lunes, 31 de enero de 2022

APOSTILLAS AL DECRETO DE LA PROHIBICIÓN


 

Lo prohibido no está prohibido para los seres que viven en el cielo

Ni a los hombres que viven en el aire les han sido prohibidas las aguas

No han sido prohibidas las mareas para las mujeres que nadan en el paraíso

Ni el aire ni el agua han sido prohibidos en la tierra donde viven los muertos

Las prohibiciones han sido prohibidas por los elegidos del aire y el agua

Los animales habitan las constelaciones. Los campesinos de la verdad

Remueven los tizones de la prohibición con la madera del pensamiento

No es necesario pronunciar su nombre para que lo prohibido desaparezca

Y queden la tierra y el cielo y las aguas todas libres de prohibición

Todo lo prohibido con latas de pintura. Las representaciones del azar apacible

Todas las prohibiciones abolidas por la prohibición de matar

No es necesario escribir su nombre para que los fragmentos de su lejanía se hagan presentes

Él vive sin prohibiciones en el agua. Su duración es la tierra y las orillas del cielo

Tú que tienes en la mano una piedra enciéndela como si fuera una antorcha

Tú que tienes en la mano un palo frótalo hasta convertirlo en cosecha del olivo

Porque no dudes que se acercarán a casa los hombres de la prohibición

Los hombres de las devastaciones. Que llegarán a casa los asesinos

Lo que no puede ser prohibido volverá a ser prohibido de otra forma

Tenlo presente, aunque no lo quieras oír, regresa el daño por el camino aprendido

Aquí es donde vive la serpiente. La incorpórea de Wallace Stevens

 

 

Juan Carlos Mestre. La bicicleta del panadero. Calambur, 2012.

Imagen: Gertrudis de Moses

domingo, 30 de enero de 2022

[Veo voces por el suelo.]


 

Veo voces por el suelo.

 

Son recapitulaciones.

 

Fui un terremoto de paso.

Una tempestad de paso.

 

Ya, con la edad, me acompaso.

Avanzo pasito a paso.

 

Ahora soy ave de paso.

Ahora soy nube de paso.

 

Todo arrebato es éxtasis.

Qué silencio incandescente.

 

¡Fui amanecer. Soy ocaso!

 

 

Ángel Guinda. Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones (2014-2020). Olifante, 2020.

Imagen: Robert y Shana ParkeHarrison

sábado, 29 de enero de 2022

SOBRAMOS


 

Está tan lleno el mundo. Terriblemente lleno.

De montañas, de árboles, de cuarteles, de fábricas.

De casas con vecinos y blancos sanatorios.

 

(De vez en cuando hay flores. No las cortéis, amigos.

De vez en cuando hay ríos como venas sin brújula.)

 

Hay tantos trenes, cárceles, torpederos, aviones,

motores, cines, bancos, quirófanos, tabernas.

 

Tantas lindas estrellas y anuncios luminosos.

(Coñac Barbier, Calzados Eureka y así, muchos.)

 

(También hay automóviles más veloces y bellos

que arcángeles de acero con las alas plegadas.)

 

Hay mujeres que ríen. (Rouge aux lèvres. Pitillos.)

Hay niños que sollozan detrás de las paredes

junto a madres dormidas con una piedra al cuello.

Y bebés custodiados en cunitas cromadas

que engordan entre leche condensada y puntillas.

Hay dulces solteronas que cuidan un perrito.

Muchachas con los ojos divinamente tontos.

Y adolescentes rubios con el vello erizado

por extraños deseos.

 

El mundo, sobre todo, está lleno de hombres.

Cuántas manos inútiles, camisas remendadas,

zapatos descosidos lamiendo los asfaltos.

Cuántos ojos y bocas acechando voraces.

Cuántos cerebros blancos con pensamientos peces

girando entre benéficas pastillas de aspirina.

No olvidemos los sabios. Esos sabios atroces

que trasnochan jugando con palabras difíciles:

Ciclotrón, supersónico, cibernética y otras.

 

Está tan lleno el mundo, que yo, palabra, amigos,

no sé dónde ponerme.

No sé si tengo sitio.

Los poetas sobramos.

