martes, 21 de abril de 2015

Una prisión



                                                            (1936).


Aquel hombre no tuvo nunca historia,

Pero tenía Historia como todos

Los hombres. Cierta crisis… Le apenaba

Recordar. Una vez habló, sereno.


Evoco mi prisión, no “mis prisiones”.

Fue muy breve mi paso por la cárcel.

Cárcel en horas de mortal peligro.

Nos rodeaban sólo fratricidas.


“¿Hoy la suerte común será mi suerte:

Que sin forma de ley se me fusile

En nombre del Eterno, aquí tan bélico,


De sus milicias y de sus devotos?”

Confiar en mi estrella fue mi ayuda.

-¿No en Dios?- Andaba con los asesinos.


Según los asesinos y sus cómplices.




Jorge Guillén. Homenaje, 1967.

Imagen: El clero y la guerra civil española.

lunes, 20 de abril de 2015

La historia de tus manos



La historia de su ayer es otra historia:

un tren en otra tierra,

una falda que cubre las rodillas,

un rosario con cuentas a la vista.

Y un aula en una calle transitada,

una cárcel escrita en la pizarra,

otra muerte a deshoras…

También fue un plato triste

en una pared hecha a la medida

del miedo,

un monte donde el eco vigilaba

a punta de escopeta,

un frente impuesto…

Una última palabra

a tres pasos de una pared sangrienta,

una verdad hacinada en el silencio

porque en boca cerrada no entran moscas…




Lourdes Cacho. En Voces del Extremo. Poesía antidisturbios. VVAA. Amargord, 2015.

Imagen: Russell Lee. Manos de una granjera, ca. 1936.

jueves, 16 de abril de 2015

A los presos



El perder la libertad

por defender la razón,

ha sido en toda ocasión

un acto de humanidad.


Sólo en una sociedad

que ha corrompido el dinero,

hay quien juzgando severo

al que impulso da la idea

dice, con torpes reales,

que es un loco verdadero.



Fermín Salvochea. En Tierra y Libertad, 25 – 1 – 1902.

Imagen: Manuel Benedito Vives. La familia del anarquista el día de su ejecución, 1899.

domingo, 12 de abril de 2015

Balada de los golfos



Venid, yo tengo para vosotros

también un poco de corazón;

mientras, riendo, pasan los otros,

venid, yo tengo para vosotros

            una canción.


¡A ver!, mostradme los dientes blancos,

los ojos grandes, los pies deformes

y los harapos sobre los flancos.

¡A ver, mostradme los dientes blancos

            de lobos jóvenes.


¡Bravo! Dejadme que me convenza

de vuestros odios y vuestros crímenes;

habladme todos –no os de vergüenza–,

¡bravo!, dejadme que me convenza

            de que sois viles.


¡Pobres muchachos! Yo he de mostraros

el gran remedio de vuestras penas;

sagradamente quiero educaros.

¡Pobres muchachos! Yo he de mostraros

            vuestra riqueza.


¿Nadie os lo ha dicho? Bajo esas ropas

deshilachadas corre la sangre;

¡tended las manos a vuestras copas!

¿Nadie os lo ha dicho? Bajo esas ropas

            tenéis la carne.


¡La carne ubérrima, la carne viva!

Y, carne y sangre de vuestras entrañas,

cuando os desprecie la raza altiva,

gritadle: ¡Somos la carne viva

            que os amenza!


¡Y entrad en vuestra carne sangrienta

y oíd el ruido de vuestra sangre;

niños de larga faz macilenta,

entrad en vuestra carne sangrienta

            y haceos grandes!


¡Sed los esposos de las pasiones!

¡Y bajo el forro de vuestras venas

–gloria a los músculos y a los tendones–,

sed los esposos de las pasiones

contra las vírgenes de las ideas!


No creáis en nada, no aprendáis nada,

salvajes míos, niños feroces;

retad a todos con la mirada,

y, en todo nuevos, no aprendáis nada,

            mis lobos jóvenes.


Sed criminales y haceos fuertes,

mis pequeñuelos, mis redentores;

vais, como piedras, rodando inertes;

pero ya es tiempo de haceros fuertes

entre el ejército de las pasiones.


¡Yo mi esperanza pongo en vosotros,

los dominados del corazón,

y –triunfen unos o triunfen otros–

yo tendré siempre para vosotros

            una canción.





Eduardo Marquina. Publicado en El Porvenir del Obrero, núm. 81 (16 de noviembre de 1901).

Imagen: Lewis Wickes Hine. St. Louis, 1910.

viernes, 10 de abril de 2015

[Venidme del aire,]



Venidme del aire,

palabras,

       tijeritas de plata.


   Rasgad el velo de luto

      de las ideas malas

   que nublan pueblos y valles

de los hombres. Ea,

venidme del aire.


    Cortad las mallas

de la red que apresa

       los atunes del mar

de plata, palabras.


   Quebrad el hilo

      de la medula blanca

del espinazo de mi alma,

       tijeritas baratas.


Del aire,

del aire venid

de plata, tijeras,

       palabritas, palabras.


Agustín García Calvo. Canciones y soliloquios. Lucina, 1982.

Imagen: Mikola Gnisyuk. Gente en los árboles (Han llegado los grajos), 1964.