Ahí están, dicen las moscas,
absortas en su danza
prehispánica.
Ahí están, insisten
murmurando
con un zumbido incesante.
Ahí están, apuntan las
moscas como plañideras:
adentro del espanto de esa
noche,
adentro del monte arriba
por el que algún día
corrieron
cuando eran niños.
Ahí están: los sueños
torturados, los pantalones rotos,
un tenis, cuatro plumas, dos
carcajadas,
los vestidos desgarrados,
una libreta.
Las novias que siguen
esperando se preguntan: ¿dónde están?
Ahí están, responden las
moscas
sobrevolando los huesos, el
hedor penetrante de los días,
la esperanza mutilada, el
silencio que gime como un viento desollado.
Ahí están, todos revueltos,
abrazados,
con la juventud brillando
bajo los párpados.
Ahí están, ¡vengan por
ellos!, dicen las moscas
unidas, haciendo guardia al
amanecer.
Ahí están, dicen inquietas,
ambiguas, impotentes,
respirando el olor dulzón de
la carne amarga.
Ahí están, presentes, los
cuerpos
que brillan como pequeñas
luciérnagas.
Ahí están, las moscas
nacidas de la compasión,
las moscas de la
misericordia.
Ahí están, contando lo que
pasó
con sus alas turbias y su
color azul.
Ahí están, los ojos más
tiernos, los más transparentes
ojos por los que brotan los
árboles luminosos.
Ahí están, los rostros
llenos de lodo, con el corazón intacto,
las huellas de sus pasos
sobre esta oscura piel llamada patria.
Ahí están, sus lenguas
besables, sus labios agrietados,
sus cálidas gargantas, su
afónica oración.
Ahí están, las frentes
inclinadas, bendecidas por sus madres
antes de salir de casa.
Ahí están los que nunca más
volvieron,
calcinados, molidos,
dispersados,
Aguardando, aguardando.
Ahí están, dispuestos,
extenuados,
con relojes de arena y voces
invencibles.
Ahí están, con la mirada
profunda
y las pestañas llenas de
polvo y aves.
Ahí están: los emilianos,
los panchos, los chaparritos,
los que sabían leer, los que
serían distintos.
Ahí están: las lupes, las
citlalis, las juanas y marías,
las artesanas, las
costureras, las enamoradas eternas.
Ahí están las moscas que
sobrevuelan la verdad.
Y ahí están todos, con el
polvo en los huaraches y los puños apretados,
los padres, las madres, los
hermanos, los abuelos.
Ahí están los maestros, los
albañiles, los campesinos,
las amas de casa con su olla
humeante de frijoles heridos.
Ahí están, los mataron, los
quemaron, los aventaron
como quien tira un saco de
piedras en la orilla del mundo.
Ahí están, dicen las moscas
con su rumor de letanía,
recitando los nombres, los
apellidos,
la inmensa lista de los que
nunca vuelven,
la obstinada legión de los
despiertos.
Carmen Nozal. Los 43. Antología literaria. Compilador:
Eusebio Ruvalcaba. Los bastardos de la uva, 2015.
Imagen: David Manzur