lunes, 25 de marzo de 2019

[Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo]


Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo –me recomendó–. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

            Todavía antes me había dicho:

            –No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.

–Así lo haré, madre.

Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.





Juan Rulfo. Pedro Páramo, 1953.

Imagen: Juan Rulfo.

miércoles, 20 de marzo de 2019

VIENTO DE PRIMAVERA


A Winifred Grillet


Ni aun el cuerpo resiste

tanta resurrección y busca abrigo

ante este viento que ya templa y trae

olor y nueva intimidad. Ya cuanto

fue hambre ahora es sustento. Y se aligera

la vida, y un destello generoso

vibra por nuestras calles. Pero sigue

turbia nuestra retina y la saliva

seca, y los pies van a la desbandada,

como siempre. Y entonces,

esta presión fogosa que nos trae

el cuerpo aún frágil de la primavera,

ronda en torno al invierno

de nuestro corazón, buscando un sitio

por donde entrar en él. Y aquí, a la vuelta

de la esquina, al acecho,

en feraz merodeo,

nos ventea la ropa,

nos orea el trabajo,

barre la casa, engrasa nuestras puertas

duras de oscura cerrazón, las abre

a no sé qué hospitalidad hermosa

y nos desborda y, aunque

nunca nos demos cuenta

de tanta juventud, de lleno en lleno

nos arrasa. Sí, a poco

del sol salido, un viento ya gustoso,

sereno de simiente, sopló en torno

de nuestra sequedad, de la injusticia

de nuestros años, alentó para algo

más hermoso que tanta

desconfianza, y tanto desaliento,

más valiente que nuestro

miedo a su honda rebelión, a su alta

resurrección. Y ahora

yo, que perdí mi libertad por todo,

quiero oír cómo el pobre

ruido de nuestro pulso se va a rastras

tras el cálido son de esta alianza

y ambos hacen la música

arrolladora, sin compás, a sordas,

por la que sé que llegará algún día,

quizá en medio de enero, en el que todos

sepamos el porqué del nombre: “viento

de primavera”.





Claudio Rodríguez. Alianza y Condena, 1965. En Poesía completa (1953 - 1991). Tusquets, 2001.

Imagen: Christo Wolmarans.

domingo, 17 de marzo de 2019

JUEZ


Vacilante juez todopoderoso,

en tus manos, en tus pies

está la suerte del insecto

efímero que llega inerme

hasta tus plantas gateando

en ocho, en seis, en cuatro

patas como tu pequeño hijo.





Gonzalo Millán. Vida. Ediciones Cordillera. Ottawa, 1984.

Imagen: James Ensor. El juez rojo.

sábado, 16 de marzo de 2019

COMBATIENTE


Queriendo

luchar

con la pluma

escribes

dinamita

mojada

con tinta.





Gonzalo Millán. Virus, 1987. En Trece lunas. FCE, 1997.

Imagen: Gueli Kórzhev

viernes, 15 de marzo de 2019

Ángel ecológico


La ventana de su cuarto daba al estío.

El estío daba a todas partes.

La ciudad no tenía agua

y la multitud era un delirio.

Nadie sabía de dónde salía tanta gente.

Todos venían a ver el fin del mundo.

Pero el fin del mundo no llegaba.

Llegaba el calor, llegaba la sed,

llegaba la muchedumbre.

Con los ojos llenos de tiempo.

Más allá de las casas grises

corría el río desaparecido.

Parado delante de la ventana,

el ángel se asomaba a la noche,

el más misterioso de los océanos.

Allá debía aparecer la señal. Allá.

Pasaron las horas, los días y los meses

y el fin del mundo no llegó.

Sólo se acabó el mundo para unos cuantos.


II

La Amazonía era el desierto más grande del mundo,

la habitaban millones de moscas y hormigas.

Los políticos y los militares, invocando soberanía,

proclamaban su derecho a destruirla.

Una guacamaya escarlata la recorría

desde hacía meses buscando árboles donde posarse.

Pero sólo encontraba piedras y tocones ardientes.

La tierra, como un ojo sin párpados, recibía

el sol que, abrasador, la quemaba en todas partes.

El ángel, parado al borde de una barranca,

veía, sediento, el fin del día sanguinolento.


III

La selva era un desierto. Brillaba una luz triste

sobre esa inmensidad de harapos verdes.

Los animales habían muerto. En un estanque

el hombre se miraba como en un espejo negro.

Los amantes habían procreado espectros.

En la almohada, sus cabezas habían dejado

cabellos cenicientos. La tarde ya no era azul.

Los ojos se quedaban ciegos si miraban el cielo.

Un sol falso engañaba a los pájaros de la primavera,

que cantaban delante de sus rayos turbios.

No engañaba a los ángeles, esperando

en las azoteas el alba verdadera.

El último jaguar corría entre los tocones.

La muerte armada lo perseguía,

le disparaba con una escopeta

hormigas rojas y moscas fosforescentes.

La mañana era un paraíso en ruinas.





Homero Aridjis. Tiempo de ángeles, 1994. En El consumo de lo que somos. Muestra de poesía ecológica hispánica contemporánea. (Ed. Steven F. White). Amargord, 2014.

Imagen: Jayaprakash Joghee Bojan