… Es curioso observar cómo
incluso quienes condenan el totalitarismo como forma de Estado, incriminándolo
de estar dispuesto a sacrificar al individuo en beneficio de la totalidad, no
sientan el mismo escándalo ni adviertan lo oportuno de análoga incriminación
cuando no es en la sincronía de un régimen político estatuido, sino en la
diacronía de un proceso histórico de formación de una entidad política,
imperial o no, donde sin el menor reparo se llevan al matadero de la historia
todos los individuos que requiera la construcción de la totalidad, en una
especie de auténtico y más feroz totalitarismo histórico diacrónico.*
No hace falta ser demasiado
malicioso para sospechar que el criterio, inconfesadamente estético, de la grandeza, como categoría dominante en la
valoración de los hechos de la historia, necesita del estruendo de las armas y
de la efusión de sangre, como imágenes sin las cuales permanecería en el limbo
incoloro de lo abstracto el espíritu de dominación, que constituye el verdadero
vino de quienes se embriagan en sentimientos de grandeza. Quiero decir que el
referente real de la categoría emocional y estética de la grandeza al fin no es
otro que el de la dominación y del poder.
*Esta idea de «totalitarismo
diacrónico» está más desarrollada en mi ensayo «Mientras no cambien los dioses,
nada ha cambiado», Corolario 1º.
Rafael
Sánchez Ferlosio. Esas Yndias equivocadas
y malditas. Comentarios a la historia. Destino, 1994.
Imagen:
Equipo Crónica. Menina abanderada,
1974.