lunes, 22 de febrero de 2016

Hora cero



                                                                   Dahlmann empuña con firmeza el
                                                                            cuchillo, que acaso no sabrá
                                                                               manejar, y sale a la llanura.

                                                                                                                  Borges 



He aquí de nuevo esa difícil situación:

tener miedo a la muerte gloriosa, obligatoria.


¿Desear la vida con desprecio es un acto de pureza?


Estoy siempre confuso entre los desnudos

que se jactan a mi lado de cumplir fielmente con sus pasos

trazados con rigor desde ayer

por el dedo del combate.




Roque Dalton. Los testimonios. Prólogo: Jorge Majfud. Baile del Sol, 2008.

Imagen: Don McCullin. Londonderry, 1971.

miércoles, 17 de febrero de 2016

[Todos conocían la verdad, susurrada a flor de oído,]



Todos conocían la verdad, susurrada a flor de oído,

                                                    pero nadie se atrevió

a nombrarla.

Vivimos el engaño con ingenuidad y la revelación con ira,

pesadumbre, resignación o cinismo.

Seguimos desnudos, al alcance de la sabiduría.




Joan Masip. En Palabras de barricada. Una recopilación de anarcoversos. Coord. Fernando Barbero. Queimada, 2015.

Imagen: George Tooker. Bañistas, 1950.

martes, 16 de febrero de 2016

Escuela de Mandarines (II)



Las autoridades rodearon al viejo, y todos comenzaron a caminar, seguidos del Pueblo, que saltaba y brincaba alborozado, por lo cual se dijo que la gentecilla es fácil de contentar. Al alcanzar un cruce de callejas, apareció una figura andrajosa, momeando como loco.

–¡El Santo!, ¡el Santo! –gritó la plebe.

El recién surgido, todo descompuesto, intentó aproximarse al Gran Padre, pero los alcaldes trataron de impedirlo decididamente. Hubo gritos y forcejeos.

–¡No le hagáis mal! Dejadle llegar–susurró dulce el Calificador de los Hechos.

El círculo de los triposos se abrió entre el silencio y el temor de muchos. El harapiento se acuclilló, juntó las manos y exclamó:

–Por piedad, Gran Padre, permite que te escupa. Perdona el antojo y deja que lo cumpla por los cincuenta mil años que llevas gobernando, los sesenta millones de comidas y los doscientos mil quintales de trigo sosegadamente cocidos por tu estómago.

–Hijo, ¿cómo contabilizaste mis comidas? ¿Dónde guardas el ábaco?–preguntó el Cara Pocha.

–Cada vez que engullías, marcaba mi piel con un corte. Contempla la seca badana de mi cuerpo; tus dientes la mordieron durante cincuenta milenios.

–¿También contaste mis insomnios y reflexiones? ¿Dónde están sus marcas?–inquirió el Mandarín, de acuerdo con una liturgia establecida desde siglos.

–No me hagas reír, Cara Pocha. No me hagas reír, que soy viejo y me quiebro. Háblame con tu Diccionario(9); no con la jerga que usas para el Pueblo, pues somos de una misma edad y sabemos igual. ¡Toma! –contestó el andrajoso. E intentó escupirle, afán que hubiera realizado de no intervenir un individuo corpulento, que lo aferró, lo vapuleó, y manifestó:

–¿Me conoces, Plácido? Soy el alcalde de los Tres Alcaldes. Sé que desde joven te inclinas a la Verdad, como por mujer,  y pretendes imponerla contra lo conveniente; mas te digo que el recto orden no precisa de la misma. ¡Míranos! Somos los buenos padres, fundamento de la Estructura; poseemos esposas e hijos; del Poder recibimos seguridad y mantenimientos. ¿Qué puede importarnos la Verdad? ¿Qué añadiría a nuestra vida? Quien es alguien, posee la razón de su estómago, víscera inocente, o de sus pasiones, necesidad social. ¿Habrás tú de combatir la inocencia y la necesidad? Deja, pues, que las cosas sigan como están; deja que los señorones dispongan; deja que sus criados rapemos algo; y deja que el Pueblo bese la mano que no puede cortar. Los hombres honorables recelamos de quienes comen poco, porque la atonía intestinal predispone hacia la zarrapastrosa Verdad, coima de los pobretes. ¡Incorpórate a nuestra facción, Plácido, y desampara la Verdad! No olvides que eres un Santo y puedes codearte con la casta gobernante. ¡Aprende a comer! ¡Ten pasiones!

Antes de que respondiera el andrajoso, la gentecilla comenzó a gritar:

–¡Queremos la Verdad!, Bartolomé. Somos tan miseriosos que no nos importa cambiar de amo.

–¿Has oído, santo estúpido? –agregó el alcalde–. Mira lo que lograste con tus desurbanidades: soliviantar al Pueblo, que, en el fondo, desea nuestras cabezas. Mas repito que la Tierra no se hizo para el Pueblo, la Verdad ni los santos. Por esto hubo necesidad de crear la Vida Celestial, a fin de que tengáis la justicia en Aquel Día Tan Debido(10). ¡Desengáñate!, Plácido, y pásate a nuestra parcialidad. Júntate con las dignísimas autoridades, los propietarios y los prometedores de futuras Glorias.

–¡Lo siento, Bartolomé! ¡No me has convencido! –replicó el harapiento–. Debiste saber que no se puede hablar a los santos con sentido común; la sensatez contraría nuestra afición por lo trágico. Aunque intentes filosofar con vocablos oficiales, eres una fruta silvestre, un lacayo de tus amos y un jayán sin más luces que su estómago autodidacto. Hueles a ropilla oficial y guiso de homenaje.

