Éramos los inadaptados, pura
furia, primitiva en su estupidez,
definida a la contra, siempre frente
a alguien o algo. Creíamos que el odio
era necesario. Era gasolina
para soportar una decepción
tras otra. Éramos siempre sospechosos,
nos miraban fatal –como se miran
los poetas entre ellos, ya te habrás
fijado, ¿verdad?– Con los años hemos
visto moverse y traicionarse a muchos,
también a nosotros mismos, sí, pero
hemos sentido escrúpulos; por qué
no los sienten otros, se han transformado
exactamente en eso que decían
combatir. Llegó el premio deseado,
despacho, firma, silla giratoria,
es vuestro el poder y su gozo acrítico.
¿Recordáis quiénes éramos? Heridos
animales, ternura de lo nuevo,
tosca belleza de quien ve su muerte
con ojos de recién nacido. Fuimos
la hez, la escoria. Hoy somos como masilla,
esa que sirve para emplastecer
las paredes, relleno para huecos,
que detecte el que ordena y manda, grumo
para corregir las imperfecciones,
para acabar cloqueando el discurso
plano y nivelado, tibio y sin mácula,
del verdugo que no íbamos a ser.
Enrique Cabezón. En Ay… ya sabes, los pueblos y sus gentes. Un homenaje a Rafael Azcona. VV. AA. Coordinación: Enrique Cabezón. Prólogo: Luis Alberto Cabezón. Ediciones del 4 de agosto, 2026.
Imagen: Alexander Zhernoklyuev. Retrato de Pável, s/d.
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