IV
Supe que los poetas
no entramos en los planes de
ningún Estado
pero si entramos es porque
vas a ser premiado o castigado
y conviene no engañar ni
engañarse con esto.
Supe que la mentira
frecuenta al tirano, sonríe al capital,
vive en palacios de lujo
mientras languidece la verdad
en un cuarto oscuro.
Supe que solo el que duda
crece
aunque habría que preguntar
en qué dirección.
Supe de los abismos que se
abren
a quien busca conocer la
verdad,
sus inventadas vísceras, su
vivir onírico, su finitud, su belleza,
su pubertad.
Supe que una palabra no debe
ser nunca más grande
que la persona que la
pronuncia.
Supe que es imposible
reparar en los demás
si solo te ves a ti mismo en
todas partes.
Supe del pesado carro de la
idolatría
y su oscuro séquito de
vanidades.
Supe que ahorrar tiempo en
realidad significaba no escuchar,
no cuidar, no amar,
desatender la propia vida.
Supe del tiempo perdido, los
golpes, las cadenas,
el veneno de las patrias,
los trapos sucios, las máscaras,
el desamparo en las ciudades
atascadas de coches.
Supe de la nieve de la
televisión
de la que todos estamos
hechos.
Supe que la sociedad de
consumo no entiende de vecinos.
Supe de maestros en el arte
de comprar y vender
pero no de vivir.
Supe del reloj cuando tuve
que vender mi tiempo.
Supe de las colas del paro,
trabajos basura, suburbios infames,
callejones sin salida,
banderas violetas y arcoíris,
ideas que no prendían, ni
hacían llama,
ni eran capaces de conectar
con las razones que un día
las hicieron arder.
Supe del veneno del trabajo,
la precariedad, la explotación
y de la pescadilla que se
muerde la cola.
Supe que los pobres no
tienen derecho a no hacer nada.
Supe del desvelo, el dolor
de espalda, las horas extras
y la retórica de las
limosnas en bares, cocinas,
hoteles, resorts de lujo y
piscinas climatizadas.
Supe que la mayor parte de
la gente realiza trabajos absurdos
que le permiten comprar
cosas inútiles que no necesitan.
Supe que la hipoteca que
uncía al cuello
también se llamaba
epicondilitis, dermatitis
y síndrome del túnel
carpiano.
Supe que hay dolores que los
decide una cuenta corriente,
un código postal, el
llamarse García Pérez
en una lista de espera
interminable.
Supe de los prescindibles,
los intercambiables,
los que carecen de sonoros
apellidos,
los que no saben de
genealogías
pero sí de lumbalgias,
artrosis, bursitis,
horas descontadas,
escombros.
Supe del mendigo que soñaba
con cigarras
y almendras en flor
mientras nevaba fuera de su
flauta de juguete.
Supe de tragadores de sables
fichando a las ocho de la mañana.
Supe de los pantalones del
obrero colgados de la cuerda
del contrato basura.
Supe que el papel de las
madres, las kelis, los camareros,
las cocineras y los
basureros era no dejar rastro de su trabajo.
Supe de gorras con la visera
puesta en el cogote,
argollas en la nariz,
peinados ridículos
y tatuajes absurdos.
Supe que los pobres se
muerden entre ellos
porque nunca han visto a un
rico que poder llevarse a la boca.
Supe que los trabajadores no
se emanciparían
mientras siguieran hablando
el lenguaje del amo.
Supe de los robados
aplaudiendo a los ladrones,
de los engañados aplaudiendo
a los mentirosos,
de los pobres aplaudiendo a
los ricos,
y supe que ninguno de ellos
cambiaría el mundo.
Supe de rostros eléctricos,
devastados, nerviosos, sofocados,
yendo a ninguna parte,
viniendo de ningún lado,
corriendo en círculos porque
hay que seguir convirtiendo
el tiempo en dinero.
Supe que no hay nada como el
dinero para drenar la disidencia.
Supe de la codicia y el
lucro sentados a los grandes festines
de la política y el crimen.
Supe que las puertas
giratorias se levantan
sobre la arquitectura
jurídica de la impunidad.
Supe que los que llevan corbata
y traje cruzado
jamás sufren un golpe de
calor,
mueren por la explosión de
un horno
en una planta de amoniaco,
electrocutados en un taller
de confección clandestino,
envenenados por la
inhalación de gases tóxicos
mientras fumigan en un
invernadero de Almería.
Supe que el dinero es el
robo
y el sistema un latrocinio
donde todos somos policías.
Supe que, en democracia y en
el casino, siempre gana la banca.
