En lo profundo del bosque
hay una bruja ruin, venenosa, maléfica,
bruja nudo, convencional,
fluente, intersticial, banal, dramática,
bruja irracionalmente ebria
de lucidez, carente de sentido común.
Habla con los árboles y se
sienta desnuda en las ramas invernales,
y es un murmullo rumoroso
que acaricia la espesura estremecida.
Mece levemente su cuerpo
árido, su útero estéril, híbrido, reseco,
su piel de color atardecido,
su pelo enmarañado de hojas y ramas,
y llora un llanto tierno y
rencoroso inmersa en su mundo de barro.
La bruja, insisto, esa bruja
que reina en el desorden,
mujer/murciélago, que viene
de un mundo viejo,
busca un recipiente en que
verter el fluido vital,
mezclando ranas, sapos,
cuervos, homúnculos,
con sangre, huesos, pelos, cartílagos,
tendones,
tratando de invocar un
cataclismo delicuescente
mientras ríe con risa
salvaje, histérica, incontenible.
Juguetea con los posos del
café y los lame con los labios húmedos
musitando hechizos
cristalinos, ásperos, desordenados y febriles,
consciente de que invoca las
entrañas de la tierra con su lenguaje.
Cercada de fieras, sabe que
habita un reino de demencia precoz,
que su misma existencia es
una falacia, un libelo, una impostura,
y no tardará en ser fruto de
una inquisición exaltada e inexorable.
En lo profundo del bosque
hay una bruja carnal, vibrante, silente,
bruja vagido, harapienta,
desesperada, indecorosa, paroxística,
bruja que se parece tanto a
mí… que creo que
soy yo.
Sara Prida Vega. En Voces del Extremo. Poesía y alegría. VV.
AA. La Vorágine, 2022.
Imagen: Angela Bacon-Kidwell