
En mi última misiva, la del
9 de marzo, le contaba de mi nueva vida, de mis embates en un sistema
universitario más interesado en la producción cuantitativa que en su
responsabilidad social. Hacia la mitad del escrito, que era largo, le contaba
también que había ido al cine a ver Camille
Claudel, “una escultora de la que Rodin se alimentó por años y que
finalmente fue recluida por treinta años en una clínica de salud mental. En
vida nadie la reconoció y su obra no empezó a tener reconocimiento sino hasta
los ochenta. La película me impresionó por muchas cosas, por la vocación
enfebrecida de Camille, por el cuidado del padre por lo que llamaba los
talentos de Camille, y obviamente por su destrucción. Creo que muchas mujeres
hemos creído que nuestro final como creadoras es la destrucción como bomba
romántica. Yo me llené de rabia por ese crimen, y por tantos otros que ni
siquiera vislumbramos, y me convencí que, al salirme de México, yo iba
escapando de esas voces que te animan: ahí está el vacío, ¿no lo ves? Tírate.
Aviéntate al abismo. Porque yo no quiero para mí ni para ti, ni para nadie, un
final así; porque la destrucción y el desencanto no son un romanticismo
ardiente sino un romanticismo asesino. Porque estamos aquí, sí, llenas de
talentos, no para alimentar la maestría vampírica de otros, ni para caer ciegas
en el abismo de la locura, ni para cargar una piedra como San Jerónimo. Estamos
aquí con el peso encantado de la existencia y la ligereza, la ligereza plácida
del sueño, porque tenemos muchas cosas por decir, hacer, pensar, repensar,
recrear; porque nuestro punto de vista es nuevo para una historia que lo ha
negado, usurpado, ciento de millones de veces; porque tenemos que decir: ¡Ya
basta! Ni el dogma ni el amor, ni el de la fama, ni el del dinero van a poder
destrozar algo mucho más firme e inocente a la vez, el deseo insensato, tímido,
arrebatado por vivir, por vivir y por crear otro vivir, algo más hermoso, algo
más justo. Para eso es la voz y la mano”.
Cristina Rivera Garza. El invencible verano de Lilliana. Random
House, 2021.
Imagen: Duane Michals