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viernes, 3 de julio de 2020

MUERTE POR AGUA


Flebas el fenicio, muerto hace dos semanas,

No recuerda ya el grito de las gaviotas, ni la mar profunda y agitada

No recuerda las pérdidas ni las ganancias.

                        Una corriente

Bajo el mar llevó sus huesos entre murmullos. En ascensos y caídas

Pasó las etapas de juventud y madurez

Internándose en el remolino.

                        Gentil o judío

Oh tú que llevas el timón y fijas la mirada en barlovento,

Acuérdate de Flebas, que, como tú, una vez fuera hermoso y esbelto.




DEATH BY WATER


Phlebas the Phoenician, a fortnight dead,
Forgot the cry of gulls, and the deep sea swell
And the profit and loss.
                                   A current under sea
Picked his bones in whispers. As he rose and fell
He passed the stages of his age and youth
Entering the whirlpool.
                                   Gentile or Jew
O you who turn the wheel and look to windward,
Consider Phlebas, who was once handsome and tall as you.




Thomas Stearns Eliot. The Waste Land, 1922. En La tierra baldía. Edición de Avantos Swan, 1982. 

Imagen: Estela de Democleides, segunda mitad del s. V a.C., Museo Arqueológico de Atenas.

domingo, 3 de agosto de 2014

Los hombres huecos



Mistah Kurtz—he dead.

A penny for the Old Guy


I

Somos los hombres huecos

Somos los hombres rellenos

Sosteniéndonos juntos

La cabeza llena de paja. ¡Ay!

Nuestras voces secas, cuando

Susurramos juntos

Silenciosas y sin sentido

Como viento sobre hierba seca

O patas de ratas sobre cristal roto

En nuestra bodega seca


Presencia sin forma, sombra sin color.

Fuerza paralizada, gesto sin ademán;


Aquellos que han cruzado

Con ojos fijos, al otro Reino de la muerte

Nos recuerdan -si acaso- no como perdidas

Almas violentas, sino solo

Como los hombres huecos

Los hombres rellenos.


II

Ojos que no me atrevo a cruzarme en sueños

En el reino de sueño de la muerte

Esos no aparecen:

Allí, los ojos son

Luz de sol sobre una columna rota

Allí, hay un árbol agitándose

Y hay voces

En la canción del viento

Más lejanas y más solemnes

Que una estrella que se apaga.


No dejéis que me acerque más

Al reino de sueño de la muerte

Dejadme también ponerme

Calculados disfraces

Pelo de rata, pluma de cuervo, maderos cruzados

En un campo

Comportarme como se comporta el viento

No más cerca


No ese encuentro final

En el reino del crepúsculo


III

Esta es la tierra muerta

Esta es la tierra del cactus

Aquí las imágenes de piedra

Se alzan, aquí reciben

La súplica de la mano de un muerto

Bajo el parpadeo de una estrella que se apaga.


Acaso es así

En el otro reino de la muerte

Despertar a solas

A la hora en que estamos

Temblando de ternura

Labios que besarían

Formulan plegarias a la piedra rota


IV

Los ojos no están aquí

No están aquí los ojos

En este valle de estrellas moribundas

En este valle hueco

Esta quijada rota de nuestros reinos perdidos


En estos lugares últimos de encuentro

Vamos juntos a tientas

Y evitamos hablar

Agavillados en esta playa del río tumefacto


Ciegos, a menos

Que los ojos reaparezcan

Como la estrella perpetua

Rosa multifolia

Del reino crepuscular de la muerte

La esperanza solo

De hombres vacíos.


V

Aquí damos vueltas a la chumbera

Chumbera chumbera

Aquí damos vueltas a la chumbera

A las cinco de la mañana.


Entre la idea

Y la realidad

Entre la potencia

Y el acto

Cae la Sombra

                                   Porque Tuyo es el Reino


Entre la concepción

Y la creación

Entre la emoción

Y la respuesta

Cae la Sombra

                                   La vida es muy larga


Entre el deseo

Y el espasmo

Entre la potencia

Y la existencia

Entre la esencia

Y el descenso

Cae la Sombra

                                   Porque Tuyo es el Reino


Porque Tuyo es

La vida es

Porque Tuyo es el


Este es el modo en que termina el mundo

Este es el modo en que termina el mundo

Este es el modo en que termina el mundo

No con un estallido sino con un gemido




T. S. Eliot. Los hombres huecos, 1925. Traducción: Conrado Santamaría.

Imagen: Gustave Doré. La divina comedia.