domingo, 14 de enero de 2018

EL PURO NO



El NO

el no inóvulo

el no nonato

el noo

el no poslodocosmos de impuros ceros noes que noan noan

noan

y nooan

y plurimono noan al morbo amorfo noo

no démono

no deo

sin son sin sexo ni órbita

el yerto inóseo noo en unisolo amodulo

sin poros ya sin nodulo

ni yo ni fosa ni hoyo

el macro no ni polvo

el no más nada todo

el puro no

sin no






Oliverio Girondo. En la masmédula, 1953.

Imagen: Gottfried Helnwein. Jana (detalle), 2011.

Rojo



Rojo

Rojo vivo

Rojo al vivo

Rojo de por vida


Pan

Pan echado

Pan comido

Pan ganado


Alambradas

Estacas

Rodillas dobladas

Rodillas heridas


Esperanza

No pasarán!

Han pasado

Hemos sido abandonados

Estamos encerrados







Rouge


Rouge
Rouge vif
Rouge à vif
Rouge à vie

Pain
Pain jeté
Pain mangé
Pain gagné

Barbelés
Piquets
Genoux ployés
Genoux blessés

Espoir
No pasarán!
Ils sont passés
Nous avons été abandonnés
Nous sommes enfermés






Manuelle Parra. En Surada Poética 2017. Residir, Resistir, Recibir. La Vorágine, 2017.

Imagen: Robert Capa. Bram, 1939.

viernes, 12 de enero de 2018

HAY QUE COMPADECERLOS



No saben.

¡Perdonadlos!

No saben lo que han hecho,

lo que hacen,

por qué matan,

por qué hieren las piedras,

masacran los paisajes…

No saben.

No lo saben…

No saben por qué mueren.


Se nutren,

se han nutrido

de hediondas imposturas,

de cancerosos miasmas,

de vocablos sin pulpa,

sin carozo,

sin jugo,

de negras reses de humo,

de canciones en pasta,

de pasionales sombras con voces de ventrílocuo.


Viven

entre lo fétido,

una inquietud de orzuelo,

de vejiga pletórica,

de urticaria florida que cultiva el ayuno,

el sudor estancado,

la iniquidad encinta.


No creen.

No creen en nada

más que en el moco hervido,

en el ideal,

chirriante,

de las aplanadoras,

en las agrias arcadas

que atormentan el éter,

en todas las mentiras

que engendran las matrices de plomo derretido

el papel embobado

y en bobina.


Son blandos,

son de sebo,

de corrompido sebo triturado

por engranajes sádicos,

por ruidos asesinos,

por cuanto escupitajo se esconde en el anónimo,

para hundirles sus uñas de raíces cuadradas

y dotarlos de un alma de trapo de cocina.


Sólo piensas en cifras, en fórmulas, en pesos,

en sacarle provecho hasta a sus excrementos.

Escupen las veredas,

escupen los tranvías,

para eludir las horas

y demostrar que existen.


No pueden rebelarse.

Los empuja la inercia,

el terror,

el engaño,

las plumas sobornadas,

los consorcios sin sexo que ha parido la usura

y que nunca se sacian de fabricar cadáveres.


Se niegan al coloquio del agua con las piedras.

Ignoran el misterio del gusano,

del aire.

Ven las nubes,

la arena,

y no caen de rodillas.

No quedan deslumbrados por vivir entre venas.

Sólo buscan la dicha en las suelas de goma.

Si se acercan a un árbol no es más que para mearlo.

Son capaces de todo con tal de no escucharse,

con tal de no estar solos.


¿Cómo,

cómo sabrían

lo que han hecho,

lo que hacen?


¿Algo tiene de extraño

que deserten del asco,

de la hiel,

del cansancio?


Sólo puede esperarse

que defiendan el plomo,

que mueran por el guano,

que cumplan la proeza

de arrasar lo que encuentren y exterminarlo todo,

para que el hambre extienda sus tapices de esparto

y desate su bolsa ahíta de calambres.


Son ferozmente crueles.

Son ferozmente estúpidos…

pero son inocentes.


¡Hay que compadecerlos!





Oliverio Girondo. Persuasión de los días, 1942.