jueves, 19 de febrero de 2015

En la calle



Imaginé el poema

y no quiere salir.


Golpea en mi cabeza

y no quiere salir.


Yo grito me estremezco

y no quiere salir.


Le llamo por su nombre

y no quiere salir.


Bajo a la calle entonces

y lo encuentro ante mí.




José Agustín Goytisolo. Palabras para Julia. Lumen, 1979.

Imagen: Walker Evans. Acordeonista. Nueva York, 1938.

martes, 17 de febrero de 2015

Hombre cualquiera



Nadie sabía el nombre.

                                     Tal vez Juan

o Antonio, o cualquier cosa, o nada,

que el nombre no hace al hombre.

                                                       Andaba

por el mundo sin sombra,

o sombra solamente, tan delgada y anónima

que ni la luz se estremecía.

                                            ¡Alto!

Le venía la voz del aire. Y se paraba

hasta que otro silbido o timbre le movía.

Era un agua de nieve, ausente y confiada:

nieve de la memoria, transparente resumen

¿hacia dónde? ¿hacia la mar? Morir.

¡Su carnet, por favor!

                                   Se encontraba desnudo,

en vergüenza, sin nombre, sin papeles

que acreditaran que era todo un hombre legal,

inscrito en los registros.

                                       ¡Queda usted detenido!

Él mismo se extrañaba

de ser como era, que era

como no ser, como no estar en nada.

Ni vegetal siquiera, que la planta se arraiga

y siente el tirón del alma de la tierra

y su tierna osadía.

                             "¡Qué gran señor!", decían

los que tenían coche de sábado a domingo

y fuertes lavadoras de grandes vientres blancos,

televisión, neveras y cocinas eléctricas

de ensortijadas lumbres.

                                       Él no tenía nada.

Solamente, rendida,

como una mujer ancha y parturienta,

una butaca pobre, con su olor, tan usado,

junto a la ventana clara

por la que se entraba el mar paciente y triste;

y un libro absurdo con estampas antiguas.


Caminaba despacio.

                               ¡Dirección prohibida!

¿Por quién?, se preguntaba. Y en silencio

seguía, sin sentirse, sin saberse,

entre timbres, silbidos y roncos estertores.


Con los ojos cerrados y el corazón parado

se entregaba al amor los lunes por la tarde,

cuando llovía azul

y el cielo se quedaba desangrado y sin pulso.




Victoriano Crémer. Lejos de esta lluvia tan amarga, 1974. En Antología Poética. Edilesa, 2006.

Imagen: Vivian Maier.

domingo, 8 de febrero de 2015

Los parias



En un recodo de la plaza están:

reyes de risa, dioses de miseria.


Sucio tambor redobla

entre las manos de la madre encinta,

mientras la adolescente se acompasa

-la flor ajada, el colorete-

al metálico son que le hace el padre

con la trompeta

que gime, aguda, la inutilidad

de unas vidas, contentas

con el puro presente y su pitanza.


(Gente que pasa se detiene

a gozar de su orden ciudadano

en compasiva suficiencia fácil).


Mañana, nuevamente,

del despertado polvo del camino,

pueblos cerrados, ciegos corazones,

y el siempre ser mendigos de los otros.


Pero ahora ellos,

ellos, los parias, los que no comprenden

-porque la vida los mantuvo exentos-

dioses sin sombra son, reyes de veras,

ante los ojos de los que les tiran

caridad en moneda, envidia en palmas.

Un viento extraño agita las acacias.

Dios se retrae.

                             Suave gira el mundo.




Mariano Roldán. Ley del canto, 1970. En Lírica española de hoy. Cátedra, 1983.

Imagen: Ben Shahn. Sing Sorrow, 1946.

viernes, 6 de febrero de 2015

IZQUIERDA / DERECHA



Compañera, hora en llamas:


A la derecha de Dios, las mujeres

con bella manicura, los banqueros

jugando al golf con palos enemigos.

A la izquierda, los niños, las termitas,

el oro falso, la vida en cupones

de riqueza aplazada. Nunca es tarde.

No hay más que fe en el centro.

El centro es Dios cansado y aburrido

de esconderse y estar siempre tan solo.

Dicen que ya no existe la hojarasca

cubriendo los caminos de otro mundo.

Pero la gente espera y compra suerte,

hora en el veneno de las horas.

Y mientras, el infierno sigue abajo,

la derecha construye un cementerio,

y la izquierda, un eclipse de emergencia.

Qué frágil y pequeño el pesebre del hombre.



Isabel Pérez Montalbán. Cartas de amor de un comunista. Germanía, 1999.

Imagen: Bill Brandt. Niños en Sheffield, 1937.