En esta ciudad
van las sombras solas,
¿a quién preguntar?
Julián Briñas. La poca vergüenza. Gentuza Ediciones, 2026.
Imagen: George Ault. New York, nº 2, 1921.
"Quien duerme, quien duerme, quien duerme, despierte." Lope de Vega
En esta ciudad
van las sombras solas,
¿a quién preguntar?
Julián Briñas. La poca vergüenza. Gentuza Ediciones, 2026.
Imagen: George Ault. New York, nº 2, 1921.
Y ahora vamos al madero
de porra, casco y neurona,
que por Dios, patria y corona
y el grande honor del dinero
se convirtió en verdadero
adalid de la bajeza:
a su madre con fiereza,
honra de la profesión,
en una manifestación
en dos le abrió la cabeza.
Abdías Gandul. Décimas pésimas. El Alipende, 2010.
Imagen: Javier de Villota
La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar en crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
para que nadie viera la mano que empuñaba
el arma, sino sólo su efecto de relámpago.
Y a esa luz, breve y lívida, ¿quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.
La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en la radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete).
No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa:
a la Devoradora de Excrementos.
No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
Ay, la violencia pide oscuridad
porque la oscuridad engendra el sueño
y podemos dormir soñando que soñamos.
Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangre con sangre
y si la llamo mía, traiciono a todos.
Recuerdo, recordamos.
Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordemos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.
Rosario Castellanos. En Mujer de buenas intenciones. Rosario Castellanos. Selección: Luna Miguel. Penguin Random House, 2025.
Imagen: Vehículos militares en la Plaza del Zócalo, Ciudad de México, 1968.
Yo también estoy desapareciendo, Tadeo.
Y todos aquí, si tu cuerpo, si los cuerpos de los nuestros.
Todos aquí iremos desapareciendo si nadie nos busca, si nadie nos nombra.
Todos aquí iremos despareciendo si nos quedamos inermes sólo viéndonos entre nosotros, viendo cómo desaparecemos uno a uno.
Sara Uribe. Antígona González. Sur+ediciones, 2012.
Imagen: Pedro Meyer
Como mis años se van, a buena cuenta, acabando
y cada vez sé menos qué es lo que me ha pasado,
me quiero hablar a mí mismo, a ver si nos aclaramos
el uno, el otro o quien sea el que habla y al que le hablo.
Bien pueden salirme del pecho y aun asomarme a los labios
y hasta escurrir por la pluma o cantar por teclas a ratos
de máquina de escribir los dos o más o los tantos
que haya en mí, que ninguno tendrá, confío, el descaro
de pretender ser yo de verdad. ¿No estamos acaso
hartos de hablar uno y otro, y decirnos y preguntarnos
y maldecirnos a veces el uno al otro? Pues, vamos,
déjate hablar: pueblo somos y pueblo es nuestro dïálogo,
¿verdad? Ya sé que esta lengua en la que estamos hablando
es un idioma, una lengua entre lenguas, y por lo tanto
no es la lengua común; pero, dejándote, al paso,
hablar como sin saber, puede ser que demos con algo
no propio de nadie; adelante, y que no me importe ni rábano
saber por dónde empezar: cuando éramos un muchacho,
sí te creías que había que preparar con cuidado
el plan de la pieza o función, para luego desarrollarlo;
pero, ay, que tanto la vida nos ha batido y breado
que ya, si una vez, y entre público a más, a hablar nos echamos
sin casi saber qué a va a ser, resulta que, por milagro,
todo nos sale en un orden de sobra lúcido y claro,
que, puesto que yo no lo rijo y a mí me asombra, por tanto
debe de ser el orden que ello andaba buscando.
No es fácil dejarse hablar, y a fe que cuesta trabajo
no trabajar; pero eso es el arte, y tú sabes por bajo
que tú no eres tú: una máquina ciega está palpitando
en tus corazones o míos o los de Fulano o Zutano;
y, si al hacer lo que sea me empeño en ser yo el que lo hago,
no hago sino estorbar, ¡Quitad de ahí ya, poetastros,
igual que Dios creadores, igual de vanos y falsos.
Agustín García Calvo. Y más aún. Canciones y otros juegos. Lucina, 2008.
Imagen: Benjamin Haydon. Wordsworth on Helvellyn, 1842.