Stalingrado…
¡Después de Madrid y de
Londres, todavía hay grandes ciudades!
El mundo no se acabó, porque
entre las ruinas
otros hombres surgen, la
cara negra de polvo y de pólvora,
y el hálito salvaje de la
libertad
dilata sus pechos,
Stalingrado,
sus pechos que estallan y
caen
mientras otros, vengadores,
se levantan.
La poesía huyó de los
libros, ahora está en los periódicos.
Los telegramas de Moscú
repiten a Homero.
Pero Homero es viejo. Los
telegramas cantan un mundo nuevo
que nosotros, en la
oscuridad, ignorábamos.
Fuimos a encontrarlo en ti,
ciudad destruida,
en la paz de tus calles
muertas pero no rendidas,
en tu resuello de vida más
fuerte que el estruendo de las bombas,
en tu fría voluntad de
resistir.
Saber que resistes.
Que mientras dormimos,
comemos y trabajamos, resistes.
Que mientras abrimos el
periódico por la mañana tu nombre (en oro oculto) estará firme en lo alto de la
página.
Habrá costado miles de
hombres, tanques y aviones, más valió la pena.
Saber que vigilas,
Stalingrado,
sobre nuestras cabezas,
nuestras prevenciones y nuestros confusos pensamientos distantes
da un enorme aliento al alma
desesperada
y al corazón que duda.
¡Stalingrado, miserable
monte de escombros, mientras tanto resplandeciente!
Las bellas ciudades del
mundo te contemplan con pasmo y silencio.
Débiles frente a tu pavoroso
poder,
mezquinas en su esplendor de
mármoles a salvo y ríos no profanados,
las pobres y prudentes
ciudades, otrora gloriosas, entregadas sin lucha,
aprenden contigo el gesto de
fuego.
También ellas pueden
esperar.
¡Stalingrado, cuántas
esperanzas!
¡Qué flores, qué cristales y
músicas tu nombre nos derrama!
¡Qué felicidad brota de tus
casas!
De unas apenas queda la
escalera llena de cuerpos;
de otras el tubo del gas, el
grifo, un orinal de niño.
No hay más libros para leer
ni teatros funcionando ni trabajo en las fábricas,
todos murieron, quedaron
mutilados, los últimos defienden pedazos negros de pared,
pero la vida en ti es
prodigiosa y bulle como insectos al sol,
¡oh, mi loca Stalingrado!
A tanta distancia busco,
indago, huelo destrozos sangrientos,
palpo las formas
desmanteladas de tu cuerpo,
camino solitariamente por
tus calles donde hay manos sueltas y relojes partidos,
te
siento como una criatura humana, y ¿qué eres tú, Stalingrado, sino eso?
Una
criatura que no quiere morir y combate,
contra
el cielo, el agua, el metal la criatura combate,
contra
millones de brazos e ingenios mecánicos la criatura combate,
contra
el frío, el hambre, la noche, contra la muerte la criatura combate,
y
vence.
¡Las
ciudades pueden vencer, Stalingrado!
Pienso
en las victorias de las ciudades, que por ahora es apenas una humareda subiendo
del Volga.
Pienso
en el collar de ciudades, que se amarán y se defenderán contra todo.
En
tu suelo calcinado donde se pudren cadáveres,
la
gran Ciudad de mañana erguirá su Orden.
CARTA A STALINGRADO
Stalingrado…
Depois
de Madri e de Londres, ainda há grandes cidades!
O
mundo não acabou, pois que entre as ruínas
outros
homens surgem, a face negra de pó e de pólvora,
e o
hálito selvagem da liberdade
dilata
os seus peitos, Stalingrado,
seus
peitos que estalam e caem
enquanto
outros, vingadores, se elevam.
A
poesia fugiu dos livros, agora está nos jornais.
Os
telegramas de Moscou repetem Homero.
Mas
Homero é velho. Os telegramas cantam um mundo novo
que
nós, na escuridão, ignorávamos.
Fomos
encontra-lo em ti, cidade destruída,
na
paz de tuas ruas mas não conformadas,
no
teu arquejo de vida mais forte que o estouro das bombas,
na
tua fria vontade de resistir.
Saber
que resistes.
Que
enquanto dormimos, comemos e trabalhamos, resistes.
Que
quando abrirmos o jornal pela manhã teu nome (em ouro oculto) estará firme no
alto da página.
Terá
custado milhares de homens, tanques e aviões, mas valeu a pena.
Saber
que vigias, Stalingrado,
sobre
nossas cabeças, nossas prevenções e nossos confusos pensamentos distantes
dá
um enorme alento à alma desesperada
e ao
coração que duvida.
Stalingrado,
miserável monte de escombros, entretanto resplandecente!
As
belas cidades do mundo contemplam-te em pasmo e silêncio.
Débeis
em face do teu pavoroso poder,
mesquinhas
no seu esplendor de mármores salvos e rios não profanados,
as
pobres e prudentes cidades, outrora gloriosas, entregues sem luta,
aprendem
contigo o gesto de fogo,
Também
elas podem esperar.
Stalingrado,
quantas esperanças!
Que
flores, que cristais e músicas o teu nome nos derrama!
Que
felicidade brota de tuas casas!
De
umas apenas resta a escada cheia de corpos;
de
outras o cano de gás, a torneira, uma bacia de criança.
Não
há mais livros para ler nem teatros funcionando nem trabalho nas fábricas,
todos
morreram, estropiaram-se, os últimos defendem pedaços negros de parede,
mas
a vida em ti é prodigiosa e pulula como insetos ao sol,
ó
minha louca Stalingrado!
A
tamanha distância procuro, indago, cheiro destroços sangrentos,
apalpo
as formas desmanteladas de teu corpo,
caminho
solitariamente em tuas ruas onde há mãos soltas e relógios partidos,
sinto-te
como uma criatura humana, e que és tu, Stalingrado, senão isto?
Uma
criatura que não quer morrer e combate,
contra
o céu, a água, o metal a criatura combate,
contra
milhões de braços e engenhos mecânicos a criatura combate,
contra
o frio, a fome, à noite, contra a morte a criatura combate,
e
vence.
As
cidades podem vencer, Stalingrado!
Penso
na vitória das cidades, que por enquanto é apenas uma fumaça subindo do Volga.
Penso
no colar das cidades, que se amarão e se defenderão contra tudo.
Em
teu chão calcinado onde apodrecem cadáveres,
a
grande Cidade de amanhã erguerá a sua Ordem.
Carlos Drummond de Andrade. A rosa do povo, 1945. Traducción:
Conrado Santamaría.
Imagen: Emmanuel Evzerihin.
Stalingrado, 1942.