Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas
las cosas,
digo yo.
Alguien debe echar los
escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de
cadáveres.
Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar
una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un cristal en
la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso de fotogénico tiene poco,
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido
ya
a otra guerra.
A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas
jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las
manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en
su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la
herrumbre,
y los lleve al montón de la
basura.
Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente
nada.
En la hierba, que cubra
causas y consecuencias,
seguro que habrá alguien
tumbado,
con una espiga entre los
dientes,
mirando las nubes.
Wislawa Szymborska. Fin y principio, 1993. En El gran número. Fin y principio y otros
poemas. Hiperión, 2010. Edición: Maria Filipowicz-Rudek y Juan Carlos
Vidal. Estudio introductorio: Małgorzata Baranowska. Traducción: Abel A. Murcia
Soriano.
Imagen: Helene Weigel en Madre Coraje y sus hijos, de Bertolt
Brecht.