Bartleby, 2016.

Imagen: Muro de los Federados. Cementerio Père Lachaise, París.

sábado, 28 de mayo de 2016

OTRA LECCIÓN DE HISTORIA



Toda la Historia fue un malentendido.

Si hoy Craso y Espartaco se encontraran

en la cervecería, liberado

ya aquél del poderío y de la púrpura

y el hedor de la sangre, éste del hierro

que le oprimió el tobillo antes de herirle

del último zarpazo,

podrían dialogar tranquilamente,

risueños, divertidos, asombrados

de que ¿por qué minucia? tan distintas

transcurrieran sus vidas. (Lady Macbeth

erró al creer de Arabia los perfumes

incapaces de hacer blanca su mano,

sin letal pestilencia. Basta el tiempo

y acaso el turbio aroma de los cómplices

y nada más para borrar el crimen).

Mauthaussen fue un error; Chatila y Sabra

no significan más que el gesto torpe,

sin estudiar, de un mal actor novato,

pero que al fin domina el escenario

y el público le aplaude

porque supo, maduro, dominarse

y hacer que se olvidara lo molesto

difuminado en la distancia. Nadie

fue quemado en la hoguera por negar

la enseñanza del Papa; en todo caso,

no es sensato guardar tan viva imagen

de un suceso anecdótico, ya viejo,

sólo un simple y vulgar malentendido,

que no impidió el progreso de los hombres

hasta alcanzar la bomba de neutrones,

la pasión comedida, el aprobado

vital donde se esconde el conformismo,

donde nada recuerda tanta infamia

reproducida ahora, en este instante

que olvidarán también en el futuro

mis hijos y tus hijos si se encuentran

en la cervecería, sin memoria.





Carlos Álvarez. Memoria del malentendido, 1989. En Seguiremos sembrando. (Antología 1984 – 2010). Bartleby, 2016.

sábado, 14 de mayo de 2016

YO, LA REVOLUCIÓN



                                                                A los de aliento firme:
                                               Tere Morán, Colás, Lito Peón…


Para que vieras que la sangre es roja

la cabeza corté del rey don Carlos.

Y el viento preso en la Bastilla pudo,

porque abatí sus piedras, darle al cielo

la carcajada de su cabellera:

blasfemia y estandarte contra el caos

al que le llaman orden los esbirros

de la púrpura blanca. Del Palacio

de Invierno, en que gemían las alfombras

de piel asesinada, hice un museo

donde el hombre su historia conociera

para no revivirla, y de las cumbres

traje la nieve inútil y la puse,

ya dueña de su impulso, a la tarea

de convertir en pan la piedra dura.

Más descansé en el séptimo nocturno,

y, al despertar del sueño, el escenario

comprendí que era el mismo: la cabeza

del rey don Carlos nuevamente altiva,

las Bastillas sus muros reafirmando,

y el Palacio de Invierno con alfombras

pisadas cada vez con más lujuria,

petrificadas de terror las aguas.


Pero la sangre sigue siendo roja.




Carlos Álvarez. Memoria del malentendido, 1989. En Seguiremos sembrando. (Antología 1984 – 2010). Bartleby, 2016.

Imagen: Vladímir Serov. Tomado el Palacio de Invierno, 1954.

martes, 14 de octubre de 2014

[Érase una vez - contaron]



Érase una vez - contaron

a mi niñez sin problemas -

un señor muy bondadoso

que era el amo de esta tierra.

Todo le pertenecía:

las hormigas, las estrellas,

los trigales y los hombres,

sus vidas y sus haciendas.

Y el señor era tan bueno,

y era tanta la obediencia

de los que a sus pies vivían,

que nunca usó de su fuerza

contra su pueblo, ni nunca

bebió más sangre de aquélla

que estrictamente calmara

la sed que con él naciera.


Vive en este pueblo ahora

- me dijeron a la vuelta

de unos años - un cacique

que, a quien levanta cabeza,

se la parte con el bastos,

con la espada la cercena,

pone la copa de oros

debajo y de sangre llena,

se la bebe, y nuevamente

vuelve a buscar la manera


de que nunca falte vino,

para que la gente sepa

que el señor está borracho

y no hay que darle más vueltas.


Vendrá un tiempo - le dirán

a mi máscara decrépita -

cuando el tiempo que decías

que iba a ser tiempo de siega

se ponga al rojo más vivo,

y Frank Stein se convenza

con su inocente simpleza,

en que Drácula o Lacuard,

von Urdalac o quien sea,

con tal de seguir teniendo

por el mango la cazuela,

se olvidará de lo dicho,

se quitará la careta,

y a todos los Larry Talbot

pondrá camisas de fuerza.





Carlos Álvarez. Aullido de licántropo. Bartleby, 2014.

Imagen: George Waggner. El hombre lobo, 1941.