martes, 29 de enero de 2013

[Yo entonaría también una danza]




Yo entonaría también una danza
de ti, como antaño astuto coplero,
que a cuentas llamaba a son de pandero
papas y reyes en dulce venganza,
cantando «Señores, dejad esperanza
de que os valgan honores o cargos,
oro ni tierra, que, cortos o largos,
en el osario no rige ordenanza»; 

y añadiría en nueva mudanza
«Venga el pastor de empresas y bancos,
el que esquilaba los débitos blancos,
el que de crédito henchía la panza;
venga y suscriba aquí mi libranza,
venga y verá lo que vale dinero:
todas sus cifras verá que eran cero
y qué de vacío mi cuenta se danza. 

Venga a mi cita y no se retarde
por la autopista a ciento cuarenta
el mico neumático que se revienta
contra el terror de que nadie le aguarde;
alma enlatada de esencia que arde,
él, que hacia todo sin fin se dispara,
tendrá aquí su meta: de golpe mi cara
la verá fija; pero un poco tarde. 

Y tú, la clienta de las galerías
del supermercado, que por la escalera
mecánica en pos de la cosa cualquiera
bajabas al cielo, al limbo subías,
entra a mi danza, y tus chucherías
saldrán de la bolsa profunda hechas humo,
consumidora de puro consumo,
tu vientre sin fondo, tus manos vacías. 

También a mi danza entrad, presidentes,
jueces, ministros, y cuantos prohombres
engorda el Estado con pienso de nombres,
porque a Él lo guardéis con uñas y dientes;
vosotros que, en toda mentira potentes,
matábais seguros, con fe legislábais,
veréis quién hacía lo que ejecutabáis
veréis de qué Dios sois ciegos sirvientes. 

Y venga» te haría cantar «a mi corro
el sabio, hilandero de telas de araña,
que hacía de yerba y sangre patraña;
verá qué de claro su libro le borro.
Ven tú también, obrero modorro,
que, prole criando con santo trabajo,
vendías la vida a jornal o destajo:
yo te daré libreta de ahorro». 

Y así seguiría en fúnebre chanza
llamando uno a uno a todos tus seres,
blancos o negros, y chulos, mujeres
o santos, bailando en la misma balanza.
Pero no puedo: la voz no me alcanza,
y a todos llamando, no llamo a ninguno:
porque tú solo lo llamas a uno,
y uno soy yo que cantaba tu danza. 



Agustín García Calvo. Libro de conjuros. Lucina, 1979
Imagen: Paula Rego. Olga.

lunes, 28 de enero de 2013

Los miedos de Dámaso



¡Pobre Dámaso! Muerto,
tan lleno de espantos
que los dedos se le antojaban monstruos
o huéspedes de la niebla.
                                   Se llevaba
las manos a los ojos
para ahuyentar el mundo,
empeñado en descubrirse en Dios,
dentro de Dios, agazapado,
desvalido niño puro.

Y si Dios o la sangre le empujaban
fuera de sí, se deshacía
en lágrimas,
en miedos.
Se perdía
en su oscura noticia.

Encendido en secos miedos
vivió año tras año, hasta noventa y uno.
Y se quedó, vacío detrás de la ceniza,
así el volcán reduce la montaña
y la convierte en odre arrugado,
libre de fuego y vísceras.

¡Ah, pobre Dámaso!... Tú, el más miserable,
dime
si en el profundo seno de la tierra sientes
la alucinación de los insectos,
de los puñeteros insectos
que poblaban tu alma y confundías
con alevosos monstruos.

Tus miedos eran, convertidos
en cadáveres,
en ríos de almas muertas.

¡Ah, pobre Dámaso!
Tan miedosillo siempre. Tan redondamente
caído en el regazo de un Dios materno
que le dice en vano: “¡Suéltame, Dámaso!
¡Me está doliendo tu peso, tu zumbido
de insecto,
de puñetero insecto!”


Victoriano Crémer. La escondida senda. Junta de Castilla y León, 1993.

domingo, 27 de enero de 2013

Los hombros de los gigantes


Ser bueno era un problema.

Muy grave si lo eras en muchas cosas.

Todos esperaban que cayeses,

que fallases estrepitosamente.

