Mostrando entradas con la etiqueta Juan Ramón Jiménez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Ramón Jiménez. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de julio de 2024

[¡Negación de lo justo! ¿Por qué no se realiza]


 

¡Negación de lo justo! ¿Por qué no se realiza

lo justo por sí solo? ¿A qué este sufrimiento

de la virtud –que siempre cae abajo en la liza–

del pobre sentimiento, del noble pensamiento?

 

Sería la existencia como una fuente clara

que fuera, sin obstáculos, al final de su historia.

Besos le tornarían las flores que regara

y ellas las dejaría salpicadas de gloria…

 

Mas no. Vence lo bajo, lo grosero, lo oscuro.

¿Y qué es de tanta sangre tan en vano vertida?

Y como un prisionero el hombre recto y puro

mira a Dios tristemente amarrado a la vida.

 

 

Juan Ramón Jiménez. El corazón en la mano, 1911-1912. En Antología poética. Edición de Vicente Gaos. Cátedra, 1982.

Imagen: Felix Nussbaum. The Damned, 1943-44.

martes, 11 de enero de 2022

DISTINTO


 

Lo querían matar

los iguales,

porque era distinto.

 

Si veis un pájaro distinto,

tiradlo;

si veis un monte distinto,

caedlo;

si veis un camino distinto,

cortadlo;

si veis una rosa distinta,

deshojadla;

si veis un río distinto,

cegadlo…

Si veis un hombre distinto,

matadlo.

 

¿Y el sol y la luna

dando en lo distinto?

 

Altura, olor, largor, frescura, cantar, vivir,

distinto

de lo distinto;

lo que seas, que eres

distinto

(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre):

si te descubren los iguales,

huye a mí,

ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

 

 

Juan Ramón Jiménez. Una colina meridiana, 1950. En El ojo no visto del mundo. Antolojía de prosa y verso. Compilador: Antonio Orihuela. Amargord, 2016.

Imagen: Chema Madoz

lunes, 15 de junio de 2020

CON LO ALTIVO INTACTO


Los ruidos normales después de las catástrofes,

golpes aquí y allá, como reconvenciones

o como caricias,

en las cosas que fueron causantes o causadas.


Atrevimientos, poco a poco,

a la salida, a la espansión, al orden,

a la revisión triste (triste siempre).


Aquí y allá, un respiro;

un sonarse el llorar; la afable voz (flor de la frente)

que piensa cómo aquello

pudo haber sucedido a quien, todos los días,

a lo que cada día

usábamos, tratábamos con la destemplanza.


Roces unidos, un momento, de seres y de cosas,

sobre ruinas o sobre vacíos,

para incluirnos, todo, con lo altivo intacto,

en el olvidador refujio físico o moral del tiempo nuevo.




Juan Ramón Jiménez. En el otro costado, 1936-1942.

Imagen: Dino Valls

martes, 29 de julio de 2014

Juegos del anochecer



Cuando, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos, ateridos, por la oscuridad morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo...

Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer, se creen unos príncipes: 

—Mi pare tié un reló e plata. 

—Y er mío, un cabayo. 

—Y er mío, una ejcopeta. 

Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria...

El corro, luego. Entre tanta negrura, una niña forastera, que habla de otro modo, la sobrina del Pájaro Verde, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una princesa:

Yo soy laaa viudiiitaaaa

del Condeee de Oréé...

...¡Sí, sí.! ¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.

—Vamos, Platero...


Juan Ramón Jiménez. Platero y yo, 1914.

Imagen: Antonio Berni. El mundo prometido a Juanito Laguna, 1962.