“Callada, estate callada”,
le dijo su madre cuando la llevó de la mano hasta la casa grande.
Callada, limpia en silencio.
Callada, cocina en silencio.
Callada, sirve la comida en
silencio.
Callada. Como todas y cada
una de sus hermanas llevadas también de la mano y repartidas entre las
otras casas grandes.
Calladas, sumisas,
obedientes, ojos grandes, bocas cerradas,
delantales pulcros, manos
ásperas de frío,
estómago hambriento, piernas
juntas, casa ajena, jergón de chinches.
“Callada, estate
callada”
y no digas que esas tierras
que les enriquecen ahora, antes fueron de padre.
Callada y no digas que esa
alacena fue la que dejó la marca de su ausencia
en la pintura de la cocina
de tu casa.
Y no digas que no te pagan,
que te humillan y desprecian.
Porque padre no tiene tumba
a la que llevar crisantemos.
Porque los hermanos gastaron
sus suelas y nunca volvieron.
Porque madre es ‘la viuda’
sin certificado de muerte.
Y dales las gracias
porque te ‘acogen’, aún
siendo la hija del rojo,
porque te alimentan, como a
sus perros
porque te dan cobijo bajo su
techo, como cristianos buenos que son
porque te permiten visitar a
la madre una vez al mes
porque los domingos tienes
misa y te bendice ‘Él’
porque ya te trenzas el pelo
y sólo te pasearon una vez.
Callada. Callada cuentas las
horas que trabajas.
Callada repasas los nombres
de todos para no olvidarles
Callada cuando te mira el
señorito y te cubres los pechos
Callada cuando te hacen tía
de un hijo sin padre.
Callada cuando llora madre, sola,
en su casa vacía
y nadie pronuncia palabra
para consolarla.
“Callada, estate callada”, a
la espera de que pasen los años.
A la espera de que te
reviente la garganta.
A la espera de que
florezcan entre los surcos de labranza los huesos del padre
de que muera madre, sola,
con su mandato en los labios
de que los sobrinos, ya
varios sin padre,
crezcan a la par que los
hijos de los señoritos
y les miren a los ojos y les
sostengan la mirada.
Callada hasta que tu grito
de rabia rompa, rompa
el silencio impune que te
acompañó durante décadas.
Callada, nunca más, callada.
Ventura Ruiz. En
Voces del Extremo: Poesía y Memoria. Burgos – Gamonal. VV. AA.
Coordinación: Amalia García Fuertes y Conrado Santamaría Bastida. Ediciones
Cimarrón, 2026.
Imagen:
Vilhelm Hammershøi. Interior Strandgade 30, c. 1902.