
Casi siempre empieza
Polanco: Mirá, soñé que estaba en una plaza y que encontraba un corazón en el
suelo. Lo levanté y latía, era un corazón humano y latía, entonces lo llevé a
una fuente, lo lavé lo mejor que pude porque estaba lleno de hojas y de polvo,
y fui a entregarlo a la comisaría de la rue de l’Abbaye. Es absolutamente
falso, dice Marrast. Lo lavaste pero después lo envolviste irrespetuosamente en
un diario viejo y te lo echaste al bolsillo del saco. Cómo se lo va a echar al
bolsillo del saco si estaba en mangas de camisa, dice Juan. Yo estaba en mangas
de camisa, dice Juan. Yo estaba correctamente vestido, dice Polanco, y el
corazón lo llevé a la comisaría y me dieron un recibo, eso fue lo más extraordinario
del sueño. No lo llevaste, dice Tell, te vimos cuando entrabas en tu casa y
escondías el corazón en un placard, ese que tiene un candado de oro. Vos imaginate
a Polanco con un candado de oro, se ríe groseramente Calac. Yo el corazón lo
porté a la comi, dice Polanco. Bueno, consiente Nicole, a lo mejor ése era el
segundo, porque todos sabemos que encontraste por lo menos dos. Bisbis bisbis,
dice Feuille Morte. Ahora que lo pienso, dice Polanco, encontré cerca de
veinte. Dios de Israel, me había olvidado de la segunda parte del sueño. Los
encontraste en la Place Maubert debajo de una montaña de basura, dice mi
paredro, te vi desde el café Les Matelots. Y todos latían, dice Polanco
entusiasmado. Encontré veinte corazones, veintiuno con el que ya había llevado
a la policía, y todos estaban latiendo como locos. No lo llevaste a la policía,
dice Tell, yo te vi cuando lo escondías en el placard. En todo caso latía,
concede mi paredro. Puede ser, dice Tell, el latido me tiene por completo sin
cuidado. No hay como las mujeres, dice Marrast, que un corazón esté latiendo o
no lo único que ven es un candado de oro. No te pongas misógino, dice mi
paredro. Toda la ciudad estaba cubierta de corazones, dice Polanco, me acuerdo
muy bien, era rarísimo. Y pensar que al principio solamente me acordaba de un
corazón. Por algo se empieza, dice Juan. Y todos latían, dice Polanco. De qué
les podía servir, dice Tell.
Julio Cortázar. 62/modelo para armar. Bruguera, 1982.
Imagen: Tilly Kettle. Doctor Daniel Lysons, DCL, MD (1727–1800), 1759.