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lunes, 6 de noviembre de 2017

Historia



El sonido de la primera palabra fue la de un árbol,

y los animales y las aguas respondieron.


El primer humano era sordo.

No escuchó el soplo de la corriente vital.


Desde entonces, heredamos la sordera.





Esthela Calderón. Soplo de corriente vital, 2008. En El consumo de lo que somos. Muestra de poesía ecológica hispánica contemporánea. (Ed. Steven F. White). Amargord, 2014.

Imagen: Ernest H. Brooks II. Pirueta, Santa Barbara Island, 1981.

jueves, 17 de agosto de 2017

[Una vez me lanzaron allá arriba]



IV


Una vez me lanzaron allá arriba

donde nacen los depredadores.

Yo era un cobarde porque maldecía ser oruga

y tenía espanto de ser roble.

Me negaba a que me azotaran los vendavales.


Entonces fui un elegante y respetado ejemplar de saco y mocasines.

De posesión me dieron

una  mujer convulsa y ninfómana,

dos hijos que se mutilaron las alas

para quedarse anclados en el sillón de la sala

como viejos barcos de piratas

sin doblón de oro en sus entrañas

y un hermano que se fue.


Mi trabajo era arrancar uñas, taladrar dientes y romper testículos.

Dios guiaba mi mano

¿Quién iba a negar el poder de Él?

Yo era lo que Dios quería que fuera,

eso dijo mi guía espiritual.


Era milagroso escuchar las confesiones

con sólo enseñarle una bolsa plástica o el sonido del taladro.

El sonido era como el ronroneo de un gato que precisa de cariño.

Y la bolsa, una capucha diáfana para medir el valor.

A veces los gritos me transmitían mucha fatiga,

pero nada era en vano, porque siempre había un nombre o un número

que me despertara misericordia.





Esthela Calderón. Los huesos de mi abuelo, 2013. En El consumo de lo que somos. Muestra de poesía ecológica hispánica contemporánea. (Ed. Steven F. White). Amargord, 2014.

Imagen: Dino Valls

sábado, 5 de agosto de 2017

Hablando con mis gusanos



Anoche hablé con los gusanos

que se comerán mis ojos, mi lengua y mis orejas

un día de estos a lo mejor no tan lejano.

Por ahora mastican Amapolas y raíces de Guanábana,

matando el tiempo hasta la caída de mi cuerpo

acurrucado en su casa de Pino.

Ellos dicen que no me dolerá:

un leve cosquilleo en las uñas de mis pies

y alguno que otro escalofrío en las tripas

será el aviso de su minuciosa faena.

Me han prometido fundirme con la tierra,

deslizarme sobre los colores de las mariposas

y lloverme en rapadura dorada

sobre el techo del cuarto de mis libros.

Pasarán ardorosos sus bocas

hasta desprender la pulpa de mis manos,

huesos grises y blancos serán la fortuna

que dejaré entre las tablas.

En el cerebro derramado sobre el lienzo

de un poema perdurable

irán descifrando letra a letra

hasta llegar a los árboles, piedras y flores.

Me han dicho que regresaré

en la musical corteza de un ronco Espavel,

o en la encolochada siesta de los Chilamates.

El sueño con mis gusanos

es lo más prudente que he podido escribir

sobre la vida.





Esthela Calderón. Coyol quebrado, 2012. En El consumo de lo que somos. Muestra de poesía ecológica hispánica contemporánea. (Ed. Steven F. White). Amargord, 2014.

Imagen: Maruja Mallo. Canto de las espigas, 1929.