martes, 31 de mayo de 2022

FARMACIA


 

Mi madre, pensionista, sale de la farmacia.

Acaban de cobrarle veinte euros por las recetas.

Saca del bolso un boli y un papel

donde lleva la lista de la compra

y va tachando el brócoli, la fruta y el pescado.

Hoy tomará Enalapril

para que siga bombeando el corazón.

Metformina para la diabetes.

Singulair para mejorar su respiración.

Y se pondrá en los ojos Xalatán

para poder ver más claro

dónde van a parar esos veinte euros

que le roban en nombre de la ley.

 

 

Begoña Abad. En Poesía en defensa de la Sanidad Pública. Voces del Extremo y Marea Blanca en Sevilla. Amargord, 2022.

Imagen: Alexey Titarenko

lunes, 30 de mayo de 2022

Alguien canta


 

A Obdulio Barthe

 

Bajo los cielos ásperos

sobre la tierra violenta

alguien canta.

 

Allí donde jamás avisa el día

ni existe un atisbo de los ruiseñores,

alguien canta.

 

Allí donde el silencio

se rompe solo a gritos

y las palabras de amor

se dicen en secreto,

alguien canta.

 

Allí donde los hombres están desnudos

y amarrados a los cepos,

alguien canta.

 

Frente al pelotón de los fusilamientos,

alguien canta.

 

¡Escucha!

¡Levántate!

 

Alguien canta.

 

 

Carmen Soler. En Entre los poetas míos… Carmen Soler. Cuaderno nº. 70 de Poesía Social. Biblioteca Omegalfa, 2014.

Imagen: Paolo Pellegrin

domingo, 29 de mayo de 2022

VIDA DE LAS HORMIGAS


 

De niño descubrió en El tesoro de la juventud instrucciones para construir un formicario. Lo hizo y pasó las tardes de muchos años observando en corte transversal la vida de las hormigas. Fue un gran entretenimiento que aguzó su inteligencia. Hoy es jefe de «inteligencia». Conoce todos los secretos, lee todas las cartas, escucha todas las conversaciones telefónicas. Para él la ciudad es un formicario. Puede aplastar a todos como hormigas.

 

José Emilio Pacheco. Desde entonces, 1975-1978. En Islas a la deriva. Poesía III (1973-1978). Visor, 2011.

Imagen: Yutaka Takanashi

sábado, 28 de mayo de 2022

[Fantasmagórico presente]


 

Fantasmagórico presente del que surge un futuro perpetuamente aplazado.

 

Juan Carlos Lazaga. Ver es haber visto.

Imagen: Kay Sage

viernes, 27 de mayo de 2022

Convicción


 

Puedo asegurarlo:

llegará un día en que los hombres,

al grito de “rompan filas” que sonará en los cinco continentes,

se desharán para siempre de la guerra:

mas esa paz no se obtendrá

blandiendo una bandera blanca,

un harapo de aurora,

entre dos o más oscuridades en pugna.

Ni regalando manojos de palomas

al traficante de armas,

o cantándole canciones de cuna

a la niña de sus ojos.

Ni soltando parvadas de preces

para horadar la cerilla

de la divina sordera.

La manera de conquistarla,

y de poner los cimientos,

las raíces del milagro,

del otro mundo que es posible,

tiene que ver con la toma de conciencia,

la metamorfosis, la inconformidad

de la mano.

 

La mano puede hallarse ahí, sobre el brazo del sillón,

sin hacer nada, fingiendo inexistencia,

puede tomar un serrucho y practicar con él

las cuatro operaciones aritméticas básicas.

Puede sacarle punta al lápiz

para que de nuevo relampaguee

la poesía.

Puede saltar a la guitarra, como mi hijo Guillermo,

para ir dejando poco a poco en libertad

el concentrado de aves

que encarcelan las cuerdas en su entraña.

Mas para conquistar la paz

es preciso que la mano haga violencia sobre sí misma,

se transmude en piedra,

en mazo,

en granada,

en sorpresa conspirativa,

que crezca no sólo al tamaño de nuestro odio

sino que exceda la fuerza del adversario.

 

¿Que un poema no es una bazuca?

¿Que el sudor ennegrecido por la faena

no puede ser comparado,

ni torciéndole el brazo a la metáfora,

con la polvora?

¿Que lo ideal no puede nada,

lo que se dice nada,

contra la férrea obcecación

de una fortaleza?

Quién lo duda. No somos tan ingenuos.

Pero hay valentías, maneras de organizarse,

cuentas pendientes, desesperaciones sin marcha atrás,

solidaridad de géneros, granitos de arena,

inteligencias lucidísimas que piensan

las 24 horas del día en cómo desencadenar

la gran descompostura de lo existente,

hombres y mujeres que están dispuestos a dar todos

sus entresijos,

millones de voluntarios dispuestos a pisotear todos y cada uno

de los relojes que marean el curso del sistema imperante.

 

Las manos pertenecen a esta estirpe.

Las manos vueltas sobre sí, conscientes,

conformando cerebros con sus puños.

Las que aprietan su autonomía

como don del cielo,

las que se hallan encinta,

las que saben qué quieren y a dónde ir.

Las que se empuñan a sí mismas.

Las que toman la forma de primeras piedras

del nuevo mundo.

 

 

Enrique González Rojo Arthur. En Entre los poetas míos… Enrique González Rojo. Colección Antológica de Poesía Social, vol. 143. Biblioteca Omegalfa, 2020.

Imagen: Eugène Laermans. En marche, 1893-1894.