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miércoles, 25 de diciembre de 2024

Todavía no somos piedras. (Texto de Enrique Sadornil para la presentación del poemario homónimo de Amalia García Fuertes)


 

(…)

Debemos inquietarnos por curar las simientes,

por vendar corazones y escribir el poema

que a todos nos contagie.

(…)

Debemos, pues sabemos, gritar al poderoso,

gritar eso que digo, que hay bastantes viviendo

debajo de las latas con lo puesto y aullando,

y madres que a sus hijos no peinan a diario,

y padres que madrugan y no van al teatro.

Adornar al humilde poniéndole en el hombro nuestro verso;

cantar al que no canta y ayudarle es lo sano.

 

Asediar usureros y con rara paciencia convencerles sin asco.

Trillar en la labranza, bajar a alguna mina;

ser buzo una semana, visitar los asilos,

las cárceles, las ruinas; jugar con los párvulos,

danzar en las leproserías.

 

Poetas, no perdamos el tiempo, trabajemos,

que al corazón le llega poca sangre.

No perdamos el tiempo

Gloria Fuertes

La poesía no es indispensable para el funcionamiento del universo. Tampoco lo explica. Quizás solo habla. Claro, siempre se corre el riesgo de quedarse en un parloteo intelectual o de ser forraje para cumplir el expediente.

Tantas veces nos vamos por las ramas

y olvidamos nuestras raíces…

A veces no hay manera de saber cómo hacerlo. Tal vez comenzar mirando desde fuera, intentar hacer un bosquejo, un apunte del natural.

Este libro podría considerarse un cuaderno de campo, un registro, un archivo personal para tomar la medida al mundo. Indaga, pregunta y duda, y entre las palabras trata de buscar la más certera, para hacerse, y hacerla, responsable.

De ese muro incierto como un puzle,

yo elijo las piezas que descolocar

con ojo clínico.

Pero no es una suma de imágenes, es una declaración de vida, un manifiesto que canta lo posible, un ejercicio de sinceridad que supone un modo de purgación personal, puede que hasta necesario para construir, o reparar, un yo que habla.

Ya no quiero demorarme

en más apuestas,

ni adquirir en un saldo

la mirada o un espejo.

Tampoco se queda en constatar lo obvio y contemplar los entresijos de la realidad. Con una luz libre abre, explora y camina por senderos que desvelan la falsificación de la existencia, desenmascara las imposturas, desarticula la mirada instituida, e interviene. Interviene y se entromete. La poeta no es solo poeta comprometida, sino entrometida. No dice yo estuve, sino yo estoy, y ya que estoy, vamos allá.

¿Por qué no asumir ya el riesgo

de verlo todo en blanco y negro,

de negarse a ver

los grises?

Sensible a los estímulos del mundo, se le hace imposible retraerse al ensimismamiento y mientras el mundo se cae a pedazos,

hasta que el mundo reviente

sigue escarbando en el suelo contaminado, señalando sin miedo, valiente y honesta, y a coro ahora, (no está sola ya esa voz), dos voces desconcertadas, un nosotros que ansía crecer sin fin

no hay premura, pero

el carro que apremia,

gritan a un mundo enfermo.

Nos hicieron creer

que ya nada sería lo mismo

y no, nada es lo mismo. En este despliegue de voces, imágenes, sonidos, objetos, en el vía crucis de estos pobres diablos hay estaciones donde las noticias se vuelven repentinamente más desoladoras. Súbitos escalofríos.

La pesadilla del progreso,

el remolino del abismo,

Podrían ser poemas anecdóticos con sus historias predecibles, suaves y tiernas, pero no, cualquier cosa menos ingenuos, las conexiones son crudas,

un fonendoscopio oxidado

un espéculo sin aliento

una fregona trasparente

ajuste presupuestario

A lo largo del camino, desde aquél país infantil de

me entretengo contando las gotas que estrellan los cristales

al paisaje fracturado de mujeres desconocidas, ¡pero qué familiares!, aparecen gentes que igual no conoces, qué importa, tampoco la niña (…) sabía de Foucault, pero, ¡hostias!, a mi vecina le ocurrió algo parecido, y sigue sin haber luz en la Cañada.

Cada página es un recordatorio salvaje, (no finjas que no puedes verlo), de que el mundo sucede a ras de suelo.

En este libro

Es lo que hay:

cosas normales, cuchillos, y árboles, y cercados, y un golpe de calor, y cadáveres, y un chaleco salvavidas, y algunas hogueras, y camas de hospital, y dientes de leche, y desahuciadas, y un reino donde no hay castillos ni princesas, bueno sí, hay una que

en la mesa no encuentra más que pollo y lechuga

aunque ella por lo que

suspira (es) por un plato de rabas.

La crónica cotidiana se encuentra con la poesía para crear un mosaico de gestos que nos confronta y nos insta a mirar, a escuchar, a cuidar, a través de una voz a veces tierna y rota, a veces airada y feroz, pero siempre inquebrantable.