Supe que la alcantarilla es
la cúpula del Estado.
Supe que los Estados nacen
del desigual reparto de fuerzas
entre héroes y sátrapas,
mártires y canallas, poetas y asesinos.
Supe que puedes elegir entre
mil cadenas de televisión
pero un solo modelo de
sociedad.
Supe que cuando la
democracia no les queda
como ellos quieren
los poderosos recurren al
golpe de Estado.
Supe que en algunos poetas
hay tanta verdad
como en un anuncio de crema
rejuvenecedora,
y que otros quieren decir
rabia y les sale consomé.
Supe que detrás del poder
se esconden los dueños de
las pesadillas
y los constructores de
tramoyas.
Supe que todo el programa de
la izquierda
se reduce a espolvorear con
azúcar glas la mierda.
Supe que el skyline de Nueva
York
está sostenido por la
ambición humana.
Supe que el American Way of
Life
está construido sobre la pobreza,
la psicosis y la inmigración.
Supe que ya es otoño en El
Corte Inglés
y en la primavera árabe.
Supe que el todo incluido no
es solo una forma de viajar
sino el fatuo sueño húmedo
del capitalismo.
Supe que la memora se mide
en gigas
porque nadie quiere ver la
sangre del Congo
en la pantalla del móvil.
Supe que quienes extienden
carnets de caridad
son los mismos que fabrican
la miseria.
Supe de dictadores y
criminales
a los que la gente jaleaba y
aplaudía
pidiéndoles más sangre.
Supe de vendedores de humo
convertidos en líderes supremos,
grandes timoneles y
padrecitos salvadores de la patria.
Supe de la fe que profesa el
pueblo
a toda religión que prometa
opio.
Supe que en el partido no
caben los problemas personales
y en la clase de autoayuda
no cabe el mundo.
Supe que a los famosos les
acompañan groupies,
vítores, gonorreas,
desmayos,
armarios emplumados,
aplausos, lipotimias,
pancartas, banderas, himnos,
megafonía,
pero jamás un libro.
Supe que a diario se
desahucia, se aplica democracia
y se reparte constitución.
Supe negarme al ojo por ojo
pero sé que la ceguera es
creer en la justicia de los poderosos.
Supe que solo se requisa un
diez por ciento de todo lo que entra
pero eso justifica pagar
trescientos mil guripas
y tener cien mil presos en
las cárceles españolas.
Supe que la alfombra roja
esconde los cadáveres de la
razón de Estado.
Supe que Patricia Heras no
fue a aquella fiesta
ni a ninguna otra.
Supe de Sacco y Vanzetti,
de Salvador Seguí y Agustina
La Zapatera,
de Remedios La Mota y
Matilde Landa,
y todos los muertos sin
justicia.
Supe que en España todo
había estado bien,
desde los paseos en la noche
al olor a incienso y los
titulares de prensa,
y por eso nuestra historia
es tan extraña.
Supe que es posible pasar
del feudalismo al PER
haciendo, de paso, hija
adoptiva de Andalucía
a una duquesa.
Supe que hay que votar a
nadie
porque nadie cumple.
Supe que mientras los
obreros celebren el 1º de mayo
seremos pobres.
Supe que los esclavos deben
ser liberados de uno en uno
y por sí mismos.
Supe del perro que se ahoga
con su cadena en la ilusión
de llegar un día a alcanzar
el mendrugo.
Supe del ejército que se
ponía en marcha cada día
para sufrir una nueva
derrota a manos del capitalismo.
Supe de los gigantes de
hormigón con luces en las ventanitas
detrás de las que se vivían
vidas sin interés alguno.
Supe de teléfonos más
inteligentes
que las personas que los
usan.
Supe de niños arrastrados a
la escuela entre lágrimas
y adultos arrastrándose al
trabajo entre lagañas.
Supe de personas que
estallaban
y de otras que iban
puliéndose con el roce de lo cotidiano
hasta que no quedaba nada de
ellas.
Supe cómo los que lo
producían todo y todo lo sufrían
no dudaban en desangrarse
para que la humanidad no
sangre.
Supe de las miradas de perro
apaleado frente a las concertinas
en el eterno tránsito de los
que huyen.
Supe que el muro empezaba en
Melilla,
seguía en el Telediario
y terminaba delante de mi
plato de sopa.
Supe que el miedo del que
cena caliente
se alimenta de los
hambrientos que le rodean.
Supe que los inmigrantes con
que nos cruzamos
no sienten ni padecen, no
existen, son nada,
y la nada es gratis, mano de
obra perfecta.