 

 

Ángela Figuera Aymerich. El grito inútil, 1952. En Obras completas. Hiperión, 2009.

Imagen: Alfred Eisenstaedt. Grand Hotel dining room, St. Moritz, 1932.

viernes, 28 de enero de 2022

La siega ajena




Y vinieron los zánganos con sus ojos virtuales
donde la luz se astilla
y se deprava,
con sus alas bruñidas de verdad y ponzoña,
su zumbido sintético,
su aguijón
espurio a mataperros.
Y llegaron los zánganos y el cielo
malograba por siempre la inocencia,
y no hubo ya distancias, no hubo asilos,
y la flor del desierto,
y el agua de los valles,
y el cachorro del monte,
y las hijas e hijos de los seres humanos,
se sueñan noche y día en sangre e infrarrojos. 

yo el verdugo
a la hora precisa en que madura
el polen y comienza la batida
yo el sicario a resguardo
aquí en mi alvéolo
frente a los monitores
donde el matiz no existe ni existe el titubeo
mis ojos palpo que se van pudriendo 

Y apenas un zumbido, un destello en el aire
y, de repente,
quienes ya son espectros,
quienes ya fosforecen en rojos, amarillos,
en los tonos violáceos que las almas
adquieren cuando son
solo entrañas detrás de una vitrina,
los perros, las acacias, los aljibes, las piedras,
y las hijas e hijos de los seres humanos,
levantan a hurtadillas la mirada,
porque se saben néctar al alcance
y la muerte ya liba,
torpemente volando, los jugos de la tierra,
el polen del destino.
Sueñan en infrarrojos las orquídeas nocturnas,
en irreales ondas de un latido,
en bucles palpitantes de aureolas que crepitan. 

yo el verdugo
en el sótano hermético
y a la hora precisa en que madura el polen
y mis manos empuñan la palanca
no estoy solo
en las otras celdillas limpiamente
maquinal el enjambre
pasea compra se enamora eleva
sus plegarias conduce su automóvil
recoge la basura no estoy solo
frente a los monitores
donde rastrean mis ojos y se pudren
a cada gota de sangre que destilan 

Como fuego de azufre que un dios bituminoso
arrojara de golpe cuando el trigo germina,
sumario y arbitrario
el aguijón bastardo surca el cielo.
Negras nubes entonces florecen sin alarmas.
Todo es un objetivo:
las piedras, las acacias, los aljibes, los perros,
y los hijos e hijas de los seres humanos,
declarados hostiles se hacen humo,
se retuercen en sombras desteñidas,
y cualquiera,
más allá o más acá de las pantallas,
cualquiera que respire,
que sueñe en blanco y negro
o sueñe en infrarrojos,
yace muerto en la charca moral que nos ahoga,
desgajado el cordón de sus raíces. 

como vosotros
yo el verdugo en mi alvéolo
yo el sicario
frente a los monitores donde el matiz no existe
palpo mis ojos que se van pudriendo
y aguardo la venganza
no estoy solo
cuando madura el polen y seguimos
como orquídeas nocturnas soñando en infrarrojos
y adorando postrados la añagaza
frente a los monitores
no estoy solo
no estoy solo

no estoy solo
 
 
Conrado Santamaría Bastida. Totalitaria. Ediciones del 4 de agosto, 2021.
Imagen: Enjambre de drones

jueves, 27 de enero de 2022

CANCIÓN PRIMERA


 

Se ha retirado al campo

al ver abalanzarse

crispadamente al hombre.

 

¡Qué abismo entre el olivo

y el hombre se descubre!

 

El animal que canta:

el animal que puede

llorar y echar raíces,

rememoró sus garras.

 

Garras que revestía

de suavidad y flores,

pero que, al fin, desnuda

en toda su crueldad.

 

Crepitan en mis manos.

Aparta de ellas, hijo.

Estoy dispuesto a hundirlas,

dispuesto a proyectarlas

sobre tu carne leve.

 

He regresado al tigre.

Aparta o te destrozo.

 

Hoy el amor es muerte,

y el hombre acecha al hombre.

 

 

Miguel Hernández. El hombre acecha, 1937-1938.

Imagen: Lee Miller. Colonia, 1945.