Como mis años se van, a
buena cuenta, acabando
y cada vez sé menos qué es
lo que me ha pasado,
me quiero hablar a mí mismo,
a ver si nos aclaramos
el uno, el otro o quien sea
el que habla y al que le hablo.
Bien pueden salirme del
pecho y aun asomarme a los labios
y hasta escurrir por la
pluma o cantar por teclas a ratos
de máquina de escribir los
dos o más o los tantos
que haya en mí, que ninguno
tendrá, confío, el descaro
de pretender ser yo de
verdad. ¿No estamos acaso
hartos de hablar uno y otro,
y decirnos y preguntarnos
y maldecirnos a veces el uno
al otro? Pues, vamos,
déjate hablar: pueblo somos
y pueblo es nuestro dïálogo,
¿verdad? Ya sé que esta
lengua en la que estamos hablando
es un idioma, una lengua
entre lenguas, y por lo tanto
no es la lengua común; pero,
dejándote, al paso,
hablar como sin saber, puede
ser que demos con algo
no propio de nadie;
adelante, y que no me importe ni rábano
saber por dónde empezar:
cuando éramos un muchacho,
sí te creías que había que
preparar con cuidado
el plan de la pieza o
función, para luego desarrollarlo;
pero, ay, que tanto la vida
nos ha batido y breado
que ya, si una vez, y entre
público a más, a hablar nos echamos
sin casi saber qué a va a
ser, resulta que, por milagro,
todo nos sale en un orden de
sobra lúcido y claro,
que, puesto que yo no lo
rijo y a mí me asombra, por tanto
debe de ser el orden que
ello andaba buscando.
No es fácil dejarse hablar,
y a fe que cuesta trabajo
no trabajar; pero eso es el
arte, y tú sabes por bajo
que tú no eres tú: una
máquina ciega está palpitando
en tus corazones o míos o
los de Fulano o Zutano;
y, si al hacer lo que sea me
empeño en ser yo el que lo hago,
no hago sino estorbar,
¡Quitad de ahí ya, poetastros,
igual que Dios creadores,
igual de vanos y falsos.
Agustín García Calvo. Y más aún. Canciones y otros juegos.
Lucina, 2008.
Imagen: Benjamin Haydon. Wordsworth on Helvellyn, 1842.