Supe que preferimos rescatar
bancos a rescatar pateras.
Supe que cincuenta mil palestinos
muertos
caben en una sola línea.
Supe que tras cada diluvio
crece el negocio de los paraguas.
Supe que cuanto más
satisfecho está un pueblo
más le acechan los
monstruos.
Supe que cuanto más atado
está el cerebro
menos miedo hay de que se
escape el cuerpo.
Supe de frutos tratados con
Aldrin,
Glisofato y
Hexaclorobenceno.
Supe que una camiseta, antes
de estrenarla,
recorre nueve mil
kilómetros.
Supe que matan por el litio
como antes por el azafrán o
la canela,
que matan por el lantano
como antes por la púrpura o
la pimienta,
que matan por el coltán
como antes por tulipanes o
clavo.
Supe de la pérdida masiva de
biodiversidad,
del calentamiento global,
del agotamiento de minerales
y fuentes de energía,
de la contaminación masiva
de sumideros,
y me pregunté si en un
futuro así
la vida merecería ser
vivida.
Supe que llora el hielo y
pierde el coral sus colores,
que está exhausta la tierra
y se asfixia el cielo,
que grita el mar y que no
escucha nadie.
Supe de árboles talados y
pájaros silenciados
en nombre del lucro y del
olvido.
Supe que nos inyectan miedo
para que reclamemos vigilancia.
Supe que la censura es el
consenso tácito sobre lo correcto.
Supe que paz significa
docilidad, cultura espectáculo,
libertad cerveza, seguridad
represión, y pueblo
banda de zarrapastrosos que
hay que distraer, vigilar y temer.
Supe que a quienes viven
atornillados
a las satisfacciones del
consumo
no se les puede hablar de
huelga,
absentismo o beligerancia
política.
Supe que denunciar lo que
todo el mundo sabe
solo sirve para aumentar la
indiferencia
sobre lo que todo el mundo
sabe.
Supe que la mayoría no
quiere destruir el capitalismo
sino instalarse mejor en su
seno.
Supe que cuando menos se
comparte la riqueza
más crece el sufrimiento.
Supe que es imposible vivir
en el primer mundo
y pretender mantener las
manos limpias.
Supe que vivir en los
márgenes
es vivir más lejos del poder
y más cerca de la salida.
Supe que cambiar de partido
que nos gobierne
es condenarnos eternamente a
engordar gente
que llegaría al poder pobre,
flaca y con hambre.
Supe que quienes militan en
la acción directa
reciben represión directa.
Supe de los que producían
relatos, lemas y logotipos
que negaban otra vida
posible, más sencilla,
más rica en relaciones que
en mercancías.
Supe que las reglas del
juego también pueden estar en juego.
Supe de manos que
desentierran lo que no existe,
juntan caminos, ondulan el
agua, unen el hueso,
construyen la casa que
somos.
Supe que la solidaridad
abriga
si además de conciencia
tiene ampollas en las manos.
Supe que fue inútil intrigar
contra el capitalismo
para mantener la pureza del
aire,
la dignidad de los otros,
la espesura del bosque.
Supe que cuando ganemos la
guerra contra la naturaleza
nos habremos derrotado
completamente.
Supe que la Anarquía no es
hija de la Historia
sino de las cocineras, las
lavanderas y las costureras.
Supe que de nada servía
escribir libros de Historia
si los de abajo no eran los
propietarios del papel y la tinta.
Supe que el camino del
cambio es más largo, más trabajoso,
más anónimo, menos brillante
y, sobre todo,
que no puede ser obra de
unos pocos.
Supe de huelgas, de
pancartas, de la gente empujando
por cambiar las cosas,
compartir el pan, el bosque, la casa.
Supe del apoyo mutuo, la
familia extendida, la afinidad
que iguala y embellece.
Supe que el gran poema es un
plato de sopa
que ni se acaba ni se queda
fría.
Supe que mereció la pena
estar de este lado,
que fue más ingrato, menos
vistoso
pero también más necesario.
Supe que lo intentamos, que
fracasamos,
que lo volveremos a
intentar,
porque nosotros sostenemos
un orden combativo de las
cosas.
Supe que el objetivo no es
descubrir lo que somos
sino rechazar lo que somos.
Supe que aunque nadie lea
poesía
alguien continuará
escribiendo versos
y viviendo entre cartones.
Antonio Orihuela. En la ceremonia de la cremación de Antonio
Orihuela. Páramo, 2026.
Imagen: Horacio Ferrer de
Morgado. La pequeña anarquista, 1927.