Debajo de todas las camas de un hospital

hay un bosque creciendo, una playa tendida, la belleza de la verdad

No, nadie cree realmente que la poesía sea indispensable para el funcionamiento del universo, pero no hay aquí poema que deje el mundo intacto, que no es poco.

Así, no es de extrañar, que allá en Moguer las Voces del Extremo decidieran vestirles con ese Antzinako bihotz (Corazón arcaico), premio que toma su nombre de un poema de Bernardo Atxaga y que cantó Mikel Laboa porque esta es

bihotz-erdiragarri poesia

poesía desgarradora

bihotza eskuan egindako

poesía hecha con el corazón en la mano

Arcaico corazón

Bernardo Atxaga

Tú, que eres como una casa hecha de arcilla:

Pequeña, frágil, de cuatro habitaciones;

Tú, que te llenas de fantasmas, y que te asustas, y que lloras, cuando llega la noche;

Tú, que en la oscuridad te haces pedazos como una hucha arrojada contra el suelo;

Tú, arcaico corazón, mira por la ventana, mira hacia ese bosque que ya reverdece.

Tú, que una vez caído gritas palabras en una lengua que yo no comprendo,

Y que dices Der Tod ist ein Meister

Und du, Zur Linken, Des menschen Sinn

Que dices Helian, Einsamen Helian,

Abends grauen flammendes;

Tú, arcaico corazón, entra en ese bosque:

 surgió de la arcilla, como tú.

[La muerte es un maestro

Y tú, tan siniestro]

[Helian, solitario Helian

De noche, gris, de fuego]

Diciembre, 2024

 

Enrique Sadornil

Imagen: Todavía no somos piedras. Ediciones Cimarrón, 2024.

lunes, 29 de mayo de 2017

Si nos perdiéramos con este tiempo (1)



Nadie nos podrá expulsar del paraíso que Cantor ha creado.

David Hilbert


La mañana gira hacia la noche y una mujer se desplaza lenta, pausadamente por el pasillo del supermercado, se deja llevar por la corriente, ahogada entre todos los colores, atravesada por la longitud de las estanterías, con la sonrisa a medio hacer y las manos frías, agarrando una caja de cereales y botes y latas de conservas y una bolsa de patatas que aplasta ligeramente y cruje y que siente como sus huesos y llega a una cola y coge un número de un expendedor de turnos y espera, como otras mujeres, y se miran y algunas hablan, y otras vuelven la mirada, y pasan y esperan y ella trata de memorizar su número sin saber por qué, y sin saber por qué cierra los ojos y se recuerda en el cine antes de que comience la película con la mano entrelazada a la de él, pero la película no empieza y los turnos van pasando y la oscuridad es más oscura, y aprieta su número, como si fuese la entrada del cine y desea que comience la proyección y que se acabe esta oscuridad, y dentro de ella nace algo y no sabe qué es y sujeta el número cada vez más fuerte –una historia está a punto de ocurrir– y no quiere abrir los ojos, aunque le asuste, aunque el crimen esté a punto de cometerse, aunque ya nada tenga que ver con ella misma.





Enrique Sadornil. En Haciendo, haciendo. Once maneras de mirar de frente. El Perdigón, 2017.

Imagen: Helena Almeida. Óyeme, 1979.

martes, 14 de junio de 2016

Brotan orquídeas de las cenizas. Enrique Sadornil. Texto de presentación del poemario "De vivos es nuestro juego" en Burgos


Llegan
y bañan de luz la noche
hogueras en los escombros.
Amanece y parten.
Brotan orquídeas de las cenizas.

Presentar un libro, y de poemas. ¡Hostia tú! Y uno de alguien al que ha reseñado Antonio Crespo, poeta valiente como nadie en la denuncia del olvido, indagador en la memoria. Presentar un libro de alguien al que ha prologado Antonio Orihuela, cuya obra socava y agrieta los discursos dominantes. Que entiende la poesía como incendio que "no da para comer da para arder". Y Conrado hace eso y "arde en ella". El "Cancionero (de escombros con hoguera)" ya era para Orihuela "el lugar donde las gargantas se descubren compañeras (...) donde se encienden los corazones para gritar a una contra la injusticia, contra el silencio y la explotación que nos hacen los de arriba". "De vivos es nuestro juego" continúa la convocatoria.

Ahora que parece que nos quieren ausentes, encerrados, mudos. Que parece que nos quieran arrojar a un pozo y alimentarnos con un cigoñal dulce pero de hiel. Ahora que "desde el fondo del pozo solo se ve un pedazo de cielo a veces gris a veces negro"*es necesario salir, dejarnos las uñas y la piel, saltar el brocal y partir sin miedo, con coraje y acudir a la llamada de Conrado. Porque es nuestro juego, el de los vivos. No es su juego.

