jueves, 13 de agosto de 2026

CALOR SECO LOCAL


 

Éramos los inadaptados, pura

furia, primitiva en su estupidez,

definida a la contra, siempre frente

a alguien o algo. Creíamos que el odio

era necesario. Era gasolina

para soportar una decepción

tras otra. Éramos siempre sospechosos,

nos miraban fatal –como se miran

los poetas entre ellos, ya te habrás

fijado, ¿verdad?– Con los años hemos

visto moverse y traicionarse a muchos,

también a nosotros mismos, sí, pero

hemos sentido escrúpulos; por qué

no los sienten otros, se han transformado

exactamente en eso que decían

combatir. Llegó el premio deseado,

despacho, firma, silla giratoria,

es vuestro el poder y su gozo acrítico.

¿Recordáis quiénes éramos? Heridos

animales, ternura de lo nuevo,

tosca belleza de quien ve su muerte

con ojos de recién nacido. Fuimos

la hez, la escoria. Hoy somos como masilla,

esa que sirve para emplastecer

las paredes, relleno para huecos,

que detecte el que ordena y manda, grumo

para corregir las imperfecciones,

para acabar cloqueando el discurso

plano y nivelado, tibio y sin mácula,

del verdugo que no íbamos a ser.

 

 

Enrique Cabezón. En Ay… ya sabes, los pueblos y sus gentes. Un homenaje a Rafael Azcona. VV. AA. Coordinación: Enrique Cabezón. Prólogo: Luis Alberto Cabezón. Ediciones del 4 de agosto, 2026.

Imagen: Alexander Zhernoklyuev. Retrato de Pável, s/d.

miércoles, 12 de agosto de 2026

NO ES NADA, NO TEMAS, ES SOLAMENTE AMÉRICA


 

Cuando supe

                    (Porque yo soy así, aquel que se levanta

a golpes, se desentierra, se pone el cuerpo

que dejó en la silla, la esperanza que ya no

le servía sino como una mala dentadura,

y sale, más bien se saca, para ver cómo han ido

los días de allá afuera, cómo sigue la insolente

estatua de los dictadores, casco arriba y casco

abajo, animal de baraja, poniéndose mala

madre por su cuenta, mala hostia en el verano

enamorado, mala piedra en su rocío, su memoria,

sólo para que tropiece el desterrado, caiga

apenas, a duras penas, crea que se equivoca,

que no tiene razón en su raíz)

                                                 me desperté

asustado. En dónde estoy, grité, después

de tanto esfuerzo, hasta cuándo

es antes todavía, cómo me llamo

entonces, para qué me llamo.

                                                 (Porque todo

olía a siempre, a sufrimiento viejo, muerte

de ayer que no valió de nada, absurdo

en que han quedado restos de la telarañada

cena, y todavía, todavía hay que poner

la mesa, camareros, perezosos profetas

consuetudinarios, ponerle voluntad al pan,

servir el desayuno de los pobres, sin tanto

regresar a hoy, error de fecha, digo,

y tantos siglos sin lavar la servilleta.)

 

Y no pude seguir desaprendiendo a pura

historia, y no pude apretarle el cinturón

al corazón para que aguante. Mejor nos fuimos,

prójimo y yo, a rehacer lo roto, los vestidos,

a preparar las vísperas.

                                       Aún no he vuelto

y no sé cuándo volveré a morir: no tengo tiempo.

 

 

Jorge Enrique Adoum. Yo me fui con tu nombre por la tierra, 1964. En Jorge Enrique Adoum. Breve antología. Selección y prólogo: Vladimiro Rivas Iturralde. UNAM, 2009.

Imagen: Hugo Cifuentes. Presentimiento, 1986.

martes, 11 de agosto de 2026

[Nací]


 

Nací

          en mitad y tarde.

 

De ahí en medio.

 

Vengo de donde los remos

se confunden con las palas.

 

De ahí en medio.

 

Un pirata con mis pánicos

a los mares y horizonte,

un agricultor sin campos

ni de trigo ni amapolas,

un farero en la noche

que equivoca la bombilla,

 

el astronauta caído

que se acerca sin cesar.

 

Nací con el cielo limpio

iluminado de estrellas.

 

Soy la nada de los nadies.

 

Yo soy de donde la luna

tan solo se ve a lo lejos

y nadie observa ya nada

excepto el ciego y el muerto.

 

 

Andrés Gutiérrez Temiño. El astronauta caído. BajAmar Editores, 2026.

Imagen: Kamil Mullashev. La mañana, 1996.

domingo, 9 de agosto de 2026

[Nadie dio por supuesto]


 

Nadie dio por supuesto

que la forma más simple

de la superstición

sustituyera

el pan, el agua, los abrazos.

Cuando se dieron cuenta,

ya no eran.

 

 

Conrado Santamaría. Tanteos.

Imagen: Keith Alexander. Desert Landscape, 1983.