Una tormenta de rubor inundó al alcalde y sonrojó las cicatrices de su cabeza, hasta entonces disimuladas. Su estampa se tornó feroz.

–Eres incorregible, santo de mierda, vieja víbora, vergüenza de tu aldea  –exclamó tartamudo–. Te trataré con un buen palo.

–No te enfurezcas, autoridad –repuso tranquilamente el andrajoso–. No te sulfures, Bartolomé, que se enrojecen los estigmas que dejaron en tu cabeza las pedradas de los campesinos, cuando, en otros tiempos, huías por las eras como ladrón de trigo. Entonces eras un mondamuertos que restregaba la panza por el estiércol de los cabrones. ¿Os acordáis?

–¡Vaya si nos acordamos! –murmuró el Pueblo.

El alcalde quiso pegar al pingajoso, pero la plebe gritó:

–¡Cuidado! Es nuestro Santo.

El alcalde retuvo el brazo, volvióse hacia la canalla y susurró:

–Os lo compro.

Hubo silencio. La gentecilla cabildeó.

–Un santo ha de valer mucho. –declaró al cabo. Y añadió llorando:– ¡Perdónanos, Plácido, Hijo de Eliezer! Estamos hambrientos.

–¡Sea!, hermanos. ¡Vendedme! –replicó inesperadamente el andrajoso–. Me adelanto al trato para que nadie pueda hacer este fácil juicio: “Tan baja es la canalla que vende a sus profetas”. No somos nosotros, sino la Estructura, quien determina estos sucesos y sus reglas. Yo vine a escupir al Cara Pocha, y vosotros, a contemplar alegres una bufonada. Sin embargo, nos vemos vendidos y vendedores. ¡Tanto puede la Fatalidad en el Pueblo! ellos, los alcaldes y los mandarines, son hombres de porvenir, y nosotros, de destino. He aquí la diferencia.

–Quisiéramos no venderte, ser decentes, actuar generosos, poseer honor y directores de nuestra conciencia. Pero tenemos que comer. Esta es la contradicción –manifestó el Pueblo entre espantosos llantos.




Miguel Espinosa. Escuela de Mandarines. Editorial Regional de Murcia, 1992.

Imagen: Jules Bastien-Lepage. Diógenes, 1873.

lunes, 15 de febrero de 2016

Preguntas de una mujer que lee


                                                                                                               Para Bertolt Brecht

¿Quién amasó el pan de los que edificaron Tebas, la de las siete puertas?
En los libros no se menciona el nombre de ninguna.
¿Acaso reyes y canteros madrugaron por leña para encender el fuego?
Y en Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién acarreó el agua para los que la levantaron otras tantas?
Y en Lima, resplandeciente de oro, ¿quién limpió las chabolas donde vivían los albañiles?
¿Quién les hizo la cena a los obreros la noche que terminaron la Muralla china?
La gran Roma está llena de arcos de triunfo.
¿Quién curó las heridas de quienes los erigieron?
¿Quiénes amortajaron a los vencidos por los soldados de los césares?
Bizancio, tan enaltecida,
¿acaso no tenía lavaderos para hacer la colada?
Incluso en la legendaria Atlántida, la noche que fue devorada por el mar,
hasta los esclavos que se ahogaban clamaban llamando a sus mujeres. 

El joven Alejandro conquistó la India.
¿Quién amamantó y crio a sus soldados?
César venció a los galos.
¿No llevaba tras sus legiones siquiera unas prostitutas?
Felipe de España lloró cuando se hundió su flota.
¿Nadie más lloró la muerte de los marineros?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años.
¿Por qué siempre la guerra para resolver conflictos? 

Cada página una victoria.
¿Quién fregó la vajilla del banquete del triunfo?
Cada diez años un gran hombre entre hombres.
¿Quién pagó los platos rotos? 

Tantas historias,
tantas preguntas.


Conrado Santamaría. De vivos es nuestro juego. Ruleta Rusa Ediciones, 2015.
Imagen: Paula Rego. La familia, 1988

domingo, 14 de febrero de 2016

Escuela de Mandarines (1)



Hace milenios de milenios existía un famoso Estado, llamado Feliz Gobernación[1], aunque, en verdad, la dicha sólo pertenecía allí a unos pocos, como descubrirá quien prosiga leyendo. Seis castas formaban el suceso: unos mandarines; unos legos, auxiliares de aquéllos; unos becarios, aspirantes al mandarinazgo; unos alcaldes, lacayos rurales del Poder; unos hombres de estaca, también apodados soldados, y un Pueblo. Por encima de las castas reinaban un Gran Padre Mandarín y un Conciliador, generalmente Dictador.

Esta Introducción tiene como tiempo presente el año tres millones de aquel Estado, evo muy posterior a la Edad Clásica, aproximadamente ocurrida entre los años novecientos mil y dos millones, siglos de teorías y artes. El necesario rigor obliga a comenzar la historia cuando la Feliz Gobernación sólo era una escombrera de hombres heces y vocablos huecos, amontonados por la espada de oscuros déspotas, que imploraban la tradición y aseguraban restaurar la pasada grandeza, nunca resucitada.


[1] Feliz Gobernación: Esta expresión debe ser entendida en dos acepciones: La primera, en boca de los heterodoxos, significa el dominio tiránico y absurdo de los mandarines, legos, becarios, alcaldes y gente de estaca, subyugadores del Pueblo y del Intelecto, la segunda, ortodoxa y más antigua, denota la empresa de gobierno sometida a los Preceptos Sustantivos y Adjetivos de la Escritura.



Miguel Espinosa. Escuela de Mandarines. Editorial Regional de Murcia, 1992.

Imagen: Pintura de la dinastía Han del Este. (25-220 ne)