Un fracaso que evidenciara

esa imperfección que tú ya conocías.

Tu punto débil.

Rabiaban por conocerlo.

Te enfermaba su hipocresía

pero te aterraba estar solo.

Y te dejaste devorar por ellos.

Caíste.

Dejaste que te superaran

las veces que fueran necesarias

para lograr que te tuvieran

más pena que envidia.

No volviste a levantar cabeza.

Pero tampoco volviste a estar solo:

los hombros de todos

los triunfadores a los que aupaste

aguardan a que llores en ellos tu fracaso.




Carmen Beltrán Falces. 23 Pandoras. Baile del Sol, 2009

Imagen: Goya. Juego de gigantes.

viernes, 25 de enero de 2013

Blues del amo



Va a hacer diecinueve años
que trabajo para un amo.
Hace diecinueve años que me da la comida
y todavía no he visto su rostro.

No he visto al amo en diecinueve años
pero todos los días yo me miro a mí mismo
y voy sabiendo poco a poco
cómo es el rostro de mi amo.

Va a hacer diecinueve años
que salgo de mi casa y hace frío
y luego entro en la suya y me pone una luz
amarilla encima de la cabeza...
Y todo el día escribo dieciséis
y mil y dos y ya no puedo más
y luego salgo al aire y es de noche
y vuelvo a casa y no puedo vivir.

Cuando vea a mi amo le preguntaré
lo que son mil y dieciséis
y por qué me pone una luz encima de la cabeza.

Cuando esté un día delante de mi amo,
veré su rostro, miraré en su rostro
hasta borrarlo de él y de mí mismo.


Antonio Gamoneda. Blues castellano. Noega, 1982
Fotografía: Cristina García Rodero

miércoles, 23 de enero de 2013

Antisalmo 53



1.         Primero fue albañil, ponía ladrillos;
            mató a su patrón.

2.         Luego fue patrón, veía poner ladrillos
            mató al albañil.

3.         Después financió a un Caudillo. Tiró todos los ladrillos
            con un cañón

4.         amarillo y mató al Caudillo.
            Luego se hizo Caudillo y con su cañón

5.         amarillo, dejó sin ladrillos
            al mundo. Todo había sido sencillo,

6.         matar y poner y tirar ladrillos.
            Hasta que alguien vino y le dijo: Ya ha oscurecido.

7.         La luna está arriba,
            debajo.


Conclusión al antisalmo 53

Esta es la historia de los héroes capitalistas y de los asesinos.



Francisco Pino. Antisalmos. Hiperión, 1978.
Imagen: George Grosz. Iniciativa empresarial.

martes, 22 de enero de 2013

Mutis


¿Qué tiene que decir en la gran Asamblea?

Aquí tratamos cosas esenciales,

y Vd – ya lo estoy viendo – nos contará la historia

de su hijo y su pecho que le duele.

Más vale que se calle. (No lo piense

tan siquiera, o lo expulso!)

                                               Cállese,

hijo de pobre y nieto de la nada.

Por favor, salga; y entre cuando acabe

la votación. Así le damos tiempo

para andar con su pecho dolorido

(su dolor que conserve muchos años);

y no se ocupe más del ser que dice

que ama de corazón, pues ya tenemos

sitio para él, como gracia especial,

en el último banco de una escuela.





Gaspar Moisés Gómez. Sinfonías concretas. Diputación de León, 1970

Imagen: Montserrat Gudiol. Madre e hijo.

viernes, 18 de enero de 2013

En uno de mis mundos



                                   ¿Y para qué metáfora
                                   si la esclavitud no es metáfora
                                   ni es metáfora la muerte?
                                               Ernesto Cardenal

En uno de mis mundos
los dioses habitan en lo alto.

Sus nombres
no pronunciados nunca en vano
hacen temblar
como las armas de sus guaruras.

En uno de mis mundos
el pez grande se traga al chico
por temor a que crezca.

En uno de mis mundos
los dioses son buenos
con los arrodillados
que en infinito escalafón
esperan
            migajas de la mesa
                                   esperan.
En este mundo
la justicia es cortesana
de sillas compradas con sangre
la ética un estorbo
la transparencia una amenaza.
Yo, un espectador cobarde.



