La casa está vacía,
deshabitada:
hay sólo ruinas y
excrementos;
un viejo cartel, de “Piso en
venta”,
un anuncio en internet, con
sucesivas ofertas.
Piso procedente de embargo…
Infructuosos coliseos fueron
erigidos
con la miseria y el hartazgo
de los siglos;
había un escándalo de
trompetas
e incesantes cantos de
sirena incitaban
constantemente a la compra.
Inopinados billetes de
monopoly
y toneladas de cocaína
viajaban por las venas de la
ciudad,
por sus arterias, por las
alcantarillas.
Había móviles, perfumes,
Audis, beemeuves.
Y, sin duda, perdimos la
costumbre:
los antiguos siervos, eran
ahora señores,
y los señores, sacerdotes de
una resurgida religión,
que hablaba de crecimiento,
austeridad
y privatizaciones.
Y, de repente, estalló la
guerra
(estériles Tiresias clamaron
frente a oídos derruidos,
párpados tapiados):
los gobiernos capitulaban y
la población
regresó a su impávido
letargo.
Quizá, con el paso de los
años, aprendamos
que no vivimos por encima de
nuestras posibilidades,
sino, justamente, por
debajo,
que el dinero corrompe, y
que la injusticia
sólo se combate luchando.
José Icaria. En Palabras de barricada. Una recopilación de
anarcoversos. (Coord. Fernando Barbero). Queimada, 2015.
Imagen: Antoine d’Agata