En el prólogo, José Antonio Cerdán declara el libro útil "para curarnos de la cobardía." El libro herramienta, el libro arma. ¿No escuchabais en las plazas "estas son nuestras armas", manos abiertas alzadas al aire y se cantaban versos frente a la indignidad? Conrado sí escuchó y en cada plaza vio una trinchera, en cada plaza un horno. Escuchó, no solo entonces, ya de siempre, al débil y al infame, al perseguido y al cobarde, a las golpeadas y a los usureros. Escuchó, nos lo viene contando desde hace años y nos lo viene a contar ahora...

"A veces uno piensa,
y se percata"

...nos lo viene a contar ahora con una poesía que surge no sé si de la necesidad, pero que se hace inevitable. No sé si de la urgencia, pero que espolea, pues

"Se acabó la fanfarria"

Estos poemas tocan todas las puertas, llaman a las cosas por su nombre, golpean donde duele y sin temor. Y no al tuntún. Sí, Conrado "devuelve el valor a las palabras", y con ello él mismo es el valiente y nos llama a serlo. Se enfrenta. Se sitúa cara a cara, hace frente al enemigo.

Porque lo hace llamando a las cosas por su nombre. Señala. Claro que es más fácil decir que la culpa es de los mercados, que la culpa es de Europa. Conrado no. Conrado lo dice con todas las letras, y como un hierro que marca una res, él con el verso acusador, con el verso denuncia, los marca, como lo que son, sin esconderse, poniéndose delante: Yo.

"Yo me cago en Botín".

Ya véis cómo utiliza la palabra justa. La palabra exacta, la que no tiene ni más ni menos que lo que debe tener 

"Yo me cago en Botín" mierda; 

la palabra debida, la que obliga a corresponder 

"Yo me cago en Botín" toma;

la palabra adecuada, con la que iguala

"Yo me cago en Botín" es lo que eres. 

"Yo me cago en Botín"

o lo que es lo mismo: Botín: eres un mierda.

La palabra adecuada. Un inciso. Para quien no lo sepa, Conrado sabe latín y lo enseña. Adecuada procede del latín ad aequo, hacia lo igual. Y al igualar, al nivelar el fiel de la balanza, hace justicia. La palabra justa.

Y nos llama de nuevo, esta vez desde otra piel, desde otros ojos, desde otro lugar, allí, que si era lejano, desconocido en el Cancionero...

"No dejéis que se parta,
mi dulce amigo,
a riberas extrañas,
quede conmigo.

No dejéis que se zarpe,
mi enamorado,
a los extraños mares,
quede a mi lado."

...si ese allí, era lejano, desconocido, ese allí está ahora más cerca. Ese allí es aquí ahora. Y esos versos de entonces, devienen tragedia por lo inevitable.

"Justo al borde,
ahora que hemos llegado justo al borde"

exactamente aquí, en el sitio justo, reclamamos lo justo, lo que nos corresponde, por justicia, por que somos iguales. Porque nadie más que nadie.

Y aquí, estos hombres, estas mujeres, estas niñas, los hijos de nuestra barbarie, sí, nuestra barbarie, con miles de kilómetros a las espaldas, con llagas en los pies, con la piel quemada, con los ojos ardidos por el escándalo, piden que se abran las puertas, que se suprima el borde, el límite, el extremo. El borde en el que de nuevo contemplan la sinrazón, la vergüenza, el desamparo, el desdén, el olvido

"...y nuestra mano,

justo al borde,

busca otra mano, otra
en que ampararse,

justo al borde

y no hay lugar."

No hay lugar para la justicia, no hay lugar para el compromiso y los de este lado somos en desmesura injustos al borde porque solo entrarán los justos, el número exacto. Ni uno más ni uno menos. Despojados de nombre. Números.

Por eso, a esa mano que busca otra mano, ¿que mano ofreceremos a los que 

"Ya no duermen tranquilos (...) en la tierra de nadie"

a los que 

"pronto llámarán a nuestra puerta"?

¿Pronto? Ya están llamando, pero no estamos. O sí estamos, quizás sordos.

Conrado sí escucha, sí está y nos exhorta de nuevo quizás, eso habrá de decirlo él,

"más cansado que las ratas de un gato

(...)

que el viento de las hojas"

"a abrir la cancela del miedo"

y continuar como ya hiciera antes

"frente a un poder,"

frente a la barbarie en este caso,

"la mirada sostener
y no cejar."

Y ofrece su mano. Y con su mano, ofrece su esperanza, y no se rinde, 

"que sin pausa sigo y sigo".

¿Y nosotros, a esa mano que busca otra mano, qué mano ofreceremos?

Desearía que fuese al menos una mano como la de la "orquídea silvestre", una mano que dice nadie más que nadie.

No te canses, Conrado. No te canses de llamar. No te canses de luchar. Gracias.




* Así comienza Plop de Rafael Pinedo (1954-2006). 160 páginas de gran potecia y uno de los vértices de su tríada sobre “la destrucción de la cultura” junto a Frío y Subte.




Enrique Sadornil