Una tortuga centenaria tarda
varios años en atravesar
el océano. En tierra cría
los líquenes más hermosos
en su caparazón.
En los barrios
en cuesta ahora hay
ascensores
urbanos. La tortuga en su
siesta
de siglos reza despacio al
dios
que tendrá que esperar,
porque
el mundo es un lugar de
horror
y devastación y la historia
es incapaz de describirlo
con clemencia.
El ascensor
sirve de dormitorio a un
hombre joven
―deja sus zapatos fuera de
la cabina―
aún de noche pasan los
transeúntes,
un insecto recorre mi manga
para recordarme que la
pequeñez
no es inexistencia, antes al
contrario.
La tortuga añosa trae
consigo el eco
de los muertos míos ―la
nieve
en el pinsapo, las cuestas
que oscurecen
el recuerdo al niño. ¿Es
aquí dónde
el ángel dice que la muerte
es mía
y que dios debe esperar,
porque el tiempo
ya no es suyo, es de las
entidades
financieras, o de una
tortuga marina?
[con Antonio
Orihuela]
Pablo Müller. En
Voces del Extremo: Poesía y Memoria. Burgos – Gamonal. VV. AA.
Coordinación: Amalia García Fuertes y Conrado Santamaría Bastida. Ediciones
Cimarrón, 2026.
Imagen:
Sebastião Salgado. Tortuga gigante, Galápagos, Ecuador, 2004.