Los políticos lesionan la realidad.
Antidio Cabal. Poética uno, 1957-1963. En Poesía de uso. Amargord, 2013.
Imagen: Alfredo Castañeda. Música callada, 2003.
Los políticos lesionan la realidad.
Antidio Cabal. Poética uno, 1957-1963. En Poesía de uso. Amargord, 2013.
Imagen: Alfredo Castañeda. Música callada, 2003.
No es verdad que el espacio
sirva como lugar en que se citan
oquedades, rendijas, intersticios
celebrando el congreso de la nada.
No es el telón de fondo
donde hay algo que salta y representa
ademanes de ser, gestos de cuerpo.
No es tampoco un vacío donde aflore,
con el sólo habitante de la asfixia,
el único rincón en que la historia
no puede respirar.
Hay espacios que nacen, que gatean
con sus tres dimensiones. Espacios que se yerguen,
sumándoles agujeros a su hueco,
hasta la edad madura del abismo
–donde está siempre el vértigo asomado–
o hasta esbozar un ámbito que abarque
desde tu boca abierta hasta los cráteres
que se abren en la luna.
Hay espacios amantes, cuyo coito
–logrado al presentar el pasaporte
que goza de la vista de la entrega–
extradita sus límites y acaba
con el crónico mal del que adolecen
las naciones, enfermas de frontera.
Hay espacios ya graves: el derrumbe
que amenaza la mina lo demuestra.
Hay espacios que nacen, viven, crecen:
se reciben de tiempo. Son espacios ancianos,
a un paso ya muy niño de la muerte.
Modelado de historia y de materia,
el espacio requiere de su biógrafo
que arroje las leyendas y lo trate
como hermano de todos en el tiempo,
nativo del gerundio y compatriota
de todo lo que se halla,
si olvidamos la efímera existencia,
a una cuna tan sólo del sepulcro.
Enrique González Rojo Arthur. El viento me pertenece un poco. Antología de poemas (1972-2008). Delegación Iztapalapa y Para Leer en Libertad AC. En Entre los poetas míos… Enrique González Rojo. Colección Antológica de Poesía Social, vol. 143. Biblioteca Omegalfa, 2020.
Imagen: Ansel Adams. Yosemite Park, 1960.
Para. Detente un momento. Espera. Mira a tu alrededor. Mira con otros ojos (con los tuyos) No tomes por normal lo que te rodea. El mundo está vibrando y estremeciéndose delante de tus narices… Vuelve a nacer. Sé un hombre nuevo.
Ricardo Moreno Mira. Los idiotas. Ediciones del 4 de agosto, 2012.
Imagen: L. S. Lowry. Going to Work, 1943.
Además
de estar contraindicado este producto en caso
de antecedentes de tromboflebitis
es totalmente incompatible
con la ingestión –dominical incluso–
de ruedas de molino.
Aníbal Núñez. Requiebros praxitélicos, 1970. En Obra poética. Hiperión, 1995.
Imagen: Gee Vaucher. Our Father.¿Románticas? Antonia llama románticas a las muchachas que aún siguen esperándolo todo de una buena boda. Y, en efecto, Antonia ha podido observar que Matilde no pertenece a esa clase de mujeres. Matilde sabe–por referencias; ella no ha conocido otros–que los tiempos han cambiado mucho. Escasean los «príncipes», y a los pocos que quedan les ha dejado en una situación muy desairada la revolución rusa. ¡Pobres príncipes del siglo XX, convertidos en figurines de «pollos bien», en primeras figuras de ballet y en héroes de reportaje de revista gráfica! Matilde ha visto de cerca, ha «tocado» la tragedia del hogar, la «felicidad», «la paz» del hogar cristiano, tan preconizado por curas y monjas. El marido llega a él cansado de trabajar–cuando hay trabajo. Allí hay unos chiquillos que gritan, que lloran, y una mujer mal vestida y gruñona, que ha olvidado hace muchos años toda palabra agradable y cuyas manos huelen insoportablemente a cebolla. «Bueno, ya no tengo dinero; fíjate.» «Está bien. No me eches cuentas. Supongo que no te lo habrás comido.» «¡Se lo contaré al vecino!» «Bueno, ¿y qué? Yo no puedo hacer más. Estoy todo el día hecho un burro.» «¿Y yo no trabajo? ¡Pero como no traigo dinero!» El marido piensa que las cosas de la casa se hacen por sí mismas (¡milagrera meseta del fámulo Isidro!) y no le da importancia alguna al trabajo de su mujer, al embrutecedor trabajo doméstico. «Me echas en cara el pan que me como, pero bien me lo gano», dice la esposa. O bien: «Tú quisieras que yo trajese dinero a casa, ¿verdad? Con tal de que no pidiera un céntimo, te daría igual que lo sacara de donde fuese. Pero no tengo ningún querido que me lo dé…», etcétera. ¡Horrible! Da igual que el hogar sea un piso alto, o que sea una pastelería. Varía el sitio nada más. Los chicos, en lugar de meter las manos en la tina del agua sucia, las introducen en la masa extendida sobre los tableros de la cocina. Por lo demás, el marido también dice que no puede con tanto trabajo, y la esposa repite hasta el cansancio que está «todo el santo día hecha una mula». Pero también hay mujeres que se independizan, que viven de su propio esfuerzo, sin necesidad de «aguantar tíos». Pero eso es en otro país, donde la cultura ha dado un paso de gigante; donde la mujer ha cesado de ser un instrumento de placer físico y de explotación; donde las Universidades abren sus puertas a las obreras y campesinas más humildes. Aquí, las únicas que podrían emanciparse por la cultura son las hijas de los grandes propietarios, de los banqueros, de los mercaderes enriquecidos; precisamente las únicas mujeres a quienes no les preocupa en absoluto la emancipación, porque nunca conocieron los zapatos torcidos ni el hambre, que engendra rebeldes. Matilde ha oído algo sobre esto, no recuerda dónde; o lo leyó en algún libro, tampoco recuerda exactamente cuál. En los países capitalistas, particularmente en España, existe un dilema, un dilema problemático de difícil solución: el hogar, por medio del matrimonio, o la fábrica, el taller o la oficina. La obligación de contribuir de por vida al placer ajeno, o la sumisión absoluta al patrono o al jefe inmediato. De una o de otra forma, la humillación, la sumisión al marido o al amo expoliador. ¿No viene a ser una misma cosa?
Luisa Carnés. Tea rooms. Mujeres obreras (Novela reportaje), 1933. Asociación de libreros de lance de Madrid, 2014.
Imagen: Aleksandr Ródchenko