Lupita Pérez. Del demonio y otros amores: conjugaciones. Ed. Homo Scriptum, 2011
Imagen: Juan Rulfo. Erupción del Paricutín e iglesia de Parangaricutiro.

miércoles, 16 de enero de 2013

Es la baba



Es la baba.
Su baba.
La efervescente baba.
La baba hedionda,
cáustica;
la negra baba rancia
que babea esta especie babosa de alimañas
por sus rumiantes labios carcomidos,
por sus pupilas de ostra putrefacta,
por sus turbias vejigas empedradas de cálculos,
por sus viejos ombligos de regatón gastado,
por sus jorobas llenas de intereses compuestos,
de acciones usurarias;
la pestilente baba,
la baba doctorada,
que avergüenza la felpa de las bancas con dieta
y otras muelles poltronas no menos escupidas.
La baba tartamuda,
adhesiva,
viscosa,
que impregna las paredes tapizadas de corcho
y contempla el desastre a través del bolsillo.
La baba disolvente.
La agria baba oxidada.
La baba.
¡Sí! Es su baba...
lo que herrumbra las horas,
lo que pervierte el aire,
el papel,
los metales;
lo que infecta el cansancio,
los ojos,
la inocencia,
con sus vermes de asco,
con sus virus de hastío,
de idiotez,
de ceguera,
de mezquindad,
de muerte.




Oliverio Girondo. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea 1914-1970. Alianza Editorial, 1973.
Imagen: Marinus van Reymerswaele. El cambista y su mujer.

domingo, 13 de enero de 2013

Mujeres del mercado



Son de cal y salmuera. Viejas ya desde siempre.
Armadura oxidada con relleno de escombros.
Tienen duros los ojos como fría cellisca.
Los cabellos marchitos como hierba pisada.
Y un vinagre maligno les recorre las venas.

Van temprano a la compra. Huronean los puestos.
Casi escarban. Eligen los tomates chafados.
Las naranjas mohosas. Maceradas verduras
Que ya huelen a estiércol. Compran sangre cocida
En cilindros oscuros como quesos de lodo
Y esos bofes que muestran, sonrosados y túmidos,
Una obscena apariencia.

Al pagar, un suspiro les separa los labios
Explorando morosas en el vientre mugriento
De un enorme y raído monedero sin asas
Con un miedo feroz a topar de improviso
En su fondo la última cochambrosa moneda.

Siempre llevan un hijo, todo greñas y mocos.
Que les cuelga y arrastra de la falda pringosa
Chupeteando una monda de manzana o de plátano.
Lo manejan a gritos, a empellones. Se alejan
Maltratando el esparto de la sucia alpargata.

Van a un patio con moscas. Con chiquillos y perros.
Con vecinas que riñen. A un fogón pestilente.
A un barreño de ropa por lavar. A un marido
Con olor a aguardiente y a sudor y a colilla.
Que mastica en silencio. Que blasfema y escupe.
Que tal vez por la noche, en la fétida alcoba,
Sin caricias ni halagos, con brutal impaciencia
De animal instintivo, les castigue la entraña
Con el peso agobiante de otro mísero fruto.
Otro largo cansancio.


Ángela Figuera Aymerich.  Obras completas. Hiperión, 1999
Imagen: Honoré Daumier. El vagón de tercera.

viernes, 11 de enero de 2013

La dança de la muerte



Dize el rey

XVIII

¡Valía, valía los mis cavalleros!
Yo non querría ir a tan baxa dança;
llegad vos con los vallesteros,
hanparadme todos por fuerça de lança.
Mas ¿qué es aquesto, que veo en balança
acortarse mi vida e perder los sentidos?
El coraçon se quexa con grandes gemidos.
Adiós, mis vasallos, que muerte me trança.

Dize la muerte

XIX

Rey fuerte, tirano, que siempre robastes
todo vuestro reyno e fenchistes el arca;
de fazer justicia muy poco curastes,
segunt es notorio por vuestra comarca.
Venit para mí, que yo so monarca
que prenderé a vos, e a otro más alto;
llegat a la dança, cortés, en un salto.
En pos de vos venga luego el patriarca.



La dança de la muerte. Edición de Víctor Infantes. Visor, 1982.
Imagen: Heidelberger Totentanz, 1488