El cuadro de tu alcoba,
Yakky, no tiene santo porque se ha gastado de tanto mirarlo…, porque el roce de
tantos besos calientes prodigados por tus férvidos labios ha deslavado la
imagen.
¡Qué bello y original es el
cuadro vacío de tu alcoba!
Además goza de un privilegio
singular: ¡tu fantasía y tus sueños le renuevan cada noche, cuando cansado de
pisar girasoles y aventar tréboles te vas al lecho…!
Y te acuestas feliz, Yakky,
porque la noche que cuenta historias a los oídos hechos ventana te toma de su
mano.
Al alba, cuando la
inspiración madrugadora refresca los matices de la vida, abandonas tu lecho, tu
alcoba, no sin antes ver en tu cuadro, con fantasía matutina, la procesión de
vestales vendimiadoras que, ornadas con pámpanos dulces y hollejos de garnacha,
corretean por los arrastraderos indiferentes al paso del fermento ladino que,
emparentado con la pelusilla de una cepa reumática, elaborará el primer caldo
para brindar por la perpetuidad de las vides, de la elocuencia… de la vida…
Cuando naciste, Yakky,
aquella tarde en que se perdió la reina que iba a cazar mirlos al puente verde
“aventanado” con jambas bebedoras del añil del estero…, entonces, perro
“amauta”, el cuadro de tu alcoba lo vio todo.
Él fue el testigo silente de
lo jubiloso y de lo triste…
Él, profeta y visionario,
vivió la intimidad de tu hogar.
El cuadro de tu alcoba,
Yakky, casi, casi que es la mismísima madre que te parió.
¡Un momento, Yakky!
Tienes alcoba; y yo creía
que dormías en una leñera.
Carjosán. Yo patullo con mi chusquel Yakky. Sin
datos de lugar ni fecha de edición.
Imagen: Paulus Potter. Perro encadenado, 1653-54.